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Pasión por las Misiones

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Pasión por las Misiones

El sol de la Sierra Gorda me pegaba como un martillo en la nuca mientras caminaba por el camino empedrado hacia la Misión de Jalpan. Hacía años que mi pasión por las misiones me tenía recorriendo estos rincones olvidados de Querétaro, restaurando piedras que contaban historias de frailes y conquistas. Yo, Ana, de veintiocho pirulos, con mi chamarra llena de polvo y botas que ya pedían retiro, sentía que aquí estaba mi lugar. El aire olía a tierra seca y a mezquite quemado, y el zumbido de las chicharras me taladraba los oídos como un recordatorio de que el calor no perdona.

Llegué al atrio de la misión, esa mole rosa y blanca que se erguía contra el cielo azul intenso. Ahí estaba él, Javier, el caretaker local que me habían recomendado. Alto, moreno, con brazos que parecían tallados en la misma piedra de la iglesia, y una sonrisa que te hacía olvidar el bochorno. Órale, qué tipo, pensé, mientras él se limpiaba el sudor de la frente con el dorso de la mano. Llevaba una playera ajustada que marcaba cada músculo, y unos jeans desgastados que le quedaban como pintados.

Qué onda, Ana —me dijo con esa voz grave, extendiendo la mano—. Soy Javier, el que te va a echar la mano con la restauración. Neta, esta misión es una joya, ¿verdad?

Apreté su mano, y sentí un cosquilleo que me subió por el brazo. Su piel estaba caliente, áspera por el trabajo, y olía a hombre de campo: sudor limpio mezclado con tierra y un toque de colonia barata. No mames, contrólate, me regañé internamente. Yo venía por las misiones, no por ligues. Pero su mirada, oscura y profunda, me clavó en el sitio.

Pasamos la mañana midiendo grietas en las paredes, él subiendo a la escalera con las herramientas, yo anotando en mi libreta. Cada vez que se agachaba, el sol jugaba en su espalda, y yo no podía evitar mirar cómo la tela se tensaba. El viento traía el aroma de las flores de pitaya silvestre, dulce y embriagador, y el roce accidental de su pierna contra la mía al pasar me dejó la piel ardiendo.

Estas misiones tienen algo, ¿no? —dijo él mientras almorzábamos unos tacos de carnitas que trajo de su casa—. Te atrapan. Yo nací aquí cerca, y desde morrillo me late cuidarlas.

Le conté de mi pasión por las misiones, cómo dejé mi curro en la Ciudad de México para esto. Hablamos de los frailes jesuitas, de las leyendas locales, y entre risas, su rodilla rozó la mía bajo la mesa improvisada. No se apartó. Mi pulso se aceleró, y sentí un calor húmedo entre las piernas que nada tenía que ver con el sol.

La tarde se estiró con el trabajo. Subimos al campanario, donde el viento soplaba fresco y el paisaje se extendía como un mar de nopales y magueyes. Él me ayudó a bajar una caja pesada, y de pronto, sus manos en mi cintura. Firmes, seguras. Me giré, y nuestros rostros quedaron a centímetros. Su aliento olía a menta y a tacos picantes, cálido contra mis labios.

Ana... —murmuró, y yo no lo dejé terminar. Lo besé. Fue como una chispa en pólvora seca. Sus labios gruesos, su lengua explorando la mía con hambre contenida. Lo empujé contra la pared de piedra fría, y él respondió apretándome contra su cuerpo duro. Sentí su verga tiesa presionando mi vientre, y un gemido se me escapó.

¿Qué chingados estoy haciendo? pensé, pero mi cuerpo no escuchaba. Bajamos a trompicones a una salita abandonada detrás del altar, donde el polvo flotaba en rayos de luz filtrados por las rendijas. Nos desvestimos con urgencia, tirando ropa al suelo. Su piel morena brillaba de sudor, pectorales firmes, abdomen marcado. Yo me quité la blusa, y él devoró mis tetas con los ojos.

Estás chingona, nena —gruñó, tomándome las nalgas con manos callosas.

Me recargó en una banca de madera antigua, besándome el cuello, lamiendo el salitre de mi piel. Sus dientes rozaron mi clavícula, enviando escalofríos hasta mi coño que ya chorreaba. Bajó despacio, besando mi ombligo, mi monte de Venus. El olor de mi arousal se mezcló con el incienso viejo que aún flotaba en el aire. Su lengua encontró mi clítoris, chupando suave al principio, luego con fuerza. ¡Ay, cabrón! Grité bajito, arqueando la espalda. El roce de su barba incipiente en mis muslos internos era delicioso, rasposo y perfecto.

Lo jalé del pelo, queriendo más. Él se incorporó, y yo le bajé los jeans. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, con la cabeza reluciente de pre-semen. La tomé en la mano, sintiendo su calor pulsante, el grosor que apenas cabía en mi palma. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando su sabor salado, almizclado. Él jadeó, enredando los dedos en mi pelo.

Métemela ya, Javier —le rogué, abriendo las piernas sobre la banca.

Se puso condón —siempre responsable, el pendejo sexy— y se hundió en mí de un solo empujón. ¡Madre santa! Llenó cada centímetro, estirándome deliciosamente. Empezó a bombear lento, profundo, el slap-slap de piel contra piel resonando en la salita vacía. Sus bolas chocaban contra mi culo, y yo clavaba las uñas en su espalda, oliendo su sudor fresco, sintiendo sus músculos tensarse con cada embestida.

Aceleró, y yo enredé las piernas en su cintura, urgiéndolo.

Esto es lo que necesitaba, esta pasión salvaje en medio de las misiones que amo
, pensé mientras el orgasmo se acercaba como una ola. Grité su nombre, contrayéndome alrededor de su verga, el placer explotando en chispas blancas detrás de mis párpados. Él gruñó, temblando, y se vino con fuerza, colapsando sobre mí.

Jadeamos juntos, piel pegajosa, corazones latiendo al unísono. El aire estaba cargado de nuestro olor: sexo crudo, sudor, deseo satisfecho. Me besó la frente, suave ahora, y yo le acaricié la mejilla.

Esto no cambia nada, ¿eh? —le dije riendo, incorporándome—. Vengo por las misiones, no por distracciones.

Simón, pero qué distracción chida —respondió con guiño.

Nos vestimos entre besos perezosos, y salimos al atrio donde el sol se ponía en tonos naranjas y morados. La misión parecía más viva, como si nuestras pasiones la hubieran despertado. Mi pasión por las misiones ahora tenía un nuevo matiz, uno carnal y humano. Javier me acompañaría el resto de la semana, trabajando de día, follando de noche en su ranchito cercano, explorando cuerpos como yo exploraba ruinas.

Al final del viaje, cuando cargaba mis cosas en la camioneta, él me abrazó fuerte. Esto no es el fin, supe por su mirada. Regresé a la Ciudad con el cuerpo saciado, la piel marcada por sus besos, y el alma más plena. Las misiones no solo guardan historia en sus piedras; también despiertan pasiones que te cambian para siempre. Y yo, con mi eterna pasión por las misiones, ya planeaba la próxima visita.

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