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La Pasión Desnuda de la Película Mel Gibson La Pasión de Cristo

6313 palabras

La Pasión Desnuda de la Película Mel Gibson La Pasión de Cristo

Estás recostada en el sofá de tu depa en la Condesa, con las luces bajas y el olor a palomitas recién hechas flotando en el aire. La noche de viernes perfecto, wey, con tu carnal Javier a tu lado, su brazo rodeando tu cintura como si no quisiera soltarte nunca. En la tele, Netflix cargando la película Mel Gibson La Pasión de Cristo, esa que tanto hype tuvo hace años. "Neta, ¿por qué quieres ver esto ahorita?", te pregunta él con esa voz ronca que te eriza la piel, mientras sus dedos juguetean con el borde de tu blusa holgada.

"Porque la intensidad me prende, pendejo", le respondes riendo bajito, girándote para rozar tus labios contra su cuello. Hueles su colonia fresca mezclada con el sudor leve de su piel, ese aroma que siempre te hace mojar. La película arranca, las imágenes crudas llenan la pantalla: el latigazo, la sangre, el sufrimiento de Cristo. No es porno, pero hay algo primal en esa pasión, en el cuerpo marcado, en el dolor que grita entrega total. Tus pezones se endurecen bajo la tela delgada, y sientes un calor subiendo por tus muslos.

Javier se acomoda más cerca, su mano baja despacio por tu panza, rozando el ombligo.

"Mira cómo lo flagelan, carnal... imagínate esa entrega en la cama"
, susurras, tu aliento caliente contra su oreja. Él gruñe bajito, un sonido gutural que vibra en tu pecho. La banda sonora retumba, látigos chasqueando, gemidos de agonía que suenan como placer reprimido. Tus piernas se abren un poquito solas, invitándolo, mientras en pantalla Cristo carga la cruz, músculos tensos, sudor brillando bajo la luz polvorienta.

El primer acto pasa lento, como tu deseo creciendo. Javier's dedos encuentran el botón de tus shorts, lo desabrochan sin prisa, sabiendo que estás empapada. Tocas su entrepierna por encima del pantalón, sientes la verga endureciéndose, gruesa y lista. No mires la tele, mírame a mí, piensas, pero no lo dices, dejas que la tensión fermente. El olor a tu excitación se mezcla con el de las palomitas, almizclado y dulce. Su boca captura la tuya, beso profundo, lenguas enredándose como serpientes en el desierto de Judea que muestra la peli.

La película avanza al medio, la subida al Calvario. Tus shorts ya están por los tobillos, las bragas húmedas a un lado. Javier te recuesta, su peso sobre ti delicioso, aplastante. "Quiérete como Él se entrega", murmura contra tu cuello, mordisqueando la piel sensible. Gimes, arqueas la espalda, tus uñas clavándose en sus hombros anchos. Él baja la cabeza, lame tus tetas, chupando un pezón hasta que duele de placer. El sonido de la tele se pierde: martillazos en la cruz, pero en tu mente son sus caderas golpeando las tuyas más tarde.

Te voltea boca abajo, como en una sumisión voluntaria, y sus manos amasan tus nalgas, separándolas. Sientes su aliento caliente ahí, lengua explorando tu raja, saboreando tu jugo salado.

"¡Ay, wey, chúpame más! Neta que la película me tiene loca"
, jadeas, empujando contra su cara. Él obedece, dedos metiéndose en tu panocha, curvándose para tocar ese punto que te hace ver estrellas. El sudor perla tu frente, gotea entre tus chichis, y el aire huele a sexo crudo, a deseo desatado inspirado en esa pasión torturada de la pantalla.

Pero no es solo físico; hay algo más profundo. En tu cabeza, flashes de la peli se mezclan con lo que sientes: la corona de espinas como el roce áspero de su barba en tu clítoris, los clavos como el pellizco de sus dientes. Esto es nuestra pasión, nuestra cruz que cargamos juntos, piensas mientras él se endereza, se quita la playera revelando su torso marcado por el gym, músculos que brillan bajo la luz azulada del tele. Te volteas, lo jalas hacia ti, guías su verga a tu entrada resbalosa.

Entra despacio, centímetro a centímetro, estirándote, llenándote hasta el fondo. Ambos gimen al unísono, un eco de los gritos de la película. Sus embestidas empiezan suaves, rítmicas, como el caminar tambaleante de Cristo. Tocas su cara, miras sus ojos oscuros, llenos de ese amor feroz. "Te amo, morra", dice entre dientes, acelerando, piel contra piel chapoteando húmedo. El sofá cruje bajo ustedes, tus piernas enredadas en su cintura, talones clavándose en su culo para que vaya más hondo.

La tensión sube como la crucifixión acercándose. Él te pone a cuatro patas, agarra tus caderas, bombea fuerte, verga golpeando tu cervix con cada thrust. Sientes cada vena pulsando dentro, el saco chocando contra tu clítoris. "¡Dame todo, como Él dio su vida!", gritas, perdida en el éxtasis. Tus paredes se aprietan, ordeñándolo, y él maldice en bajito, "¡Puta madre, qué rica estás!". El olor a semen preeyaculatorio se suma al tuyo, embriagador. En la tele, el momento culminante: la muerte en la cruz, pero para ti es el orgasmo aproximándose, imparable.

Inner struggle? Un segundo dudas, ¿es esto blasfemo?, pero no, es puro, consensual, empowering. Tú lo controlas también, giras la cabeza, ordenas: "Métemela más duro, carnal". Él obedece, sudando profusamente, gotas cayendo en tu espalda como lágrimas divinas. Tus tetas rebotan, pezones rozando la tela áspera del sofá, enviando chispas de placer. El climax te golpea primero: olas desde el estómago, explotando en temblores, gritando su nombre mientras chorreas en su verga.

Javier te sigue segundos después, hinchándose dentro, chorros calientes inundándote, marcándote como suyo. Colapsan juntos, él aún dentro, pulsando residuales. La película termina, créditos rodando mudos. Respiran agitados, piel pegajosa, corazones latiendo desbocados. Te gira, te besa suave, lengua lamiendo el sudor de tu labio superior, salado y perfecto.

Después, en el afterglow, se acurrucan, tele apagada. Hueles su cabello húmedo, sientes su mano trazando círculos en tu panza.

"Neta que la película Mel Gibson La Pasión de Cristo nos prendió cañón, ¿verdad?"
, dice riendo. Tú asientes, sonriendo pícara: "Fue nuestra pasión propia, wey. Entrega total". Duermen así, envueltos en sábanas revueltas, el recuerdo de esa noche grabado en la piel, un lazo más fuerte, sensual y eterno.

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