Julieta Fierro Pasión por los Astros y la Ciudad
La noche en la Ciudad de México se extendía como un manto de luces parpadeantes, un caos ordenado que siempre me había fascinado. Yo, Julieta Fierro, astrónoma de corazón chilango, subía las escaleras del observatorio en el Cerro de la Estrella con el pulso acelerado. El aire fresco de la altura me rozaba la piel, trayendo consigo el olor a tierra húmeda y el distante rumor de cláxones del Valle de México. Qué chido es esto, pensé, mientras ajustaba mi chamarra ligera contra el viento nocturno. Mi pasión por los astros y la ciudad era legendaria entre mis colegas; hasta tenía un blog con ese nombre exacto, donde mezclaba charlas sobre galaxias con anécdotas de la vida en el DF.
La charla de esa noche estaba a reventar. Gente de todas partes, curiosos y fanáticos de las estrellas, llenaban el auditorio. Entre ellos, lo vi: un tipo alto, moreno, con ojos que brillaban como constelaciones lejanas. Se llamaba Alex, me enteré después, un arquitecto que diseñaba edificios que se fundían con el skyline de la ciudad. Cuando terminé mi plática sobre la Vía Láctea y cómo las luces urbanas nos robaban el cielo, él se acercó con una sonrisa pícara.
"Julieta, neta que tu pasión por los astros y la ciudad me voló la cabeza. ¿Me dejas invitarte un café después?" Su voz era grave, con ese acento norteño que me erizaba la piel. Olía a colonia fresca mezclada con el humo de la ciudad. Acepté, sintiendo un cosquilleo en el estómago, como si las estrellas se alinearan justo para mí.
Bajamos juntos al centro, en mi vochito viejo que traqueteaba por Insurgentes. La ciudad nos envolvía: el neon de los taqueros chisporroteando, el siseo de las fritangas, el pulso de la metrópoli que nunca duerme. Nos sentamos en un café en la Condesa, con mesas al aire libre donde el viento jugaba con mi cabello. Hablamos horas. Él me contó de sus proyectos, rascacielos que desafiaban el cielo contaminado. Yo le hablé de mi Julieta Fierro pasión por los astros y la ciudad, cómo amaba ver las estrellas desde azoteas improvisadas en la Roma o el Polanco.
"Neta, Julieta, eres como una supernova en este mar de luces. Me dan ganas de escalar contigo hasta el techo del mundo."Sus palabras me calentaron por dentro. Nuestras rodillas se rozaron bajo la mesa, un toque eléctrico que mandó chispas por mis muslos. El café se enfrió, pero mi cuerpo ardía. Cuando nos despedimos en la entrada de mi depa en la Narvarte, su mano en mi cintura fue la chispa final.
No lo pensé dos veces. Lo invité a subir. El elevador viejo crujía mientras subíamos, nuestros cuerpos pegados, respiraciones entrecortadas. Sentí su calor a través de la camisa, el latido de su corazón contra mi pecho. Al entrar al depa, las luces de la ciudad entraban por la ventana enorme, pintando todo de rojo y azul. Olía a mi perfume de jazmín y al leve aroma de libros de astronomía apilados en el piso.
Nos besamos con hambre. Sus labios eran firmes, con sabor a café y algo salvaje. Mis manos exploraron su espalda musculosa, sintiendo los tendones tensos bajo la tela. Órale, qué prieto está este wey, pensé, mientras él me quitaba la chamarra y bajaba los tirantes de mi blusa. Sus dedos trazaron mi clavícula, bajando hasta mis pechos, que se endurecieron al instante. Gemí bajito, el sonido perdido en el bullicio lejano de la avenida.
Lo empujé hacia el sofá, pero él me levantó en brazos como si no pesara nada. Me llevó a la recámara, donde la cama king size esperaba bajo el tragaluz. Afuera, las estrellas luchaban por asomarse entre la contaminación lumínica, pero dentro, solo existíamos nosotros. Se quitó la camisa, revelando un torso esculpido por horas en el gym, con vello oscuro que bajaba hasta su abdomen marcado. Lo toqué, sintiendo la piel caliente, el pulso acelerado bajo mis palmas.
"Te quiero, Julieta. Déjame mostrarte mi propia constelación." Su voz ronca me derritió. Le desabroché el cinto, bajando el pantalón con urgencia. Su verga saltó libre, dura y gruesa, latiendo contra mi mano. La acaricié despacio, sintiendo la vena prominente, el calor que emanaba. Él jadeó, un sonido gutural que me humedeció al instante.
Me recostó en la cama, besando mi cuello, lamiendo la sal de mi piel sudada. Bajó por mi vientre, quitándome la falda y las calzas con dientes juguetones. El aire fresco rozó mi concha expuesta, ya mojada y palpitante.
Esto es mejor que cualquier eclipse, pensé, mientras su lengua encontraba mi clítoris. Lamidas lentas, círculos precisos, chupando con maestría. Mis caderas se arquearon, gimiendo su nombre, el placer subiendo como una ola desde el fondo de mi ser. Olía a sexo, a mi excitación almizclada mezclada con su sudor masculino.
No aguanté más. Lo jalé hacia arriba, guiando su verga a mi entrada. Entró despacio, centímetro a centímetro, llenándome por completo. ¡Qué rico, cabrón! El estiramiento era perfecto, sus embestidas profundas y rítmicas. Nuestros cuerpos chocaban con palmadas húmedas, piel contra piel resbalosa. Él me miró a los ojos, pidiendo permiso con cada movimiento. Asentí, clavando uñas en su espalda, arañando de placer.
Cambié de posición, montándolo como una amazona bajo las estrellas invisibles. Mis chichis rebotaban con cada salto, sus manos amasándolos, pellizcando pezones duros. El sudor nos unía, goteando entre nosotros. Sentía su verga golpeando mi punto G, oleadas de éxtasis construyéndose. La ciudad rugía afuera, sirenas y risas lejanas, pero aquí solo existía nuestro ritmo frenético.
"¡Ven conmigo, Alex!" grité, cuando el orgasmo me alcanzó como un meteorito. Mi concha se contrajo alrededor de él, ordeñándolo, mientras ondas de placer me sacudían entera. Él rugió, embistiendo una vez más antes de explotar dentro de mí, chorros calientes llenándome, su cuerpo temblando contra el mío.
Caímos exhaustos, enredados en sábanas revueltas. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón galopante calmarse. El olor a sexo impregnaba el aire, mezclado con el jazmín de mi piel. Afuera, la ciudad seguía su danza eterna, luces titilando como estrellas caídas.
Mi pasión por los astros y la ciudad acababa de ganar un nuevo capítulo, pensé, acariciando su cabello húmedo. Alex levantó la vista, sonriendo con picardía.
"¿Listo para otra ronda, arquitecto estelar?" pregunté, y su beso fue respuesta suficiente. La noche apenas empezaba, y con él, mi universo se expandía infinito.