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Antónimo de Pasión

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Antónimo de Pasión

La noche en Polanco estaba viva, con el aire cargado de tequila reposado y el ritmo de un DJ que mezclaba cumbia rebajada con reggaetón. Las luces neón parpadeaban sobre la terraza de esa penthouse chida, donde la crema y nata de la ciudad se codeaba con risas falsas y copas que tintineaban como promesas rotas. Tú, con ese vestido negro ceñido que te hacía sentir como una diosa urbana, te movías entre la gente, sintiendo el calor de los cuerpos rozándote, el sudor ajeno mezclándose con tu perfume de vainilla y jazmín.

Lo viste de lejos. Alto, moreno, con una camisa blanca arremangada que dejaba ver antebrazos fuertes, tatuados con líneas tribales mexicanas. Estaba recargado en la barandilla, mirando la ciudad como si le valiera verga todo. Ni una sonrisa, ni un saludo. Sus ojos oscuros eran fríos, distantes, como si la fiesta fuera solo ruido de fondo. El antónimo de la pasión, pensaste, y esa idea te picó la curiosidad. ¿Qué carajos le pasaba a un wey tan guapo para estar tan tieso?

Te acercaste con una cerveza en la mano, el hielo chocando contra el vidrio fresco. —Órale, carnal, ¿no te late la peda? —le dijiste, con esa voz juguetona que siempre te sacaba de apuros. Él giró la cabeza despacio, te escaneó de arriba abajo sin prisa, y soltó un bufido. —No es mi rollo. Solo vine porque mi jefa me obligó. Su voz era grave, ronca, como grava bajo las llantas de un lowrider. Olía a tabaco puro y a esa colonia cara que te hacía agua la boca.

Te quedaste ahí, sin moverte, sintiendo cómo el pulso se te aceleraba un poquito.

¿Por qué me jode tanto este pendejo frío? Debería mandarlo a la chingada, pero neta, quiero derretirlo.
Le ofreciste tu cerveza. —Toma, para que te descongeles el alma, frío. Él la tomó, sus dedos rozando los tuyos, ásperos por el trabajo manual que imaginabas —quizá mecánico o algo en construcción, pero con ese porte no parecía un cualquiera—. Bebió un trago largo, y por fin, una chispa en sus ojos. —Soy Alex. ¿Y tú, qué buscas aquí, provocadora?

La conversación fluyó como el mezcal, ardiente y traicionera. Le contaste de tu curro en una agencia de diseño, de cómo odiabas las noches solitarias en tu depa de la Roma. Él era ingeniero en una constructora, viudo hace dos años, y desde entonces, nada. —La pasión se me apagó, wey. Soy su antónimo ahora. Sus palabras te calaron hondo, porque tú sabías de eso: exnovios que te dejaban con el corazón hecho mierda. Pero en lugar de compasión, sentiste un cosquilleo entre las piernas, el deseo de encenderlo, de probar si ese hielo se quebraba con fuego.

El DJ subió el volumen, y la gente empezó a bailar. Lo jalaste de la mano. —Ven, muévete conmigo. No seas menso. Él resistió un segundo, pero cedió. Sus caderas contra las tuyas, el calor de su cuerpo filtrándose a través de la tela. Sentías su aliento en tu cuello, caliente, contrastando con esa fachada fría. El sudor perlaba su frente, y tú pasaste los dedos por su cabello corto, oliendo a shampoo de eucalipto.

Neta, este wey me va a volver loca. Su frialdad es como un reto, y yo adoro ganar.

La tensión crecía con cada roce. Sus manos en tu cintura, firmes pero contenidas, como si luchara por no apretar más. Te giraste, presionando tu culo contra su entrepierna, y ahí lo sentiste: duro, palpitante, traicionando su pose de estatua. —Mentiros@ —susurraste en su oído, mordisqueando el lóbulo—. Eres puro fuego disfrazado de hielo. Él gruñó bajito, un sonido animal que te erizó la piel. —Cállate y baila, mamacita. O te llevo a un lado y te demuestro lo contrario.

Acto seguido, te arrastró a un rincón oscuro de la terraza, detrás de unas plantas altas. El ruido de la fiesta se amortiguaba, pero el latido de tu corazón retumbaba como tambores aztecas. Sus labios chocaron contra los tuyos, urgentes, saboreando a cerveza y a deseo reprimido. Lenguas enredadas, dientes rozando, el gusto salado de su piel cuando lamiste su cuello. Sus manos bajaron por tu espalda, amasando tus nalgas con fuerza, y tú gemiste contra su boca, sintiendo cómo tu calzón se humedecía.

—Aquí no, pendej@ —jadeaste, pero tus manos ya desabotonaban su camisa, revelando un pecho moreno, musculoso, con vello que invitaba a morder. Él te levantó contra la pared, tus piernas envolviéndolo, el vestido subiéndose solo. El aire fresco de la noche besaba tus muslos expuestos, contrastando con el calor de su erección presionando tu centro.

Esto es lo que necesitaba: romper su armadura, sentirlo vivo, mío.
Te bajó el vestido del hombro, chupando tu pezón endurecido, enviando descargas eléctricas directo a tu clítoris. Olías su excitación, ese almizcle macho mezclado con el jazmín de tu piel.

La escalada fue brutal. Sus dedos se colaron bajo tu falda, encontrando tu humedad, deslizándose adentro con maestría. —Estás chorreando por mí, ¿verdad? Toda esta pasión que dices que me falta. Arqueaste la espalda, clavando uñas en sus hombros, el sonido de tus jadeos ahogado por la música. Él aceleró, el pulgar en círculos sobre tu botón, mientras su boca devoraba la tuya. El orgasmo te golpeó como un rayo, olas de placer sacudiéndote, piernas temblando, visión borrosa con luces neón.

Pero no paró. Te bajó con cuidado, volteándote contra la pared. Bajó tus bragas de un tirón, y sentiste su verga gruesa, caliente, rozando tu entrada. —Dime que sí, nena. Dime que quieres que te rompa. —Sí, cabrón, hazlo ya. Empujó despacio al principio, llenándote centímetro a centímetro, el estiramiento delicioso, ardiente. Luego, embestidas profundas, piel contra piel chapoteando, sus bolas golpeando tu clítoris. Sudor goteando, mezclado, el olor a sexo crudo impregnando el aire. Sus manos en tus tetas, pellizcando, mientras gruñía en tu oído: —Eres mi antónimo de pasión, me prendes como nadie.

El clímax llegó en tándem. Tú primero, gritando bajito su nombre, paredes contrayéndose alrededor de él. Él se corrió segundos después, caliente dentro de ti, un rugido gutural vibrando en su pecho. Colapsaron juntos, respiraciones entrecortadas, cuerpos pegajosos. Te giró, besándote suave ahora, labios hinchados, ojos ya no fríos sino llenos de vida.

Se quedaron así un rato, el viento secando el sudor, la ciudad brillando abajo como testigo. —Gracias —murmuró—. Pensé que era el antónimo de la pasión para siempre. Tú sonreíste, trazando su mandíbula con el dedo.

Lo logré. Lo desperté. Y qué chido se siente.
Bajaron de nuevo a la fiesta, manos entrelazadas, el mundo un poco más caliente, un poco más vivo. La noche no había terminado, pero ya sabías que esto era solo el principio de algo ardiente.

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