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Pasión de Gavilanes Bebé

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Pasión de Gavilanes Bebé

La noche en la hacienda de Los Altos jalicienses olía a tierra mojada por la lluvia reciente y a jazmines que trepaban por las paredes de adobe. Yo, Jimena, acababa de llegar de la ciudad, con el corazón latiéndome como tambor de mariachi. Ahí estaba él, Diego, mi gavilán, esperándome en el porche con esa sonrisa pícara que me derretía las rodillas. Alto, moreno, con ojos que ardían como brasas y un cuerpo forjado en el trabajo del rancho, pero sin esa rudeza de pendejo cualquiera. No, Diego era un hombre de verdad, de esos que te miran y ya sientes el calor subiendo por las piernas.

Mi pasión de gavilanes bebé —me dijo al oído mientras me abrazaba fuerte, su aliento caliente con olor a tequila reposado—. ¿Cuánto extrañé este culito tuyo?

Su voz ronca me erizó la piel. Lo abracé de vuelta, sintiendo sus músculos duros contra mis tetas, que se apretaban ansiosas bajo el vestido ligero. El aire estaba cargado de promesas, de esa tensión que siempre flotaba entre nosotros desde la primera vez que nos vimos en la fiesta de los primos. Él, el capataz estrella de la hacienda; yo, la hija del patrón que volvía de Guadalajara con ganas de portarse mal. Neta, desde ese día supe que Diego sería mi vicio.

Nos sentamos en la sala principal, con la luz tenue de las velas parpadeando sobre la mesa de madera labrada. Me sirvió un caballito de tequila, sus dedos rozando los míos adrede.

¿Por qué carajos me pones tan caliente con solo una mirada, wey?
pensé mientras bebía, el líquido quemándome la garganta y bajando directo al ombligo. Hablamos de tonterías, de los caballos nuevos y las fiestas venideras, pero sus ojos no dejaban de recorrerme el escote, y yo cruzaba las piernas para disimular lo mojada que ya estaba.

La música de un mariachi lejano empezó a sonar, rancheras que hablaban de amores imposibles. Diego se levantó y me tendió la mano.

—Baila conmigo, bebé.

No pude negarme. Sus manos en mi cintura eran fuego puro, guiándome en un zapateado improvisado que pronto se volvió más lento, más pegado. Sentía su verga endureciéndose contra mi panza, dura como palo de escoba, y yo me restregaba sutil, oliendo su sudor fresco mezclado con el jabón de lavanda que usaba. Qué rico huele este cabrón, pensé, lamiéndome los labios sin querer.

La tensión crecía como tormenta. Cada roce era una chispa: sus dedos bajando por mi espalda, mi aliento en su cuello salado. Lo miré a los ojos, verdes como el agave maduro, y vi el hambre ahí, la misma que me consumía.

—No aguanto más, Diego —susurré, mi voz temblando.

Me cargó en brazos como si no pesara nada, subiendo las escaleras hacia mi habitación. El corazón me martillaba, el pulso acelerado en las sienes, mientras su boca devoraba la mía en el pasillo. Sabía a tequila y a deseo crudo, su lengua invadiendo, chupando, haciendo que gemidos se me escaparan sin control.

En la recámara, con la cama king size cubierta de sábanas de algodón egipcio y el balcón abierto dejando entrar la brisa nocturna, me tiró sobre el colchón con gentileza feroz. Se quitó la camisa, revelando ese pecho velludo y definido que tanto me gustaba lamer. Yo me desvestí despacio, provocándolo, dejando que viera mis curvas bronceadas, las tetas firmes con pezones duros como piedras.

—Eres mi pasión de gavilanes bebé, la más chingona —gruñó, arrodillándose entre mis piernas.

Sus manos ásperas, callosas del trabajo, subieron por mis muslos, abriéndolos con cuidado. Sentí el aire fresco rozando mi concha ya empapada, el olor almizclado de mi propia excitación llenando la habitación.

¡Virgen de Guadalupe, cómo me toca este wey!
Su boca se acercó, besando el interior de mis piernas, mordisqueando suave hasta llegar al centro. Lamidas lentas, su lengua plana lamiendo mi clítoris hinchado, chupando como si fuera el mejor dulce del mundo. Gemí fuerte, arqueándome, mis uñas clavándose en su pelo negro revuelto. El sonido de mis jugos siendo sorbidos, sus gruñidos roncos, todo era sinfonía de placer.

Pero no quería correrme todavía. Lo jalé hacia arriba, besándolo para probarme en sus labios. Le bajé el pantalón, liberando esa verga gruesa, venosa, con la cabeza roja y brillante de precum. La tomé en la mano, sintiendo su calor palpitante, el grosor que apenas cabía en mi palma. Qué pinche verga más rica, pensé, masturbándolo despacio mientras él jadeaba contra mi cuello.

—Cógeme ya, gavilán —le rogué, guiándolo a mi entrada.

Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Sentí cada vena rozando mis paredes, llenándome hasta el fondo. Nos quedamos quietos un segundo, conectados, mirándonos con esa intensidad que solo los amantes de verdad tienen. Luego empezó a moverse, embestidas profundas y rítmicas, el sonido de piel contra piel retumbando como truenos. Sudábamos, nuestros cuerpos resbalosos uniéndose en frenesí. Él chupaba mis tetas, mordiendo los pezones, mientras yo rayaba su espalda, gritando su nombre.

La tensión subía, mis músculos internos apretándolo más, su verga hinchándose dentro.

No pares, cabrón, dame todo
, suplicaba en mi mente. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo como amazona en rodeo, sintiendo el control, mis caderas girando, su polla tocando ese punto que me volvía loca. El olor a sexo impregnaba todo, sudor salado, feromonas puras. Sus manos amasaban mi culo, azotando suave para oír mis chillidos de placer.

Él se incorporó, sentándome en su regazo, cara a cara. Nos besamos con furia, lenguas enredadas, mientras follábamos más duro. Sentía el orgasmo acercándose, un nudo en el vientre desenredándose. —¡Me vengo, bebé! —rugió primero, su verga explotando dentro, chorros calientes inundándome.

Eso me empujó al borde. Grité, convulsionando, olas de placer sacudiéndome entera, mis jugos mezclándose con su leche. Nos quedamos temblando, abrazados, el mundo desvaneciéndose en ese afterglow perfecto.

Después, recostados en las sábanas revueltas, con la luna colándose por la ventana, él me acariciaba el pelo, besándome la frente.

—Eres mi todo, pasión de gavilanes bebé —murmuró.

Yo sonreí, el cuerpo lánguido y satisfecho, oliendo a nosotros.

Este wey me tiene loca, neta que sí
. La noche prometía más rondas, pero por ahora, en sus brazos, todo era paz ardiente. Mañana el rancho nos esperaría, pero esta pasión, salvaje como gavilanes en vuelo, era solo nuestra.

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