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Pasión de Gavilanes Capítulo 44 El Fuego Prohibido

7144 palabras

Pasión de Gavilanes Capítulo 44 El Fuego Prohibido

Era una noche calurosa en el rancho, de esas que te pegan el sudor a la piel como una promesa de algo más intenso. Yo, Juancho, acababa de llegar del corral, oliendo a tierra húmeda y a caballos sudados. Mi mujer, Normita, estaba recostada en el sillón de la sala, con el control remoto en la mano y la tele prendida en el canal de las novelas. "¡Ven wey, es Pasión de Gavilanes capítulo 44!", me gritó con esa voz ronca que me eriza la piel cada vez.

Me quité las botas con un movimiento rápido, sintiendo el piso fresco bajo mis pies descalzos. El aire traía el olor a jazmín del jardín y un toque de su perfume, ese dulzón que me volvía loco. Me senté a su lado, tan cerca que nuestras piernas se rozaron. Ella traía un camisón ligero, de algodón blanco que se pegaba a sus curvas por el calor, dejando ver el contorno de sus pezones endurecidos. En la pantalla, los hermanos Reyes discutían con pasión, pero mis ojos estaban en ella, en cómo mordía su labio inferior mientras la trama se ponía caliente.

"Mira cómo se miran, Juancho... pura pasión", murmuró Normita, su mano deslizándose casualmente sobre mi muslo.

El roce fue eléctrico, como un chispazo en la noche. Sentí mi verga despertar bajo los jeans, latiendo con fuerza. Intenté concentrarme en la novela, pero su dedo trazaba círculos lentos, subiendo poco a poco. El sonido de la tele, esas voces exageradas de la telenovela, se mezclaba con mi respiración que se aceleraba. Olía su aroma, mezcla de jabón de lavanda y algo más profundo, el olor de su excitación empezando a filtrarse.

Acto primero: la chispa. Normita se acurrucó contra mí, su cabeza en mi hombro. "En Pasión de Gavilanes capítulo 44, justo pasa lo que a nosotros nos falta esta noche", dijo juguetona, su aliento caliente en mi cuello. Le pasé el brazo por la cintura, sintiendo la suavidad de su piel bajo la tela fina. Mi mano bajó despacio, rozando su nalga redonda. Ella suspiró, un sonido suave como el viento entre las hojas de los nopalitos del patio.

La tensión crecía como tormenta en el horizonte. Yo quería devorarla ahí mismo, pero jugué el juego lento. Le besé la sien, luego la oreja, saboreando el salado de su sudor. "Estás rica, mi reina", le susurré al oído, mi voz grave como un ronroneo. Ella giró la cara, sus labios rozando los míos en un beso tentative, apenas un toque que prometía más. La novela seguía, pero ya nadie la veía. Sus manos exploraban mi pecho, desabotonando mi camisa con dedos temblorosos de deseo.

Nos levantamos sin decir palabra, como si la gravedad nos jalara al cuarto. El pasillo olía a madera vieja y a las velas que ella prendía a veces. Cerré la puerta con el pie, y ahí, bajo la luz tenue de la lámpara, la vi: ojos brillantes, labios entreabiertos, el camisón cayendo de un hombro. La abracé fuerte, piel contra piel, sintiendo sus tetas aplastadas contra mí, duras y calientes.

Acto segundo: la escalada. La tiré en la cama con gentileza, pero con hambre. Ella rio, ese sonido travieso que me deshace. "¡Ay, pendejo, qué bruto!", pero sus piernas se abrieron invitándome. Me quité la camisa, los jeans, quedando en boxers que no ocultaban mi erección tiesa como poste. Me tendí sobre ella, besándola profundo, lenguas danzando con sabor a menta de su chicle y a mi propia urgencia.

