Mensajes de Amor y Pasion que Encienden el Alma
Estaba recostada en mi cama, con el ventilador zumbando perezosamente sobre mí, mientras el calor de la noche mexicana se colaba por la ventana entreabierta. El aroma a jazmín del jardín de la vecina flotaba en el aire, mezclándose con el leve sudor en mi piel. Tomé mi celular por puro aburrimiento, esa noche de viernes en mi departamentito en la Roma, Ciudad de México. Y ahí estaban: mensajes de amor y pasión de Marco, el wey que me había marcado hace años.
Mi reina, ¿sigues soñando conmigo como yo contigo? Tus curvas me vuelven loco, neta. Quiero oler tu piel, morderte suave hasta que gimas mi nombre.
Leí eso y sentí un cosquilleo traicionero entre las piernas. Marco, con su sonrisa pícara y esos ojos cafés que prometían travesuras. Habíamos sido amantes en la uni, pero la vida nos separó: yo con mi chamba de diseñadora gráfica, él con su negocio de café orgánico en Coyoacán. Hacía meses que no sabíamos nada, pero estos mensajes... ay, wey, eran puro fuego.
Respondí con el pulso acelerado: ¿Y si te digo que sí, cabrón? ¿Qué harías conmigo? Su réplica llegó en segundos, vibrando contra mi palma como una caricia eléctrica.
Te buscaría ya, te besaría hasta que te derritas, mi amor. Ven a mi casa, déjame demostrarte esta pasión que no se apaga.
El corazón me latía como tamborazo en una fiesta. ¿Ir? Neta, ¿por qué no? Me puse un vestido negro ceñido que marcaba mis chichis y mis caderas, sin bra, solo tanguita roja. Me rocié perfume de vainilla, ese que a él le encanta, y salí al bullicio de la calle. Taxis pitando, risas de borrachos en las esquinas, el olor a tacos al pastor flotando. Subí al Uber con las manos temblorosas, imaginando sus labios en mi cuello.
Llegué a su casa en Coyoacán, una casona chida con patio lleno de bugambilias. Abrió la puerta descalzo, en playera ajustada que dejaba ver sus pectorales duros y jeans gastados. "Ana, mi vida", murmuró, y me jaló adentro con un beso que sabía a tequila y deseo puro. Sus manos en mi cintura, ásperas por el trabajo, me erizaron la piel.
Esto es lo que necesitaba, pensé mientras nos besábamos en el pasillo, tropezando con muebles. El sonido de nuestras respiraciones jadeantes llenaba el aire, mezclado con el crujir de las hojas en el patio. Me cargó como si no pesara nada, riendo bajito: "Eres más rica que nunca, mamacita".
En su recámara, la luz tenue de una lámpara de lava pintaba sombras en las paredes de adobe. Me tiró suave en la cama king size, con sábanas de algodón fresco que olían a él: jabón y un toque masculino. Se quitó la playera, revelando su torso tatuado con un águila mexicana que me hacía mojarme más. ¿Cómo resisto esto?
Empecé el juego lento, como en esos mensajes de amor y pasión que me había mandado. Le quité los jeans con dientes, rozando su piel con la lengua. Él gruñó, un sonido gutural que vibró en mi pecho. "No mames, Ana, me vas a matar". Su verga saltó libre, dura como piedra, venosa y palpitante. La tomé en la mano, sintiendo su calor latiendo contra mi palma sudorosa. La lamí desde la base, saboreando el salado de su piel, mientras él enredaba los dedos en mi pelo.
Me volteó boca arriba, subiendo mi vestido hasta la cintura. "Mírate, toda mojada por mí", dijo, pasando un dedo por mi tanga empapada. El roce me hizo arquear la espalda, un gemido escapando de mi garganta. Olía a mi propia excitación, dulce y almizclada, mezclada con su colonia. Me quitó la tanga de un jalón, y su boca aterrizó en mi clítoris, chupando con hambre. Lengua caliente, girando, succionando. Sentí mis jugos corriendo por sus labios, el sonido húmedo de su festín llenando la habitación.
¡Puta madre, qué rico! Mi mente era un remolino: flashes de sus mensajes, de promesas ardientes. Agarré las sábanas, mis uñas clavándose en la tela mientras ondas de placer subían por mi espina. "¡Marco, sí, cabrón, no pares!" Él levantó la vista, ojos brillando: "Esto es solo el principio, mi reina".
La tensión crecía como tormenta en el desierto. Me puse a cuatro patas, ofreciéndole mi culo redondo. Él se posicionó atrás, frotando su punta contra mis labios hinchados. El tacto era eléctrico, resbaloso por mis fluidos. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. ¡Qué llena me siento! Gemí fuerte cuando bottomed out, su pelvis chocando contra mis nalgas con un clap sonoro.
Empezó a bombear, lento al principio, cada embestida mandando chispas por mis nervios. El sudor nos unía, piel contra piel resbalosa. Olía a sexo crudo, a cuerpos en llamas. Aceleró, sus bolas golpeando mi clítoris, manos amasando mis tetas. "Te amo, Ana, neta te amo con esta pasión loca", jadeaba en mi oído, mordisqueando el lóbulo.
Yo empujaba hacia atrás, cabalgándolo como yegua salvaje. Esto es libertad, esto es puro fuego mexicano. Sentía su verga hinchándose dentro, mis paredes contrayéndose. El clímax se acercaba, un tsunami rugiendo. Grité su nombre, el mundo explotando en colores: pulsos en mi coño, piernas temblando, jugos chorreando por mis muslos.
Él se corrió segundos después, gruñendo como león, llenándome con chorros calientes que sentía palpitar. Colapsamos juntos, enredados, respiraciones sincronizadas. Su peso sobre mí era reconfortante, su piel pegajosa contra la mía.
Después, en la afterglow, nos quedamos así, con el ventilador secando nuestro sudor. Me besó la frente, suave. "Esos mensajes no eran juego, mi amor. Quiero más noches así". Yo sonreí, trazando su tatuaje con el dedo. Yo también, wey. Esto es lo que aviva el alma.
Nos duchamos juntos, agua caliente cayendo como lluvia tropical, jabonazos juguetones que prometían rondas futuras. Salimos a la cocina por unos chilaquiles con huevo, riendo de tonterías. El amanecer pintaba el cielo de rosa sobre los techos de Coyoacán, y en mi celular, un nuevo mensaje de amor y pasión: Desayuna conmigo siempre, ¿sale?.
Sí, salía perfecto. La pasión no se apaga; se enciende de nuevo, como fogata en noche de estrellas.