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La Definición de Pasional

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La Definición de Pasional

La noche en el rooftop de Polanco estaba cargada de ese calor pegajoso que hace que la piel se sienta viva, como si el aire mismo te estuviera acariciando. Yo, Ana, con mi vestido rojo ceñido que marcaba cada curva de mi cuerpo de treinta y cinco años, me recargaba en la barandilla mirando las luces de la Ciudad de México parpadeando abajo. Hacía meses que no salía así, sola pero abierta a lo que viniera. Neta, necesitaba sentir algo que me sacara de la rutina de oficina y Netflix.

Entonces lo vi. Alto, moreno, con esa camisa blanca desabotonada lo justo para dejar ver un pecho firme y unos brazos que gritaban experiencia. Se movía entre la gente como si el lugar le perteneciera, con una sonrisa pícara que me erizó la piel. Se acercó al bar, pidió un tequila reposado, y sus ojos se cruzaron con los míos.

¿Será él? ¿El que me dé esa chispa que ando buscando?
pensé, mientras un cosquilleo subía por mi espina.

Órale, güerita, ¿vienes seguido por acá? —me dijo al fin, con voz grave y un acento chilango puro que me derritió.

—No tanto, pero esta noche pintaba para aventura —respondí, girándome hacia él con una ceja alzada. Se llamaba Marco, carnal de un amigo del trabajo, y en minutos ya charlábamos como si nos conociéramos de toda la vida. Hablamos de la vida loca en la CDMX, de cómo el tráfico te vuelve pendejo, pero sobre todo de la pasión. Él dijo que la pasión no era solo sexo, sino esa hambre que te come por dentro cuando quieres devorar a alguien con la mirada.

La banda empezó a tocar cumbia rebajada, y antes de que me diera cuenta, su mano estaba en mi cintura. Bailamos pegados, su cuerpo duro contra el mío, el sudor mezclándose en el calor de la noche. Sentía su aliento cálido en mi cuello, olía a colonia fresca con un toque de hombre, ese aroma que te hace cerrar los ojos y morderte el labio. Mis pezones se endurecieron bajo el vestido, rozando contra su pecho con cada movimiento. Qué chido, pensé, mientras su mano bajaba un poco más, apretando mi cadera con firmeza juguetona.

—Ven, vamos a otro lado —me susurró al oído, su voz ronca como un ronroneo. No lo pensé dos veces. Bajamos en su coche, un Tsuru viejo pero impecable, con el radio sonando Los Ángeles Azules. Llegamos a su depa en la Roma, un lugar chulo con muebles de madera y plantas por todos lados. Apenas cerramos la puerta, me acorraló contra la pared, sus labios devorando los míos. Sabían a tequila y menta, un sabor que me invadió la boca mientras su lengua jugaba con la mía, lenta al principio, luego urgente.

Mi corazón latía como tambor en fiesta, las manos de él explorando mi espalda, bajando el zipper del vestido con dedos temblorosos de deseo.

Esta es la definición de pasional, carajo. No palabras, sino esto: piel contra piel, aliento entrecortado, el mundo desapareciendo
, me dije mientras el vestido caía al suelo, dejándome en lencería negra que él miró como si fuera el mejor regalo de Navidad.

—Eres una diosa, Ana —murmuró, besando mi cuello, bajando por mi clavícula. Sus manos eran cálidas, ásperas en los sitios justos, masajeando mis senos por encima del bra, haciendo que gemiera bajito. Lo empujé al sofá, queriendo tomar el control. Le quité la camisa, lamiendo su pecho salado, sintiendo los músculos tensarse bajo mi lengua. Olía a sudor limpio, a deseo puro. Bajé más, desabrochando su pantalón, liberando su verga dura y palpitante. La tomé en la mano, sintiendo su calor, su pulso acelerado como el mío.

Él jadeó cuando la chupé, despacio, saboreando la piel suave y el sabor salado de la punta. Neta, me encantaba verlo retorcerse, sus manos en mi pelo guiándome sin forzar. —Mamacita, vas a volverme loco —gruñó, y eso me prendió más. Me levantó, me llevó a la cama con pasos ansiosos. La habitación olía a sábanas frescas y a nosotros, a esa mezcla embriagadora de feromonas.

Ahí empezó lo bueno, el verdadero fuego. Me quitó la tanga con dientes, besando mi vientre, mis muslos. Su lengua encontró mi panocha húmeda, lamiendo con maestría, chupando mi clítoris hasta que arqueé la espalda, gimiendo su nombre. Sentía cada roce como electricidad, el sonido de sus labios succionando, mi humedad cubriéndolo todo. Mis uñas en su espalda, marcándolo, mientras el placer subía en olas.

Pero quería más, lo necesitaba dentro. —Métemela ya, Marco —le rogué, voz ronca. Se puso condón rápido, posicionándose. Entró despacio, llenándome centímetro a centímetro, ese estiramiento delicioso que me hizo gritar de gusto. Nos movimos en ritmo perfecto, él embistiendo profundo, yo clavando las caderas contra las suyas. El slap-slap de piel contra piel, nuestros jadeos mezclándose, el olor a sexo llenando el aire. Sudábamos como locos, cuerpos resbalosos uniéndose una y otra vez.

En mi mente, todo giraba:

Esto es pasión de verdad, la definición de pasional. No flores ni promesas, sino este frenesí, esta conexión que te hace olvidar tu nombre
. Cambiamos posiciones, yo encima, cabalgándolo con furia, mis senos rebotando, sus manos en mi culo apretando. Él desde abajo, lamiendo mis pezones, mordisqueando suave. El orgasmo me golpeó primero, un tsunami que me dejó temblando, contrayéndome alrededor de él, gritando ¡Sí, cabrón, así!.

Él no tardó, gruñendo profundo mientras se corría, su cuerpo convulsionando bajo el mío. Nos quedamos así, unidos, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. El afterglow era puro: su piel caliente pegada a la mía, el corazón latiendo en unisono, el silencio roto solo por nuestros suspiros. Me besó la frente, suave, tierno.

Qué chingón estuvo eso —dijo riendo bajito.

—La neta, la mejor noche en años —respondí, acurrucándome en su pecho. Pensé en cómo empezó todo con una mirada, y ahora aquí, sintiéndome viva, empoderada. No era amor, pero era perfecto: pasión cruda, consensual, nuestra. Al amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, nos despedimos con un beso largo, prometiendo repetir. Salí a la calle con una sonrisa, el cuerpo aún zumbando, sabiendo que había encontrado, por una noche, la definición de pasional en carne propia.

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