La Pasion de Cristo Diablo
En el corazón de Guadalajara, donde las campanas de la catedral repiquetean como un latido acelerado, me encontraba yo, Marisol, arrodillada frente al altar de la Virgen de Guadalupe. El incienso flotaba espeso, impregnando el aire con su aroma dulzón y terroso, mientras el sol de la tarde se colaba por los vitrales, tiñendo todo de rojos y dorados pecaminosos. Mi piel sudaba bajo el vestido ajustado de algodón, que se pegaba a mis curvas como una segunda piel. Hacía calor, pero no era solo el clima; era esa hambre que me carcomía por dentro, esa que la iglesia no podía saciar.
¿Por qué carajos siento esto aquí, en la casa de Dios? —me dije, mordiéndome el labio—. Neta, Marisol, eres una pendeja por venir vestida así, con las chichis casi saltando del escote.
Entonces lo vi. Entró por la puerta lateral, alto, moreno, con ojos negros como el carbón del infierno. Llevaba una camisa negra desabotonada que dejaba ver un tatuaje en el pecho: un Cristo crucificado, pero con cuernos de diablo retorcidos en la cabeza de espinas. La pasión de Cristo diablo, pensé al instante, como si el diablo mismo me hubiera susurrado el nombre en la oreja. Se acercó al confesionario, y yo, sin pensarlo dos veces, me levanté y lo seguí. Mi corazón tronaba, pum-pum-pum, como tambores de una fiesta prohibida.
—Perdón, padrecito —le dije al cura, pero mis ojos estaban fijos en él, que se sentaba en el banco de atrás, observándome con una sonrisa lobuna.
—No soy cura, mija —me contestó el sacerdote con voz cascada—. Ve con Dios.
Pero yo ya no escuchaba. Salí del confesionario y me acerqué a él. Olía a tequila añejo y a tierra mojada después de la lluvia, un olor que me erizaba la piel.
—¿Qué es eso que traes tatuado, wey? —le pregunté, sentándome a su lado, tan cerca que sentí el calor de su muslo contra el mío.
—La pasión de Cristo diablo —susurró, su voz ronca como grava bajo botas—. Es mi fe, carnal. La redención a través del fuego del deseo.
Su mano rozó la mía, un toque eléctrico que me subió por el brazo hasta el cuello. Me quedé helada, pero no de miedo, sino de pura calentura. Ahí empezó todo, en esa iglesia llena de ecos y sombras.
Salimos juntos a la plaza, donde los mariachis tocaban La Cucaracha con trompetas que vibraban en mi pecho. El sol se ponía, pintando el cielo de naranjas y violetas, y el aire se llenaba del olor a elotes asados y churros calientes. Caminamos hasta su departamento en el centro, un lugar chido con paredes de adobe y velas por todos lados. No era lujoso, pero tenía ese toque místico, con cruces invertidas y rosas rojas marchitas.
—Órale, qué lugar tan padísimo —dije, quitándome los zapatos y sintiendo el fresco del piso de loseta bajo mis pies descalzos.
Él, que se llamaba Dante, se rio bajito. —Si te gusta, quédate. Déjame mostrarte mi pasión.
Me tomó de la cintura, sus dedos fuertes hundiéndose en mi carne suave. Lo miré a los ojos, y vi el diablo bailando con el santo. Mi mente gritaba ¡no, Marisol, esto es pecado!, pero mi cuerpo ya estaba rendido. Sus labios rozaron mi cuello, calientes y húmedos, saboreando el sudor salado de mi piel. Gemí bajito, un sonido que se me escapó como vapor de una olla a presión.
Esto no está bien, pero ¡qué chingón se siente! Su aliento en mi oreja, como fuego líquido...
Nos besamos con furia, lenguas enredadas como serpientes en el Edén. Sabía a mezcal ahumado y a promesas rotas. Me arrancó el vestido con un tirón, dejando mis tetas al aire, los pezones duros como piedras de obsidiana. Él se quitó la camisa, y ahí estaba el tatuaje, latiendo con su corazón acelerado. Lo tracé con los dedos, sintiendo la piel áspera, marcada por el sol mexicano.
—Tócame aquí —me ordenó, guiando mi mano a su pantalón, donde su verga ya estaba tiesa, palpitando contra la tela.
La saqué, gruesa y venosa, caliente como un hierro de planchar. La apreté, sintiendo su pulso en mi palma, y él gruñó, un sonido animal que me mojó entre las piernas. El olor a sexo empezó a llenar la habitación, almizclado y dulce, mezclado con el jazmín del patio.
Me tumbó en la cama de sábanas negras, besando mi vientre, bajando hasta mi concha empapada. Su lengua era un demonio, lamiendo mis labios hinchados, chupando mi clítoris con succiones que me hacían arquear la espalda. ¡Ay, Diosito! ¡O diablo, lo que seas! Grité, clavándole las uñas en los hombros. El placer subía en olas, crujiendo mis nervios como rayos en tormenta.
Pero no era solo físico. En mi cabeza, luchaba: soy una buena católica, fui a misa todos los domingos, pero esto... esto es la verdadera comunión. Dante me miró, sus ojos brillando. —Déjate llevar, reina. Esta es la pasión de Cristo diablo, luz y sombra follándose mutuamente.
Me volteó, poniéndome a cuatro patas. Sentí su verga empujando contra mi entrada, resbalosa de jugos. Entró despacio al principio, estirándome, llenándome hasta el fondo. ¡Qué rico, cabrón! Cada embestida era un martillazo de éxtasis, su pelvis chocando contra mi culo con palmadas húmedas. El sudor nos unía, resbaloso y salado, goteando por mi espalda. Él me jalaba el pelo, no con fuerza bruta, sino con esa dominancia que me hacía sentir poderosa, dueña de mi placer.
—Más fuerte, mi amor —le rogué, empujando hacia atrás, cabalgándolo como una yegua salvaje.
El ritmo se aceleró, piel contra piel en un chap-chap-chap frenético. Su mano bajó a mi clítoris, frotándolo en círculos que me volvían loca. Olía a nosotros, a sexo crudo y puro, a México en celo. Mis tetas rebotaban, sensibles al roce de las sábanas ásperas. Sentía su verga hincharse dentro de mí, lista para explotar.
¡Ya viene, lo siento! Ese calor subiendo por mi espina, como lava del Popocatépetl.
Explotamos juntos. Yo primero, un orgasmo que me sacudió como terremoto, contrayendo mi concha alrededor de él en espasmos interminables. Grité su nombre, ¡Danteeee!, mientras él se vaciaba dentro de mí, chorros calientes que me inundaban, goteando por mis muslos. Colapsamos, jadeantes, su peso sobre mí reconfortante, nuestros corazones latiendo al unísono.
Después, en la quietud, con la luna colándose por la ventana y el lejano ladrido de perros callejeros, me acurruqué contra su pecho. El tatuaje aún latía, cálido bajo mi mejilla. —La pasión de Cristo diablo —murmuré, trazándolo con el dedo—. Neta, wey, me cambiaste la vida.
Él besó mi frente, suave como una bendición profana. —Esto es solo el principio, Marisol. El cielo y el infierno se follan cada noche en ti.
Me quedé dormida así, envuelta en su aroma, con el sabor de su semen en mis labios y la promesa de más pecados gloriosos. Al amanecer, el sol nos despertó con sus rayos dorados, y supe que había encontrado mi religión verdadera: el deseo sin cadenas, puro y mexicano hasta los huesos.