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Pasión de Guerra

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Pasión de Guerra

El sol del desierto mexicano caía como plomo derretido sobre las colinas de Chihuahua, tiñendo el aire de un calor que se pegaba a la piel como miel caliente. Yo, Javier, capitán de los rebeldes, cabalgaba al frente de mi tropa, con el polvo del camino metido en cada poro, el sudor chorreando por mi espalda bajo la camisa raída. Habíamos librado una escaramuza contra los federales esa mañana, y aunque salimos victoriosos, el cuerpo me dolía como si me hubieran dado con un martillo en cada músculo. Neta, pensaba, esta guerra no acaba nunca, pero en el fondo sabía que la pasión de guerra no solo era balas y gritos, sino ese fuego que te quema por dentro cuando ves algo que vale la pena pelear.

Avistamos la hacienda de don Anselmo al atardecer, un oasis de adobe blanco y buganvilias rojas que contrastaba con el árido paisaje. La dueña, Rosa, viuda joven desde que su marido cayó en una refriega hace un año, nos abrió las puertas con una sonrisa que iluminaba más que el sol poniente. Sus ojos negros, profundos como pozos de petróleo, me clavaron en el sitio. Llevaba un rebozo rojo sobre los hombros, ceñido a unos pechos firmes que se adivinaban bajo la blusa de algodón, y su falda larga ondeaba con el viento, marcando caderas que invitaban a pecar.

¿Quién es este moreno de mirada salvaje?,
me imaginé pensando ella, mientras me ayudaba a bajar del caballo, su mano tibia rozando mi brazo herido.

—Órale, capitán, siéntese aquí —dijo con esa voz ronca, mexicana hasta los huesos, mientras me llevaba a la sala de la hacienda, fresca y perfumada con jazmín—. Tiene una herida fea en el hombro. Déjeme curarlo antes de que se infecte.

Su toque era eléctrico, como un relámpago en seco. Olía a tierra mojada después de la lluvia, mezclado con un aroma dulce de su piel, y sentí mi verga despertar bajo los pantalones, traicionera. La miré mientras destapaba la herida: labios carnosos, entreabiertos, cuello largo y suave. Chingado, Javier, contrólate, me dije, pero el deseo ya bullía como tequila en las venas. Hablamos poco al principio; ella untaba ungüento con dedos delicados, y cada roce era una promesa. Le conté de la lucha, de cómo la pasión de guerra nos unía a los hombres como hermanos, pero en sus ojos vi que entendía otra pasión, la que estalla entre cuerpos hambrientos.

La noche cayó como un manto negro salpicado de estrellas. Mi tropa acampó afuera, pero don Anselmo, generoso, me cedió una habitación en la casa principal. No podía dormir; el calor era asfixiante, y el recuerdo de Rosa me tenía inquieto. Salí al patio, donde la luna bañaba todo en plata. Ahí estaba ella, sentada en un banco de piedra, con una copa de mezcal en la mano, el rebozo suelto dejando ver el escote.

—No duerme, capitán? —preguntó, su risa suave como el roce de seda.

—Esta pasión de guerra no me deja, doña Rosa. Me quema por dentro.

Se acercó, su aliento cálido con sabor a agave. Nuestras miradas se enredaron, y sentí su mano en mi pecho, palpando el latido acelerado.

—Yo también la siento, Javier. Desde que mi hombre se fue, vivo a medias. Pero usted... usted despierta algo feroz en mí.

El primer beso fue como una explosión. Sus labios suaves y calientes se pegaron a los míos, saboreando a mezcal y deseo puro. La abracé por la cintura, sintiendo su cuerpo moldearse al mío, pechos aplastados contra mi torso, caderas presionando mi erección dura como fierro. Gemí en su boca, lengua danzando con la suya, húmeda y jugosa. El aire olía a noche desértica, a tierra seca y flores nocturnas, y su piel sabía a sal y miel cuando le besé el cuello.

