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Año de la Novela Cañaveral de Pasiones

6673 palabras

Año de la Novela Cañaveral de Pasiones

En el año de la novela Cañaveral de Pasiones todo el mundo en el pueblo andaba loco por esa historia de amores prohibidos y traiciones ardientes entre los cañaverales. Yo, Ana, acababa de volver de la ciudad pa' ayudar en la hacienda familiar en Veracruz. El aire olía a tierra húmeda y caña dulce, ese perfume que te envuelve como un abrazo pegajoso. Las hojas altas rozaban unas con otras haciendo un shhhh constante, como susurros de amantes escondidos. Mi piel se erizaba con el calor bochornoso, y el sudor ya me perlaba el escote del vestido ligero que traía puesto.

Ahí estaba él, Javier, el capataz de mi tío. Lo conocía desde morros, pero ahora era un hombre hecho y derecho, con brazos fuertes de tanto cortar caña y una sonrisa que te derretía las rodillas.

¿Por qué carajos mi corazón late así nomás de verlo? Neta, Ana, contrólate, no seas pendeja
, me dije mientras bajaba del camión. Él se acercó con su sombrero de palma ladeado, oliendo a sol y esfuerzo masculino.

—¡Órale, Ana! ¿Ya regresaste pa' hacernos compañía? —dijo con esa voz grave que vibraba en mi pecho.

—Sí, Javier, vine a echar la mano. Este cañaveral está que arde, ¿no? —le contesté, mordiéndome el labio sin querer.

Sus ojos cafés se clavaron en los míos, y sentí un cosquilleo bajarme por la espalda. Hablamos de la novela que todos veían en la tele, esa Cañaveral de Pasiones que tenía a mi tía suspirando cada noche. "Es como aquí, pura pasión entre las varas altas", bromeó él, y su mano rozó la mía al pasarme una botella de agua fresca. El contacto fue eléctrico, piel contra piel caliente y áspera. Ese fue el principio, el deseo que se encendía como fuego en hojarasca seca.

Los días siguientes fueron una tortura deliciosa. Trabajábamos codo a codo, yo ayudando a supervisar la zafra. El sol nos quemaba la piel, haciendo que el sudor nos pegara la ropa al cuerpo. Javier me contaba chistes pa' hacerme reír, y cada vez que se agachaba a amarrar un bulto, admiraba sus músculos tensos bajo la camisa remangada.

Quiero tocarlo, neta, sentir esas manos en mi cintura
. Una tarde, mientras caminábamos por el borde del cañaveral, el viento traía el aroma dulzón de la caña madura, mezclado con su olor a hombre sudado. Se paró de repente y me miró fijo.

—Ana, no aguanto más. Desde que llegaste, te veo y me pones como loco. ¿Tú sientes lo mismo?

Mi pulso se aceleró, el corazón me retumbaba en los oídos como tambores. Asentí, la garganta seca. —Sí, Javier, me traes de cabeza. Pero aquí, entre la gente...

—Ven conmigo —susurró, tomándome de la mano. Nos metimos al corazón del cañaveral, donde las varas nos ocultaban como un velo verde. El suelo crujía bajo nuestros pies, húmedo y blando. Sus labios encontraron los míos en un beso hambriento, saboreando a sal y deseo. Su lengua exploró mi boca con urgencia, y gemí bajito contra él. Sus manos grandes me apretaron las caderas, atrayéndome a su dureza que presionaba contra mi vientre.

El calor era asfixiante, pero delicioso. Me quitó el vestido con cuidado, dejando mi piel expuesta al aire cálido. Sus dedos trazaron mi espalda, enviando chispas por cada nervio. Qué rico se siente su toque, áspero y tierno a la vez. Yo le arranqué la camisa, oliendo su piel tostada, ese aroma terroso que me mareaba. Lo besé en el cuello, lamiendo el sudor salado que corría por su clavícula. Sus pechos duros se presionaban contra mis senos, pezones endurecidos rozándose.

—Estás preciosa, Ana, como una diosa del cañaveral —murmuró, bajando la boca a mi pecho. Chupó un pezón con devoción, succionando hasta que arqueé la espalda, un jadeo escapando de mis labios. El sonido de las cañas moviéndose era nuestra banda sonora, un susurro conspirador. Mis manos bajaron a su pantalón, sintiendo su verga tiesa y palpitante bajo la tela. La liberé con ansia, acariciándola despacio, sintiendo las venas gruesas bajo mi palma. Él gruñó, un sonido animal que me humedeció más.

Me tendió sobre una cama de hojas secas y caña cortada, suave como un colchón natural. Sus dedos se colaron entre mis muslos, encontrando mi centro empapado.

¡Dios, qué bien me toca, justo ahí, con esa presión perfecta!
Introdujo dos dedos, moviéndolos en círculos lentos, mientras su pulgar jugaba con mi clítoris hinchado. Gemí fuerte, el placer subiendo como una ola. —¡Más, Javier, no pares, cabrón!

Él se rio bajito, esa risa ronca que me volvía loca. —Tranquila, mi reina, te voy a dar todo. —Se posicionó entre mis piernas, su punta rozando mi entrada. Lo miré a los ojos, llena de confianza y lujuria compartida. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Sentí cada pulgada llenándome, su calor fusionándose con el mío. Empezó a moverse, primero suave, luego más fuerte, nuestros cuerpos chocando con palmadas húmedas. El olor a sexo y caña nos rodeaba, embriagador.

Yo clavaba las uñas en su espalda, marcándolo como mío. Él me besaba el cuello, mordisqueando suave, mientras sus caderas embestían con ritmo perfecto. El sudor nos une, resbaloso y caliente. Mis paredes lo apretaban, acercándome al borde. —¡Ya vengo, Javier! —grité, y el orgasmo me explotó como fuegos artificiales, ondas de placer sacudiéndome entera. Él siguió empujando, gruñendo mi nombre, hasta que se tensó y se derramó dentro de mí con un rugido gutural, caliente y abundante.

Nos quedamos así, jadeando, cuerpos entrelazados en el nido verde. El sol se filtraba en rayos dorados entre las cañas, pintando nuestra piel perlada de sudor. Javier me acarició el cabello, besándome la frente. —Eres lo mejor que me ha pasado en este año de pasiones, Ana.

Yo sonreí, el corazón lleno.

Neta, esto es mejor que cualquier novela. Aquí, en el cañaveral, encontramos nuestra propia historia
. Nos vestimos despacio, riendo como chiquillos, prometiéndonos más noches así. Salimos del laberinto verde con las piernas flojas, pero el alma ligera. El pueblo seguía murmurando de la novela, pero nosotros sabíamos que la verdadera pasión ardía en lo real, en toques robados y suspiros compartidos.

Días después, sentados en el porche con refresco de caña, hablamos del futuro. Sus manos en las mías, planeando una vida juntos. El eco de esa novela nos había unido, pero nuestro fuego era nuestro, eterno como los cañaverales que nos vieron nacer.

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