Montserrat Pasión y Poder
En las luces neón de Polanco, Montserrat caminaba con ese andar que volvía locos a los hombres y envidiosas a las mujeres. Su vestido rojo ceñido al cuerpo como una segunda piel, resaltando las curvas que había esculpido en el gym con disciplina de hierro. Era la reina de las juntas, la que cerraba tratos millonarios con una sonrisa que prometía mundos. Montserrat pasión y poder, decían sus empleados en susurros, como si fuera un mantra prohibido.
La oficina en la Torre Reforma olía a café recién molido y cuero nuevo. Ella entró a la sala de juntas, tacones resonando como tambores de guerra. Ahí estaba él, Alejandro, el nuevo socio, con esa mirada de lobo que la desafiaba. Alto, moreno, con camisa blanca arremangada mostrando antebrazos fuertes. Neta, pensó ella, este pendejo cree que me va a domar.
—Montserrat, qué gusto verte de nuevo —dijo él, voz grave como ronca por el deseo contenido.
Ella se sentó frente a él, cruzando las piernas despacio, sabiendo que el roce de la seda contra su piel hacía eco en el silencio. —Alejandro, vamos al grano. Este proyecto nos puede hacer ricos o quebrarnos. Tú decides si juegas limpio.
La tensión era palpable, como el aire cargado antes de la tormenta. Sus ojos se clavaron, y en ese instante, Montserrat sintió un cosquilleo en el vientre. No era solo negocio; era fuego. Olía su colonia, madera y especias, mezclada con el sudor sutil de la anticipación. Quería borrarle esa sonrisa arrogante a besos.
La junta duró horas, pero cada palabra era un roce invisible. Él la interrumpía con argumentos afilados, ella contraatacaba con datos que lo dejaban mudo. Al final, firmaron el acuerdo. —Celebremos —propuso él, ojos brillando.
—En mi penthouse —respondió ella, voz baja, como un secreto compartido.
El elevador privado subía en silencio, solo el zumbido suave y sus respiraciones aceleradas. Montserrat lo miró de reojo, el corazón latiéndole fuerte contra las costillas.
¿Qué carajos estoy haciendo? Este wey es peligroso, pero neta me prende como nadie, pensó, mientras el calor subía por sus muslos.
La puerta se abrió al penthouse: vistas al skyline de CDMX, luces titilando como estrellas caídas. Música suave de jazz mexicano flotaba del sistema, saxofón llorando deseo. Ella sirvió tequilas reposados, el líquido ámbar brillando en los vasos. Chocaron cristales, y sus dedos se rozaron. Electricidad pura.
—Eres increíble en la mesa de juntas —dijo él, acercándose—. Pero quiero verte fuera de control.
Montserrat rio, un sonido ronco y sensual. —Nadie me controla, carnal. Yo mando.
Pero cuando él la tomó de la cintura, fuerte pero gentil, algo cedió. Sus labios se encontraron, urgentes, saboreando tequila y hambre. La lengua de él exploraba su boca, cálida y demandante. Ella gimió bajito, manos enredándose en su cabello oscuro. Olía a él, puro macho, sudor fresco y deseo crudo.
La llevó al sofá de piel italiana, besos bajando por su cuello. Montserrat arqueó la espalda, sintiendo sus dientes rozando la clavícula. Qué rico, pendejo, pensó, mientras sus uñas arañaban su espalda. Él deslizó el vestido por sus hombros, exponiendo pechos firmes, pezones endurecidos por el aire fresco y la excitación.
—Eres fuego —murmuró él, lamiendo un pezón, succionando con maestría. El placer la atravesó como rayo, un jadeo escapando de sus labios pintados de rojo.
Ella lo empujó, invirtiendo posiciones. Ahora él debajo, ella a horcajadas. Desabrochó su camisa, besando el pecho velludo, saboreando sal en la piel. Bajó la cremallera, liberando su verga dura, palpitante. La tomó en mano, piel suave sobre acero, y la miró a los ojos. —Te quiero dentro, ya.
