Relatos Prohibidos
Inicio Hetero Camila y Santiago Pasion Desbordante Camila y Santiago Pasion Desbordante

Camila y Santiago Pasion Desbordante

7836 palabras

Camila y Santiago Pasion Desbordante

Camila caminaba por las calles empedradas de San Miguel de Allende, con el sol del atardecer tiñendo todo de un naranja cálido que hacía brillar su piel morena. Llevaba un vestido rojo ajustado que se pegaba a sus curvas como una segunda piel, y el aire fresco de la sierra le erizaba los vellos de los brazos. Hacía meses que no veía a Santiago, pero neta, el wey la traía loca desde que se conocieron en esa boda en Guadalajara. Esa noche, el destino los había cruzado de nuevo en la plaza principal, donde la banda tocaba corridos con trompetas que retumbaban en el pecho.

Él estaba ahí, recargado en una fuente, con su camisa blanca desabotonada lo justo para mostrar el tatuaje de un águila en el pecho. Alto, fornido, con esa barba recortada que le daba un aire de ranchero moderno. Sus ojos oscuros la atraparon al instante, y Camila sintió un cosquilleo en el estómago, como mariposas enloquecidas.

¿Qué chingados hago aquí parada como pendeja? Ve y salúdalo, Camila, no seas mamona.
Se acercó con paso firme, el tacón de sus zapatos resonando contra las piedras.

Órale, Camila, ¿qué onda, güey? —dijo él con esa sonrisa pícara que le derretía las rodillas—. No pensé verte por acá.

—Puras casualidades, Santi. ¿Vienes a la feria o qué? —respondió ella, oliendo ya su colonia fresca mezclada con el aroma terroso del mezcal que cargaba en la mano.

Hablaron como si no hubiera pasado el tiempo, riendo de anécdotas pasadas, de esa vez que se emborracharon en la playa de Puerto Vallarta y terminaron bailando hasta el amanecer. La tensión crecía con cada mirada, cada roce accidental de sus brazos. Camila sentía el calor subiendo por su cuello, el pulso acelerado latiéndole en las sienes. Santiago la invitó a caminar hacia su casa rentada, una casona colonial con patio lleno de buganvillas. Camila y Santiago pasión, pensó ella, como el título de una novela erótica que ardía en su mente.

Entraron al patio iluminado por faroles, el sonido del agua de la fuente mezclándose con el lejano bullicio de la plaza. Santiago sacó una botella de tequila reposado, el líquido ámbar brillando bajo la luz. Sirvió dos shots, y al chocar los vasos, sus dedos se tocaron. Electricidad pura. Camila bebió de un trago, el fuego del alcohol bajando por su garganta, calentándole el vientre.

Estás más chula que nunca, Cami —murmuró él, acercándose tanto que ella podía oler su aliento a tequila y menta.

—Tú tampoco te quedas atrás, pendejo —rió ella, pero su voz salió ronca, cargada de deseo.

Acto seguido, sus labios se encontraron en un beso que empezó suave, exploratorio, como probando el terreno. Los labios de Santiago eran firmes, cálidos, con sabor a sal y tequila. Camila gimió bajito cuando su lengua se coló en su boca, danzando con la suya en un ritmo que aceleraba su corazón. Sus manos subieron por la espalda de él, sintiendo los músculos tensos bajo la camisa. Él la apretó contra la pared de adobe, el frescor de la piedra contrastando con el calor de sus cuerpos pegados.

La tensión que habían acumulado explotaba poco a poco. Santiago deslizó una mano por su muslo, subiendo el vestido hasta sentir la suavidad de su piel. Camila jadeó, el roce de sus dedos ásperos enviando chispas directo a su centro.

Esto es lo que necesitaba, neta. Su toque me enciende como nadie.
Lo jaló hacia adentro de la casa, la puerta cerrándose con un clic que sonó como una promesa.

