Relatos Prohibidos
Inicio Hetero Ajedrez y Ciencia Pasiones Mezcladas en la Piel Ajedrez y Ciencia Pasiones Mezcladas en la Piel

Ajedrez y Ciencia Pasiones Mezcladas en la Piel

6432 palabras

Ajedrez y Ciencia Pasiones Mezcladas en la Piel

En la Universidad Nacional, donde el bullicio de los estudiantes se mezcla con el aroma a café de olla y tacos al pastor de los ambulantes afuera, conocí a Diego. Yo, Ana, maestra de ajedrez en el club de la facu de Ciencias, siempre he sido la reina del tablero. Pero ese día, durante el torneo interdepartamental, él llegó como un peón inesperado que amenaza jaque mate. Alto, con ojos cafés intensos y una sonrisa que parecía calcular trayectorias, Diego era físico cuántico, de esos que hablan de partículas y universos paralelos como si fueran chismes de cantina.

Qué wey tan interesante, pensé mientras lo veía sentarse frente a mí. El salón olía a madera vieja de los tableros y al desodorante barato de los concursantes. Sus dedos largos rozaron el primero al mover su reina, y sentí un cosquilleo en la nuca, como si el aire se cargara de electricidad estática.

—Tu apertura es agresiva, como una ecuación de Navier-Stokes en flujo turbulento —me dijo con voz grave, mientras sus ojos se clavaban en los míos por encima de las piezas.

Reí bajito, moviendo mi alfil con deliberada lentitud. —Neta, ajedrez y ciencia, pasiones mezcladas desde el principio. ¿No crees que el tablero es como un laboratorio? Cada movimiento, una hipótesis que pruebas con el cuerpo.

Él se inclinó, su aliento cálido rozando mi mano al capturar mi peón. El roce fue eléctrico, piel contra piel por un segundo eterno. Gané esa partida, pero perdí algo más: la calma. Al final del torneo, intercambiamos números. "Para una revancha científica", dijo guiñando.

Los días siguientes fueron un ajedrez mental. Mensajes a media noche sobre estrategias de apertura siciliana y teorías de cuerdas.

"Imagina si el rey fuera un electrón, ¿dónde pondrías tu reina para colapsar su función de onda?"
Yo respondía con fotos de tableros improvisados en mi depa, rodeados de libros de física que pedía prestados. La tensión crecía como una tormenta en el desierto de Sonora: lenta, inevitable.

Una tarde lluviosa, lo invité a mi casa en Coyoacán. El olor a tierra mojada entraba por la ventana mientras preparaba micheladas con sal y chile. Llegó con una caja de ajedrez antigua y un termo de atole de chocolate. Jugamos en la sala, descalzos sobre el piso de barrotes fríos. Sus pies rozaban los míos accidentalmente, enviando chispas por mis piernas.

—Estás jugando sucio, Ana —murmuró, cuando le quité la dama con un movimiento experto.

¿Sucia yo? Tú eres el que mira mis labios cada vez que pienso —le contesté, mordiéndome el inferior para provocarlo.

El juego se calentó. Cada captura era un roce más prolongado: su dedo índice trazando la curva de mi caballo de madera, yo dejando que mi rodilla presionara su muslo bajo la mesa. El aire se espesó con el olor de nuestra piel sudada, mezclado al dulzor del atole. Sentía mi corazón latiendo como un tambor de mariachi, el pulso en mis sienes acelerado.

De pronto, él tiró el rey al suelo. —Jaque mate en tu cama. ¿Aceptas la rendición?

Lo jalé de la camisa, sus labios chocando contra los míos como partículas en un acelerador. Sabían a sal de la michelada y a chocolate caliente. Sus manos, grandes y callosas de tanto escribir ecuaciones, me recorrieron la espalda, desabotonando mi blusa con precisión quirúrgica. Gemí contra su boca, el sonido ahogado por la lluvia que azotaba las tejas.

Nos dejamos caer en la cama, el colchón hundiéndose bajo nuestro peso. Su piel olía a jabón de lavanda y a hombre excitado, ese aroma almizclado que hace que las rodillas flaqueen. Le arranqué la playera, lamiendo el sudor salado de su pecho mientras él me quitaba el brasier. Mis pezones se endurecieron al aire fresco, y él los tomó con la boca, succionando suave al principio, luego con hambre. ¡Puta madre, qué rico! pensé, arqueando la espalda como un tablero curvado por la tensión.

—Tu cuerpo es una ecuación perfecta —susurró, bajando por mi vientre, besando cada centímetro. Sus dedos exploraron mis pliegues húmedos, resbaladizos de deseo. Entró uno, luego dos, curvándolos como un gancho en jaque perpetuo. Yo jadeaba, el sonido de mi respiración entrecortada llenando la habitación, mezclada al golpeteo de la lluvia.

Lo volteé, montándome a horcajadas. Su verga dura como una torre de ajedrez pulsaba contra mi mano. La acaricié despacio, sintiendo las venas hinchadas, el calor irradiando. Está cañón, wey, murmuré para mí. La guié dentro de mí, bajando lento, centímetro a centímetro, hasta llenarme por completo. El estiramiento era exquisito, un dolor placentero que se convertía en olas de placer.

Cabalgamos como en una partida final: yo marcando el ritmo, él embistiendo desde abajo con fuerza controlada. Sus manos en mis caderas, uñas clavándose lo justo para dejar marcas rojas. Sudábamos, el olor a sexo crudo invadiendo todo, piel resbaladiza chocando con piel. Gemidos se volvían gritos: "¡Más duro, pendejo!" le ordené, y él obedeció, volteándome para ponerme a cuatro patas.

Entró de nuevo, profundo, golpeando ese punto que me hacía ver estrellas cuánticas. Cada embestida era un movimiento maestro: el slap de carne contra carne, mis tetas balanceándose, su aliento caliente en mi nuca.

"Eres mi experimento favorito, Ana. Pasiones mezcladas en explosión nuclear"
, gruñó. Sentí el orgasmo construyéndose como una singularidad, apretándome alrededor de él. Exploté primero, el mundo disolviéndose en temblores, jugos chorreando por mis muslos. Él me siguió segundos después, llenándome con chorros calientes, su cuerpo colapsando sobre el mío.

Quedamos jadeando, enredados en sábanas húmedas. El olor a sexo y lluvia persistía, suaves caricias perezosas en mi cabello. —¿Revancha mañana? —pregunté, trazando ecuaciones imaginarias en su pecho.

—Todos los días, mi reina científica —respondió, besándome la frente.

En ese momento, ajedrez y ciencia pasiones mezcladas no eran solo palabras; eran nuestra piel, nuestro sudor, nuestro futuro en tableros y laboratorios compartidos. La pasión no se acababa con el jaque mate; renacía en cada apertura.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.