Alejandro gruñó, manos en sus caderas. Pero ella controlaba el ritmo, frotándose contra él, humedad empapando su ropa interior. El olor a sexo llenaba el aire, almizcle dulce y embriagador. Se quitó el tanga de encaje, guiándolo adentro despacio. ¡Ay, cabrón, qué grande! Sintió el estiramiento delicioso, llenura total.
Cabalgó lento al principio, sintiendo cada vena, cada pulso. Sus pechos rebotaban, él los tomaba, pellizcando pezones. Gemidos llenaban la habitación, mezclados con la ciudad lejana. Aceleró, caderas chocando, sudor perlando sus cuerpos. El placer subía en espiral, tensión en el bajo vientre.
—Más fuerte, Montserrat —rogó él, voz quebrada.
Ella se inclinó, besándolo feroz, mordiendo labio.
Esto es mío, este poder, esta pasión. Rotó las caderas, sintiendo el roce en su clítoris. El orgasmo la golpeó como ola, cuerpo temblando, paredes internas apretándolo. Gritó su nombre, uñas clavadas en sus hombros.
Él la volteó, ahora él encima, embistiendo profundo. Piel contra piel, slap slap slap resonando. Olía su aroma, mezcla de perfume y esencia pura. La miró, ojos en llamas. —Ven conmigo.
Explosión compartida, él gruñendo, llenándola con calor líquido. Colapsaron, jadeantes, corazones galopando al unísono.
Después, enredados en sábanas de hilo egipcio, tequila olvidado en la mesa. Montserrat trazaba círculos en su pecho, escuchando su respiración calmarse. La ciudad brillaba afuera, testigo muda.
—Montserrat pasión y poder —susurró él, besando su sien—. Eres adictiva.
Ella sonrió, satisfecha, poderosa. No solo en juntas, wey. En todo. El deseo no se había apagado; era solo el principio. Mañana, nuevos tratos, pero esta noche, eran reyes en su imperio privado.
El sol se colaba por las cortinas, tiñendo la habitación de dorado. Montserrat se estiró, sintiendo el delicioso dolor entre piernas, recordatorio de la noche. Alejandro dormía a su lado, pacífico. Se levantó desnuda, piel erizada por el aire matutino, y preparó café. El aroma fuerte, mexicano, la trajo de vuelta.
Él despertó, ojos hambrientos de nuevo. —Buenos días, reina.
Ella le pasó la taza, rozando dedos. —Hoy cerramos ese trato en Monterrey. Pero primero...
Lo jaló a la cama, risa compartida. Besos mañaneros, lentos, exploratorios. Sus manos redescubriendo cuerpos, lengua trazando ombligo, bajando. Él la abrió de piernas, besando interior de muslos, aliento caliente. Lamió despacio, saboreando su néctar dulce, clítoris hinchado respondiendo.
—Qué chingón eres con la lengua —gimió ella, caderas elevándose.
La llevó al borde otra vez, dedos uniéndose a la fiesta, curvándose dentro. Orgasmo suave, ondas placenteras. Luego ella lo devolvió el favor, boca envolviendo su verga, succionando con expertise. Sabor salado, venas pulsando bajo lengua. Él se corrió en su garganta, ella tragando todo, poderosa en su entrega.
Se ducharon juntos, agua caliente cascando sobre pieles. Jabón espumoso, manos resbalosas explorando. Contra la pared de mármol, él la penetró de pie, lento, profundo. Agua mezclándose con sus jugos, gemidos ahogados por vapor.
Salieron listos para conquistar. En el carro negro blindado rumbo al aeropuerto, manos entrelazadas. —Esto no termina aquí —dijo ella.
—Nunca —respondió él, beso robado en semáforo.
Montserrat miró por la ventana, CDMX despertando. Sentía el poder bullir en venas, pasión desatada. Era dueña de su imperio, de su placer. Y ahora, compartido con él. Vida chida, pensó, sonriendo.