En la recámara, la luz de una lámpara de lava pintaba sombras danzantes en las paredes blancas. Se desvistieron con urgencia pero sin prisa, saboreando cada revelación. La camisa de él cayó primero, exponiendo su torso bronceado, pectorales duros por horas en el gym y el rancho. Camila trazó con las uñas el camino de vellos oscuros que bajaba de su ombligo, oyendo su respiración entrecortada. Él desató el vestido de ella, que resbaló como seda al piso, dejando al descubierto sus senos plenos, pezones endurecidos por la anticipación.

Eres una diosa, Cami —susurró, besando su cuello, lamiendo la sal de su piel sudada.

Se tumbaron en la cama king size, sábanas de algodón egipcio frescas contra su piel ardiente. Santiago exploró su cuerpo con besos hambrientos: el hueco de su clavícula, el valle entre sus senos, el ombligo. Camila arqueó la espalda cuando su boca capturó un pezón, succionando con fuerza suave, la lengua girando en círculos que la hacían gemir alto. ¡Qué rico, cabrón! Sus manos bajaron a su entrepierna, sintiendo la humedad que ya empapaba sus bragas de encaje.

Él las quitó con dientes, el sonido de la tela rasgándose levemente avivando el fuego. Camila abrió las piernas, invitándolo. Santiago se arrodilló, inhalando su aroma almizclado, mezcla de deseo y perfume floral. Su lengua la tocó primero en un lametón largo, saboreando su esencia dulce y salada. Ella gritó, agarrando sus cabellos, empujándolo más profundo.

Sí, así, no pares, wey. Me vas a volver loca.
Él lamía con maestría, alternando succiones en su clítoris hinchado y penetraciones con la lengua, mientras dos dedos gruesos se hundían en ella, curvándose para rozar ese punto que la hacía temblar.

Camila no aguantó más. Lo empujó hacia arriba, desabrochando su jeans con dedos torpes. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, palpitante de necesidad. La tomó en la mano, sintiendo el calor y la dureza, la piel suave sobre el acero. La masturbó despacio, oyendo sus gruñidos guturales, oliendo el sudor masculino que la volvía feral.

Te quiero adentro, ya, Santi —exigió ella, guiándolo a su entrada húmeda.

Él se hundió en un solo movimiento fluido, llenándola por completo. Ambos jadearon al unísono, el estiramiento perfecto, el roce de sus paredes contra su grosor enviando ondas de placer. Empezaron lento, meciéndose, sintiendo cada centímetro. El sonido de piel contra piel, húmedo y rítmico, llenaba la habitación junto con sus gemidos. Camila clavó las uñas en su espalda, dejando marcas rojas, mientras él mordía su hombro, el dolor placentero avivando todo.

La intensidad creció. Santiago aceleró, embistiéndola profundo, sus caderas chocando con fuerza. Ella envolvió las piernas alrededor de su cintura, cambiando el ángulo para que rozara su punto G en cada estocada. El olor a sexo impregnaba el aire, sudor, fluidos, pasión pura. Camila y Santiago pasión desbordante, como un río que no para. Sus pechos rebotaban con cada golpe, pezones rozando su pecho velludo. Él bajó una mano para frotar su clítoris, y Camila explotó primero, un orgasmo que la sacudió entera, contrayéndose alrededor de él, gritando su nombre mientras estrellas estallaban detrás de sus párpados.

¡Sí, Cami, apriétame! —rugió él, prolongando su placer con embestidas salvajes.

No tardó en seguirla. Se tensó, gruñendo como animal, y se derramó dentro de ella en chorros calientes, pulsando una y otra vez. Colapsaron juntos, jadeantes, cuerpos enredados en un charco de sudor y satisfacción.

En el afterglow, yacían abrazados, el ventilador del techo moviendo el aire cálido. Santiago besaba su frente, suave ahora, tierno. Camila trazaba círculos en su pecho, sintiendo su corazón latir en sintonía con el suyo.

Esto fue chingón, ¿verdad? —dijo él, voz ronca.

Neta, lo mejor. No sé qué sigue, pero quiero más de Camila y Santiago pasión —rió ella, sellando con un beso lento.

La noche los envolvió, prometiendo más fuegos por venir, en esa casona donde su deseo había encontrado hogar.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.