Abismo de Pasión Capítulo 22
La noche en Polanco se sentía cargada de promesas, con el bullicio de la ciudad filtrándose por las ventanas entreabiertas de mi departamento. Yo, Ana, acababa de salir de una ducha caliente que me dejó la piel suave y perfumada con jazmín, mi aroma favorito. Me miré en el espejo empañado, trazando con los dedos la curva de mis caderas, imaginando las manos de Diego recorriéndolas de nuevo. Habían pasado semanas desde nuestra última noche juntos, con el pinche trabajo absorbiéndonos como un remolino. Pero esta vez, lo invité con un mensaje directo: "Ven, carnal, necesito caer en tu abismo". Él respondió con un emoji de fuego y la promesa de llegar a las diez.
El reloj marcaba las nueve y cincuenta cuando escuché el timbre. Mi corazón dio un brinco, como si ya supiera que esta sería la entrega que nos hundiría más profundo. Abrí la puerta y ahí estaba él, alto, moreno, con esa sonrisa pícara que me deshace. Vestía una camisa negra ajustada que marcaba sus pectorales y jeans que abrazaban sus muslos fuertes. Olía a colonia fresca mezclada con el humo leve de la ciudad, un olor que me eriza la piel.
—Mamacita —murmuró, entrando y cerrando la puerta con el pie—. Neta que te extrañé.
Lo abracé fuerte, sintiendo su calor filtrarse a través de la tela. Nuestros labios se encontraron en un beso lento, exploratorio, como si quisiéramos saborear cada segundo antes de la tormenta. Su lengua danzó con la mía, dulce como el tequila que compartimos la última vez, y un gemido escapó de mi garganta. Sus manos bajaron por mi espalda, deteniéndose en mis nalgas, apretándolas con esa posesión juguetona que me vuelve loca.
Esto es el abismo de pasión capítulo 22, pensé, donde el deseo nos arrastra sin piedad, capítulo tras capítulo de puro fuego.
Lo llevé a la sala, donde las luces tenues pintaban sombras sensuales en las paredes blancas. Nos sentamos en el sofá de terciopelo rojo, yo a horcajadas sobre él, sintiendo su dureza crecer bajo mis muslos. Hablamos un rato, de la chinga diaria, de cómo el estrés nos había separado, pero nuestras palabras se entrecortaban con besos más urgentes. Sus dedos se colaron bajo mi bata de seda, rozando mis pezones que ya estaban duros como piedritas.
—Estás mojadita ya, ¿verdad? —susurró en mi oído, su aliento cálido enviando escalofríos por mi espina.
Asentí, mordiéndome el labio, mientras mis caderas se mecían instintivamente contra su verga tiesa. El roce era eléctrico, un preludio de lo que vendría. Le quité la camisa, besando su pecho salado, lamiendo el sudor que empezaba a perlar su piel. Él gruñó, un sonido gutural que vibró en mi vientre, y me levantó en brazos como si no pesara nada, llevándome al cuarto.
La cama king size nos esperaba, con sábanas de algodón egipcio frescas y suaves. Me tendió con gentileza, pero sus ojos ardían con hambre. Se desvistió despacio, dejándome admirar cada centímetro de su cuerpo esculpido: los abdominales marcados, la V que bajaba hacia su miembro erecto, grueso y venoso, palpitando por mí. Me quité la bata, quedando desnuda, vulnerable y poderosa a la vez. Él se arrodilló entre mis piernas, besando el interior de mis muslos, inhalando mi aroma almizclado de excitación.
—Qué rica hueles, Ana —dijo, su voz ronca—. Como a miel y pecado.
Su lengua encontró mi clítoris, lamiéndolo con círculos lentos, succionando suave al principio, luego con más fuerza. Gemí alto, arqueando la espalda, mis manos enredadas en su cabello negro. El placer subía en olas, caliente y líquido, haciendo que mis jugos fluyeran abundantes. Introdujo dos dedos, curvándolos para tocar ese punto que me hace ver estrellas, bombeando rítmicamente mientras su boca no descansaba. El sonido húmedo de mi panocha siendo devorada llenaba la habitación, mezclado con mis jadeos y sus gruñidos de placer.
—¡Diego, no pares, pendejo! —supliqué entre risas ahogadas, tirando de él hacia arriba.
Se rio, esa carcajada profunda que amo, y se posicionó sobre mí. Su verga rozó mi entrada, untándose con mis fluidos, y empujó despacio, centímetro a centímetro. Sentí cada vena, cada pulso, estirándome deliciosamente. Cuando estuvo todo adentro, nos quedamos quietos un segundo, mirándonos a los ojos, conectados más allá de la carne.
—Te amo, chula —confesó, empezando a moverse con embestidas lentas y profundas.
El ritmo creció, sus caderas chocando contra las mías con un plaf húmedo y rítmico. Sudábamos juntos, nuestros cuerpos resbaladizos uniéndose en fricción perfecta. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo como una amazona, mis tetas rebotando mientras giraba las caderas, sintiendo su glande golpear mi cervix en ángulos que me volvían loca. Él me sujetaba las nalgas, guiándome, sus dedos rozando mi ano en un tease juguetón que prometía más.
El aire olía a sexo puro: almizcle, sudor, jazmín y el leve toque de su colonia. Mis uñas se clavaron en su pecho, dejando marcas rojas que lo excitaban más. Volteamos de lado, él detrás, una pierna mía levantada para que entrara más profundo. Su mano libre pellizcaba mis pezones, tirando suave, mientras la otra frotaba mi clítoris en círculos furiosos. El orgasmo me golpeó como un tsunami, mi concha contrayéndose alrededor de su verga en espasmos interminables, gritando su nombre mientras lágrimas de placer rodaban por mis mejillas.
—¡Sí, Ana, apriétame así! —rugió, acelerando hasta que su cuerpo se tensó, llenándome con chorros calientes de su leche, su semen mezclándose con mis jugos en una unión pegajosa y perfecta.
Colapsamos exhaustos, jadeando, envueltos en el olor embriagador de nuestros cuerpos saciados. Él me besó la nuca, su brazo alrededor de mi cintura, mientras el pulso de mi corazón se calmaba contra su pecho. La ciudad zumbaba afuera, pero aquí dentro, en este capullo de sábanas revueltas, solo existíamos nosotros.
En el abismo de pasión capítulo 22, no hay vuelta atrás, solo la dulce rendición al amor que nos consume.
Nos quedamos así un rato, hablando susurros sobre planes futuros: un fin en la playa de Cancún, tacos al pastor en la Condesa, noches como esta sin fin. Su mano acariciaba mi vientre, trazando círculos perezosos, y sentí una paz profunda, como si hubiéramos cruzado un umbral. Diego era mi vicio, mi hogar, el hombre que me hacía sentir viva en cada fibra. Mientras el sueño nos vencía, supe que este capítulo solo era el comienzo de más abismos por explorar, más pasiones por incendiar.