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El Triángulo del Amor Intimidad Pasión y Compromiso Desatado

6107 palabras

El Triángulo del Amor Intimidad Pasión y Compromiso Desatado

La noche en nuestra casa de Polanco olía a jazmín del jardín y a las velas de vainilla que Marco había encendido en la sala. Yo, Ana, me sentía como una chava de veintiocho años lista para volar, con el corazón latiendo fuerte bajo mi blusa de encaje negro. Marco, mi carnal de tres años, alto moreno con esa sonrisa pícara que me derretía, me miró desde el sofá mientras servía unos tequilas reposados.

¿Y si hoy sí lo hacemos? pensé, recordando nuestras charlas nocturnas sobre el triángulo del amor intimidad pasión y compromiso. No era solo un jueguito sucio, neta; era algo profundo, como un pacto entre almas que se querían sin límites. Luis, nuestro compa de la uni, el wey güero de ojos verdes que siempre nos hacía reír, llegó puntual. Traía una camisa ajustada que marcaba sus pectorales y un olor a colonia fresca que me erizó la piel.

—Órale, pinches tortolitos, ¿ya listos pa'l desmadre? —bromeó Luis, chocando su vaso con los nuestros. Su voz grave resonó en el aire cálido, y sentí un cosquilleo en el estómago. Marco me guiñó el ojo, su mano grande rozando mi muslo por debajo de la mesa baja de madera. El roce era eléctrico, como si ya supiera que esta noche romperíamos barreras.

Nos sentamos en el piso, sobre cojines mullidos, con música de Natalia Lafourcade de fondo, suave y sensual. Hablamos de todo: de los besos robados en la playa de Cancún, de cómo la vida en la CDMX nos volvía locos de estrés. Pero el aire se cargaba de electricidad. Mis pezones se endurecían contra la tela fina, y notaba cómo Luis me devoraba con la mirada, respetuoso pero hambriento.

¿Y si le digo que sí quiero? ¿Que lo he soñado?
Mi mente giraba mientras Marco me besaba el cuello, su aliento caliente oliendo a tequila y deseo. Luis se acercó, su rodilla tocando la mía. —Ana, eres la neta, wey. Siempre lo he pensado —dijo, y su mano temblorosa tomó la mía.

El beso empezó lento. Marco me atrajo primero, sus labios carnosos devorando los míos con esa pasión que me hacía gemir bajito. Saboreé su lengua, salada y dulce, mientras Luis observaba, su respiración agitada. Luego, el wey se unió, besándome la mejilla, el lóbulo de la oreja. Puta madre, qué rico, pensé, el calor subiendo por mi vientre.

Nos quitamos la ropa como en un ritual. Mi blusa voló, revelando mis senos firmes, oscuros pezones erectos bajo la luz ámbar. Marco gruñó de aprobación, chupando uno mientras Luis lamía el otro. Sus bocas eran fuego: la de Marco áspera y dominante, la de Luis suave y exploradora. Olía a sus pieles sudadas, a macho mezclado con mi aroma almizclado de excitación. Mis manos bajaron a sus pantalones, sintiendo vergas duras palpitando contra la tela.

—Vamos a la recámara —susurró Marco, cargándome como a una princesa. La cama king size nos esperaba, sábanas de algodón egipcio frescas contra mi espalda desnuda. Luis se desvistió, su cuerpo atlético brillando con sudor fino. Su verga gruesa, venosa, se erguía orgullosa, y yo la miré con hambre, lamiéndome los labios.

El medio acto fue una escalada de locos. Marco me abrió las piernas, su lengua hurgando mi concha húmeda, chupando mi clítoris hinchado. ¡Ay, cabrón! Grité internamente, arqueando la espalda. Luis besaba mi boca, sus dedos pellizcando mis tetas, enviando chispas por todo mi cuerpo. El sonido de lenguas lamiendo, de jadeos roncos, llenaba la habitación. Sudor goteaba, mezclándose con mis jugos que Marco bebía como nectar.

Me voltearon. Ahora de rodillas, con Marco detrás, su verga gorda empujando mi entrada. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Sí, así, mi amor, pensé, mientras Luis se ponía enfrente, su pija en mi boca. La chupé con ganas, saboreando el precum salado, mi lengua girando alrededor del glande. Marco embestía rítmico, sus bolas golpeando mi culo, plaf plaf, eco carnal en el cuarto.

Pero no era solo físico. En medio del polvo, nos mirábamos. —Te amo, Ana. A los dos los amo —dijo Marco, su voz quebrada por el esfuerzo. Luis asintió, acariciando mi cabello. —Esto es el triángulo del amor intimidad pasión y compromiso, carnales. No hay celos, solo puro feeling.

La tensión crecía. Cambiamos posiciones: yo encima de Luis, cabalgándolo como una amazona, su verga llenándome hasta el fondo, rozando mi punto G. Marco se unió por atrás, lubricando mi ano con saliva y mis propios jugos. Entró con cuidado, y ¡madre santa!, la plenitud me volvió loca. Dos vergas en mí, frotándose separadas por una delgada pared, pulsando al unísono. Grité, mis uñas clavándose en la espalda de Luis, el olor a sexo intenso invadiendo todo.

Sentía cada vena, cada latido. El roce de pieles resbalosas, el slap de carne contra carne, mis gemidos convirtiéndose en alaridos. Vámonos juntos, supliqué en mi mente. El clímax llegó como un tsunami. Luis se corrió primero, caliente semen inundando mi concha, provocándome contracciones. Marco rugió, llenando mi culo con chorros espesos. Yo exploté, olas de placer sacudiéndome, visión borrosa, cuerpo temblando.

Caímos enredados, jadeantes. El afterglow era puro paraíso: pieles pegajosas, corazones galopando en sincronía. Marco me besó la frente, Luis mi mano. —Esto no es un rato, es para siempre —dijo Marco, su voz ronca de emoción.

Nos duchamos juntos después, agua caliente lavando el sudor, risas mezcladas con besos tiernos. En la cama, envueltos en sábanas, hablamos del futuro. El triángulo del amor intimidad pasión y compromiso no era teoría; lo vivíamos. México nos había dado esto: pasión latina sin frenos, compromiso de veras.

Me dormí entre ellos, su calor envolviéndome, sabiendo que al día siguiente, y todos los que vinieran, repetiríamos. No había arrepentimientos, solo gratitud por este amor multiplicado.

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