La llevé adentro, a mi habitación, cerrando la puerta con un pie. La cama era ancha, de sábanas frescas de lino. La despojé del rebozo, de la blusa, revelando senos perfectos, pezones oscuros endurecidos por el aire fresco. ¡Qué chula! pensé, mientras los lamía, succionando uno con hambre de lobo. Ella arqueó la espalda, gimiendo bajito, sus uñas clavándose en mi nuca.

—Ay, Javier, me tienes loca, carnal. Tómalo todo.

Sus manos bajaron a mi pantalón, desabrochándolo con prisa. Mi verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando. La miró con ojos brillantes, lamiéndose los labios.

Qué pinga tan chingona, capitán. La quiero ya.

Pero no apresuramos nada. La tumbé despacio, besando su vientre plano, bajando a la falda que arranqué de un tirón. Sus piernas se abrieron como alas, revelando un coño depilado, labios hinchados y húmedos brillando a la luz de la vela. Olía a almizcle femenino, excitante, adictivo. Lamí su clítoris despacio, saboreando su jugo salado-dulce, mientras ella se retorcía, jadeando.

Esto es la verdadera guerra, la que se libra piel con piel, corazón con corazón
, pensé, mientras metía la lengua profundo, sintiendo sus muslos temblar contra mis mejillas.

La tensión crecía como tormenta. Rosa me volteó, montándome a horcajadas, frotando su humedad contra mi polla dura. Sus senos rebotaban con cada movimiento, y yo los amasaba, pellizcando pezones que la hacían gritar de placer. ¡Órale, qué rico! gemía ella, voz ronca. Finalmente, se empaló en mí, centímetro a centímetro, su coño apretado envolviéndome como guante caliente y mojado. El sonido era obsceno: chapoteos húmedos, piel contra piel, respiraciones agitadas.

Cabalgó como amazona salvaje, caderas girando, subiendo y bajando con ritmo frenético. Yo embestía desde abajo, sintiendo cada contracción de su interior, olores mezclados de sudor, sexo y jazmín. Sus uñas rasguñaban mi pecho, dejando marcas rojas que ardían delicioso. La pasión de guerra nos consumía; era feroz, primitiva, como la lucha por la libertad pero mil veces más intensa.

—Más duro, pendejo, rómpeme —suplicó, y yo la volteé, poniéndola a cuatro patas. Su culo redondo, perfecto, se ofreció. La penetré de nuevo, profundo, mis bolas golpeando su clítoris. El cuarto se llenó de gemidos, de ¡ay, sí! ¡chinga más!, el aire espeso con aroma de fornicio. Sudábamos como en batalla, cuerpos resbalosos uniéndose en frenesí.

Sentí el clímax acercarse, ese nudo en el estómago expandiéndose. Rosa se corrió primero, gritando mi nombre, su coño apretándome como vicio, jugos chorreando por mis muslos. Yo la seguí, explotando dentro de ella con rugido gutural, semen caliente llenándola en pulsos interminables. Colapsamos juntos, jadeantes, piel pegada a piel, corazones galopando al unísono.

En el afterglow, la abracé mientras la luna entraba por la ventana. Su cabeza en mi pecho, pelo negro desparramado oliendo a sexo y ella. Besé su frente, suave como pétalo.

—Esta pasión de guerra, Rosa... nos salvó esta noche.

—Y volverá, Javier. Cuando quieras, aquí estaré, esperándote con el fuego encendido.

Al amanecer, monté de nuevo, pero su imagen quedó tatuada en mí: esa mujer fuerte, dueña de su deseo, que convirtió la guerra en éxtasis. La lucha continuaba afuera, pero dentro de mí, la verdadera victoria era haberla conocido. Cabalgué con nuevo vigor, sabiendo que la pasión de guerra no solo destruye, sino que crea lazos eternos, ardientes como el sol chihuahuense.

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