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Palomo En La Pasion No Hay Palabras

7031 palabras

Palomo En La Pasion No Hay Palabras

La noche en Puerto Vallarta olía a sal marina y a jazmines silvestres que trepaban por las rejas de las villas playeras. Yo, Chava, acababa de llegar de un viaje de trabajo en la ciudad de México, con el cuerpo pidiendo a gritos un poco de relajo. Caminaba por la Malecón, con el ruido de las olas rompiendo contra la orilla y el bullicio de la gente riendo en los bares al aire libre. Ahí la vi: Karla, una morra de curvas que te hacen salivar, con el pelo negro suelto cayéndole por la espalda como una cascada de medianoche. Vestía un vestido rojo ceñido que marcaba sus chichis firmes y su culo redondo, moviéndose al ritmo de la música de un trío mariachi que tocaba cerca.

Órale, wey, esta chava está perrona, pensé mientras me acercaba al bar. Pedí una michelada bien fría, el limón chorreando en el vaso helado, y me senté a su lado. Ella volteó, con unos ojos cafés que brillaban como el tequila bajo la luna. "Qué onda, guapo, ¿vienes a conquistar la playa o nomás a verte guapo?", me dijo con una sonrisa pícara, su voz ronca como el humo de un buen puro.

Charlamos un rato, neta que conectamos chido. Hablaba de su vida como diseñadora gráfica freelance, de cómo le gustaba bailar hasta el amanecer y perderse en las fiestas de la costa. Yo le conté de mis aventuras como fotógrafo de bodas, capturando momentos de pura emoción. El aire entre nosotros se cargaba de electricidad, como antes de una tormenta en el Pacífico. Su perfume, una mezcla de vainilla y coco, me envolvía, y cada vez que reía, sentía un cosquilleo en la entrepierna. Ya se me estaba parando el palomo, pensé, ajustándome disimuladamente los shorts.

La invité a caminar por la playa. La arena tibia se nos metía entre los dedos de los pies, y el sonido de las gaviotas se mezclaba con nuestras risas. Nos sentamos en una duna apartada, con el mar lamiendo la orilla como un amante ansioso. Nuestras manos se rozaron, y sentí su piel suave, cálida, como terciopelo bajo el sol poniente. "Chava, me gustas mucho", murmuró ella, acercándose. Nuestros labios se encontraron en un beso salado, sus tetas presionando contra mi pecho, duras y apetitosas. Mi lengua exploró su boca, saboreando el dulzor de su saliva mezclada con el tequila que había tomado.

El deseo crecía como la marea. La llevé a mi suite en el hotel, un lugar chulo con balcón al mar y sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda fresca. Apenas cerramos la puerta, nos devoramos. Le quité el vestido de un jalón, revelando su cuerpo desnudo, depilado, con pezones rosados endurecidos por la brisa nocturna. "Eres una diosa, Karla", le dije, besando su cuello, inhalando su aroma almizclado de mujer excitada.

En la cama, la tensión era palpable. Mis manos recorrían su piel, desde los hombros hasta sus muslos carnosos, sintiendo cómo temblaba bajo mi toque. Ella me arañaba la espalda, gimiendo bajito, "Ay, Chava, no pares, carnal". Le chupé las chichis, mordisqueando los pezones hasta que se le pusieron como piedritas. Bajé por su vientre plano, lamiendo el ombligo, hasta llegar a su panocha húmeda, hinchada de ganas. El olor era embriagador, a miel y sal, y su clítoris palpitaba contra mi lengua. La comí con hambre, metiendo dos dedos en su calor resbaloso, curvándolos para tocar ese punto que la hacía arquearse y gritar "¡Sí, wey, así!".

Palomo en la pasión no hay palabras, se me cruzó por la mente mientras ella me bajaba los bóxers. Mi verga saltó libre, dura como piedra, venosa y palpitante, el glande brillando con pre-semen.

Karla la miró con ojos hambrientos, lamiéndose los labios. "Qué palomo tan choncho, Chava. Neta que me lo quiero comer todo". Se arrodilló, su aliento caliente rozándome la piel sensible. Su boca lo envolvió, cálida y húmeda, chupando con maestría, la lengua girando alrededor del cabo. Sentí el succionar profundo, hasta la garganta, el sonido obsceno de saliva y gemidos. Mis bolas se tensaban, el placer subiendo como lava por mi espina. La cogí del pelo suave, guiándola, pero ella mandaba, mirándome con picardía mientras me mamaba como una experta.

No aguanté más. La tiré en la cama, abriéndole las piernas anchas. Su panocha chorreaba jugos, reluciente bajo la luz tenue de la lámpara. Me acomodé entre sus muslos, frotando mi palomo contra sus labios vaginales, sintiendo el calor abrasador. "Cógeme ya, pendejo, métemela toda", suplicó ella, clavándome las uñas en las nalgas. Empujé despacio, centímetro a centímetro, su carne apretándome como un guante de terciopelo mojado. El estiramiento era exquisito, sus paredes internas masajeándome, y cuando toqué fondo, ambos jadeamos.

Empecé a bombear, lento al principio, saboreando cada embestida. El slap-slap de piel contra piel llenaba la habitación, mezclado con sus alaridos "¡Más duro, cabrón!" y mis gruñidos animales. Sudábamos, el olor a sexo crudo impregnando el aire, sus jugos empapando mis huevos. Cambiamos posiciones: ella encima, cabalgándome como una amazona, sus chichis rebotando hipnóticamente. Agarré su culo, azotándolo suave, sintiendo cómo se contraía alrededor de mi verga. Esto es el paraíso, wey, pensé, viendo su cara de éxtasis, el pelo pegado a la frente por el sudor.

La puse a cuatro patas, admirando su espalda arqueada y el coño abierto invitándome. La penetré de nuevo, profundo, agarrándole las caderas. Mis caderas chocaban contra sus nalgas carnosas, el sonido rítmico como tambores de una fiesta jarocha. Ella se masturbaba el clítoris, gimiendo "Me vengo, Chava, no pares". Su orgasmo la sacudió, el coño apretándome como un puño, chorros calientes mojando las sábanas. Eso me llevó al límite. "Me corro, Karla", avisé, pero ella gritó "Adentro, lléname". Saqué el palomo justo a tiempo, eyaculando chorros espesos sobre su espalda y culo, el semen caliente goteando por su piel.

Colapsamos, jadeantes, envueltos en el olor almizclado de nuestros fluides. La abracé, besando su hombro salado. "Neta que fue chingón", murmuró ella, acurrucándose contra mi pecho. Yo acaricié su pelo, sintiendo la paz post-coital, el corazón latiendo en sintonía con las olas lejanas.

Al amanecer, con el sol tiñendo el cielo de rosa, nos duchamos juntos. El agua caliente corría por nuestros cuerpos entrelazados, jabón espumoso resbalando por sus curvas. Nos besamos lento, sin prisa, saboreando el afterglow. "Palomo en la pasión no hay palabras", dijo ella riendo, acariciándome la verga flácida que empezaba a despertar de nuevo. Yo sonreí, sabiendo que esta noche había sido solo el principio.

Nos vestimos y salimos a desayunar mariscos frescos en un puesto playero, el vapor de los tacos de camarón subiendo en el aire matutino. Hablamos de volver a vernos, de explorar más de esa pasión muda que une cuerpos sin necesidad de explicaciones. En Puerto Vallarta, el mar siempre trae sorpresas, y Karla había sido la mejor ola de mi vida.

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