Mis manos recorrieron su cuerpo: la curva de su cintura, el monte de su pubis húmedo. La toqué ahí, sobre la tela delgada, sintiendo el calor empapado. "Estás chingón mojada, Normita", gemí contra su boca. Ella arqueó la espalda, gimiendo bajito, el sonido vibrando en mi pecho.

¡Dios, cómo me prende este hombre, neta que es mi vicio!
, pensé que decía en su mente, porque sus ojos lo gritaban.

Le quité el camisón de un tirón, exponiendo su desnudez gloriosa. Sus pezones rosados, erectos, pidiendo mi boca. Los chupé con avidez, lamiendo, mordisqueando suave, oyendo sus jadeos que llenaban la habitación como música ranchera prohibida. Bajé más, besando su vientre suave, oliendo su esencia almizclada, esa fragancia que me volvía animal. Separé sus muslos, besando el interior sensible, sintiendo temblores en sus piernas.

Mi lengua encontró su clítoris, hinchado y ansioso. Lo lamí lento, círculos, succiones, probando su néctar salado y dulce. "¡Juancho, no pares, cabrón!", suplicó, enredando dedos en mi pelo, jalándome más cerca. Su cuerpo se retorcía, caderas moviéndose al ritmo de mi boca. El sabor era adictivo, mezclado con el sudor de la noche. Introduje un dedo, luego dos, curvándolos para tocar ese punto que la hace gritar. Ella se corrió primero, un estallido de jugos en mi boca, su voz rompiendo el silencio: "¡Sí, mi amor, qué rico!"

Pero no paré. La volteé boca abajo, admirando su culo perfecto, redondo como durazno maduro. Le di nalgadas suaves, oyendo el clap-clap que resonaba, su piel enrojeciéndose levemente. "Me encanta cuando me pones así de perra", murmuró ella, empujando hacia atrás. Me puse de rodillas, mi verga palpitante rozando su entrada húmeda. Entré despacio, centímetro a centímetro, sintiendo su calor envolviéndome como guante de terciopelo caliente.

Empecé a bombear, lento al principio, sintiendo cada roce, cada contracción de sus paredes. El sonido de carne contra carne, chapoteante por sus jugos, era hipnótico. Sudábamos juntos, el olor a sexo llenando el aire, mezclado con el de las sábanas frescas. Agarré sus caderas, acelerando, profundo, tocando su alma con cada embestida. Ella gemía mi nombre, "¡Juancho, más duro!", y yo obedecí, perdido en el ritmo primitivo.

Cambié posiciones: ella encima, cabalgándome como amazona en potro salvaje. Sus tetas rebotaban, yo las amasaba, pellizcando pezones. Sus ojos clavados en los míos, conexión total.

Neta, este wey me hace volar al cielo cada vez
, pensé viéndola. Bajó la mano, frotándose el clítoris mientras me montaba, acelerando hacia el pico.

Acto tercero: la liberación. Sentí el orgasmo subir como lava, mis bolas apretándose. "Me vengo, mi reina", gruñí, y ella asintió, apretándome más. Eyaculé dentro, chorros calientes llenándola, mientras ella explotaba de nuevo, gritando, cuerpo convulsionando. Colapsamos juntos, jadeantes, piel pegajosa de sudor y fluidos.

En el afterglow, la abracé, besando su frente húmeda. El cuarto olía a nosotros, a pasión consumada. La tele aún sonaba lejitos, el final de Pasión de Gavilanes capítulo 44 perdido en el fondo. "Eso fue mejor que la novela", susurró ella, riendo suave. Yo asentí, sintiendo paz profunda, mi verga aún dentro latiendo suave.

Nos quedamos así, enredados, escuchando el grillo del rancho y nuestros corazones calmándose. Mañana sería otro día de trabajo, pero esta noche, éramos reyes de nuestra propia pasión. Ella se durmió en mi pecho, su respiración rítmica como ola tranquila. Yo sonreí en la oscuridad, sabiendo que nuestro fuego nunca se apaga.

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