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Pasion Prohibida Capitulo 42 Parte 3

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Pasion Prohibida Capitulo 42 Parte 3

Ana estacionó su auto en el valet del hotel en Polanco, con el corazón latiéndole como tambor en fiesta de pueblo. Las luces neón de la Ciudad de México parpadeaban afuera, reflejándose en el parabrisas empañado por su aliento agitado. Neta, ¿qué chingados estoy haciendo aquí otra vez? pensó, mientras se ajustaba el vestido negro ceñido que Marco tanto le gustaba. Olía a su perfume favorito, un jazmín dulce que se mezclaba con el aroma de su piel caliente, ya sudada de anticipación.

El elevador subió suave, pero su estómago daba volteretas. Marco la esperaba en la suite presidencial, como siempre. Era el mejor amigo de su esposo, el carnal de toda la vida, pero entre ellos ardía esta pasión prohibida que los consumía desde hace meses. Capitulo 42 parte 3 de su aventura secreta, como si fuera una novela que escribían a escondidas. Cada encuentro era un riesgo: un mensaje mal borrado, una mirada sospechosa en la boda del mes pasado. Pero el deseo era más fuerte que el miedo.

La puerta se abrió con un clic suave y ahí estaba él, alto, moreno, con esa sonrisa pícara que la desarmaba. "Ven, mi reina", murmuró, jalándola adentro. Sus brazos la envolvieron, fuertes y cálidos, y Ana inhaló su colonia, esa mezcla de madera y especias que la ponía loca. Sus labios se encontraron en un beso hambriento, lenguas danzando con sabor a tequila del bar de abajo.

"Te extrañé tanto, Ana. No aguanto más sin ti."

Ella se apartó un segundo, jadeando, sintiendo el pulso acelerado en su cuello. "Órale, Marco, si nos cachan, se arma el desmadre. Mi viejo y el tuyo son cuates de la prepa." Pero sus manos ya traicionaban sus palabras, deslizándose por su camisa, desabotonándola con dedos temblorosos. La habitación olía a sábanas frescas y a velas de vainilla que él había encendido. La vista de la ciudad brillaba por el ventanal, indiferente a su pecado.

Acto primero de su noche: la seducción lenta. Marco la llevó a la cama king size, tumbándola con gentileza. Sus ojos oscuros la devoraban, recorriendo sus curvas. "Estás cañona con ese vestido, mamacita", dijo con voz ronca, mientras bajaba la cremallera despacio. El roce del metal frío contra su espalda la erizó la piel. Ana arqueó la espalda, exponiendo sus senos llenos, pezones ya duros como piedritas bajo la lencería de encaje rojo.

Él se arrodilló entre sus piernas, besando su vientre, bajando hasta el borde de las panties. El aliento caliente de Marco le cosquilleaba la piel, y ella gimió bajito, agarrando las sábanas. "Despacio, cabrón, no me hagas explotar ya", suplicó, pero su cuerpo la delataba, abriéndose como flor al sol. Olía a su excitación, ese musk dulce y salado que lo volvía loco.

Marco rio, un sonido grave que vibró en su pecho. "Eres mi vicio, Ana. Mi pasion prohibida." Quitó la prenda con dientes, exponiéndola. Sus dedos exploraron primero, rozando los labios hinchados de su panocha, ya empapada. Ana jadeó, el toque eléctrico enviando chispas por su espina. Siento cada yema de sus dedos, ásperas de tanto gym, pero tan precisas, pensó, mientras él separaba sus pliegues, exponiendo el clítoris palpitante.

La tensión crecía como tormenta en el DF. Él lamió despacio, lengua plana y caliente, saboreándola como tamal recién hecho. Ana se arqueó, gimiendo alto, el sonido rebotando en las paredes insonorizadas. "¡Ay, wey! ¡Qué rico chupas!" Sus caderas se movían solas, frotándose contra su boca. El sabor salado de ella lo embriagaba, mezclado con el sudor que perlaba su frente. Marco metió un dedo, luego dos, curvándolos para tocar ese punto que la hacía ver estrellas. Ella gritó, uñas clavadas en su nuca, oliendo su cabello limpio de shampoo de romero.

Pero no era solo físico. En su mente bullían los recuerdos: la primera vez en la fiesta de fin de año, robándose besos en el baño; las noches de mensajes calientes mientras sus esposos dormían.

"Esto está mal, pero se siente tan chingón. ¿Por qué no puedo dejarlo?"
Ana se mordió el labio, lágrimas de placer y culpa mezclándose. Marco levantó la vista, ojos brillantes. "Déjate llevar, mi amor. Somos adultos, neta consientes en esto."

Escalada al medio acto: ella lo volteó, ansiosa por devolverle. "Ahora me toca a mí, pendejo", dijo juguetona, quitándole el pantalón. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, goteando precúm que ella lamió con deleite. Sabor salado, masculino, como mar en Acapulco. Lo tomó en la boca, chupando hondo, garganta relajada por práctica. Marco gruñó, manos enredadas en su pelo negro. "¡Carajo, Ana! Tu boca es el paraíso." Ella aceleró, lengua girando en la cabeza sensible, sintiendo cómo palpitaba contra su paladar.

El aire se cargaba de gemidos y jadeos, piel chocando suave. Sudor los unía, pegajoso y caliente. Ana lo montó entonces, guiando su polla dura adentro de ella. Lentamente al principio, sintiendo cada centímetro estirándola, llenándola. "¡Qué grande estás, cabrón!" gritó, mientras bajaba hasta la base. El roce interno era fuego puro, su chochita contrayéndose alrededor de él.

Comenzaron el ritmo, ella arriba, caderas girando como en baile de cumbia. Marco la agarraba las nalgas, amasándolas, dedos hundiéndose en carne suave. El slap slap de piel contra piel llenaba la habitación, mezclado con sus alaridos. "¡Más duro! ¡Chíngame rico!" pedía ella, pechos rebotando. Él se incorporó, mamando un pezón, dientes rozando lo justo para doler placer. El olor de sexo impregnaba todo: semen, jugos, sudor.

Internamente, Ana luchaba y rendía. Esto es nuestro capitulo 42 parte 3, pensó fugaz, donde el deseo vence al mundo. No quiero que acabe nunca. Marco la volteó a cuatro patas, penetrándola desde atrás, profundo y salvaje. Sus bolas chocaban contra su clítoris, enviando ondas de éxtasis. "¡Voy a venirme, mi vida!" rugió él, acelerando.

Clímax inminente: ella primero, el orgasmo la partió en dos. Olas de placer la barrieron, panocha apretando como puño, chorros calientes mojando las sábanas. Gritó su nombre, visión borrosa, cuerpo temblando. Marco la siguió segundos después, corriéndose adentro con un bramido gutural, semen caliente llenándola, goteando por sus muslos.

El final sereno: cayeron exhaustos, enredados en sábanas revueltas. Él la besó la frente, suave ahora, como amantes de verdad. "Te amo, Ana. Pase lo que pase." Ella suspiró, acurrucada en su pecho, escuchando su corazón calmarse. El skyline de México brillaba afuera, testigo mudo.

"Esta pasion prohibida nos va a destruir o salvar, pero por ahora, soy feliz."

Se quedaron así, respirando sincronizados, el aroma de sus cuerpos unidos flotando en el aire. Mañana volverían a sus vidas, pero esta noche, en su capitulo 42 parte 3, eran libres.

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