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Pasión de Gavilanes Capítulo 120 Fuego en la Carne

6471 palabras

Pasión de Gavilanes Capítulo 120 Fuego en la Carne

La noche caía suave sobre la hacienda en las afueras de Guadalajara, con el aroma a jazmín flotando en el aire cálido. Yo, Lucía, me recostaba en el sillón de mimbre de la terraza, con las piernas cruzadas y un vaso de tequila reposado en la mano. El sol se había escondido dejando un cielo púrpura que se reflejaba en los ojos de Rafael, mi hombre, el que me hacía temblar con solo una mirada. Llevábamos meses en esta danza de deseo, él ranchero de pura cepa, con manos callosas de domar caballos y un cuerpo que olía a tierra húmeda y sudor fresco.

"Órale, mija, ¿qué vemos hoy?", me dijo con esa voz ronca que me erizaba la piel, mientras se acercaba con dos cervezas frías. Su camisa blanca desabotonada dejaba ver el vello oscuro en su pecho, y yo sentí un cosquilleo entre las piernas solo de imaginar mis uñas ahí.

"Pasión de Gavilanes, capítulo 120", respondí juguetona, sabiendo que esa novela nos volvía locos. Era nuestra tradición, ver esas pasiones exageradas que nos encendían como yesca seca. Él se sentó a mi lado, su muslo rozando el mío, y el calor de su cuerpo se coló por mi falda ligera. Encendí la tele, y ahí estaban los hermanos Reyes, con sus amores turbulentos, pero esta noche, el episodio prometía algo más ardiente.

En la pantalla, la pasión estallaba: besos furiosos bajo la lluvia, cuerpos chocando con hambre. Rafael soltó un gruñido bajo, su mano grande posándose en mi rodilla. "Qué chingón este capítulo, ¿verdad, corazón?", murmuró, y sus dedos subieron despacio, trazando círculos que me hicieron morder el labio. El aire se cargó de electricidad, el sonido de la novela de fondo como un latido acelerado.

¿Por qué este hombre me deshace así? Cada roce es fuego, y yo solo quiero arder con él.

Acto uno apenas empezaba, pero mi cuerpo ya respondía. Su aliento cálido en mi cuello olía a tequila y menta, y cuando giré la cara, nuestros labios se encontraron en un beso lento, explorador. Sus lenguas danzaron como en la novela, pero real, con el sabor salado de su piel y el gemido que escapó de mi garganta.

La tensión crecía mientras veíamos cómo en Pasión de Gavilanes capítulo 120 los amantes se entregaban al deseo prohibido. Rafael me levantó en brazos como si no pesara nada, sus músculos tensos bajo mis manos. "Vamos adentro, nena, que esto no se queda en la tele", dijo con ojos negros brillantes. Caminamos al cuarto, el piso de baldosa fría contrastando con el calor que nos devoraba. La habitación olía a sábanas limpias y a su colonia terrosa, la luz de la luna filtrándose por las cortinas de encaje.

Me dejó en la cama king size, y se quitó la camisa con un movimiento fluido, revelando su torso esculpido por el sol mexicano. Yo me incorporé, jalando de su cinturón con urgencia juguetona. "Pendejo, ¿crees que puedes tentarme así?", le dije riendo, pero mi voz salió ronca, traicionera. Él se arrodilló frente a mí, besando mis muslos por encima de la falda, su barba raspando deliciosamente mi piel suave.

El medio acto se desplegaba con maestría. Sus manos subieron, quitándome la blusa con reverencia, exponiendo mis pechos al aire fresco. Los lamió despacio, círculos húmedos que me arquearon la espalda, el sonido de su succión mezclado con mi jadeo. "Qué ricos, mi reina", gruñó, y yo enredé mis dedos en su cabello negro, guiándolo más profundo. Olía a su excitación, ese almizcle varonil que me mareaba, y probé su piel salada al besarle el hombro.

Esto es mejor que cualquier novela, su lengua en mí es poesía viva, y mi cuerpo responde con temblores que no controlo.

Lo empujé hacia atrás, montándome a horcajadas. Le desabroché los jeans, liberando su verga dura, palpitante, que saltó contra mi vientre. La tomé en mano, sintiendo su calor aterciopelado, venas gruesas bajo mis dedos. Él gimió, "Chingao, Lucía, me vas a matar", y yo sonreí, bajando la cabeza para saborearlo. Mi lengua trazó la punta, salado y dulce, mientras él se retorcía, sus caderas alzándose. El sonido de su placer, gutural y animal, me empapaba más.

Pero no quería acabar así. Me quité la falda y las panties, quedando desnuda ante él, mi piel morena brillando bajo la luna. Rafael me miró como si fuera un tesoro, sus manos explorando mis curvas, pellizcando mis nalgas con cariño posesivo. "Eres mía, toda mía", susurró, y yo asentí, guiándolo dentro de mí. Entró lento, centímetro a centímetro, llenándome con un estiramiento exquisito que me arrancó un grito ahogado.

El ritmo empezó pausado, sus embestidas profundas haciendo que mi concha lo apretara, succionándolo. El slap de piel contra piel resonaba, mezclado con nuestros jadeos y el crujir de la cama. Sudábamos, el olor a sexo cargando el aire, sus manos en mis caderas marcándome con fuerza amorosa. Aceleramos, yo cabalgándolo con furia, pechos rebotando, uñas en su pecho dejando surcos rojos.

La intensidad subía como tormenta. Cambiamos posiciones, él encima, mis piernas en sus hombros, penetrándome más hondo. Cada thrust rozaba mi punto exacto, chispas de placer explotando. "Más, cabrón, dame todo", le rogué, y él obedeció, sudando sobre mí, su aliento caliente en mi oreja. Sentía su pulso acelerado contra mi pecho, mi clítoris hinchado rozando su pubis.

Esto es el clímax, mi alma se rompe en placer, unido a él en esta danza eterna.

El acto final llegó como avalancha. Mi orgasmo me golpeó primero, olas convulsivas apretándolo, mi grito rasgando la noche: "¡Sí, Rafael, ya!". Él se tensó, gruñendo mi nombre, su semen caliente llenándome en pulsos interminables. Colapsamos juntos, cuerpos entrelazados, piel pegajosa y resbaladiza.

El afterglow fue dulce. Yacíamos en silencio, su cabeza en mi pecho, mi mano acariciando su espalda húmeda. El aroma a nosotros flotaba, mezclado con el jazmín del jardín. "Mejor que Pasión de Gavilanes capítulo 120, ¿verdad?", murmuró él con risa cansada. Yo besé su frente, sintiendo paz profunda.

"Infinitamente mejor, mi amor. Tú eres mi pasión real". La luna nos arrullaba, y en ese momento, supe que esto era nuestro capítulo eterno, escrito en carne y alma.

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