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Final del Cañaveral de Pasiones

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Final del Cañaveral de Pasiones

El sol de mediodía caía como plomo derretido sobre el cañaveral, haciendo que el aire se volviera espeso, cargado de ese olor dulce y terroso que solo los campos de caña saben regalar. Yo, Ana, caminaba entre las varas altas, sintiendo cómo el sudor me empapaba la blusa ligera que se pegaba a mi piel como una segunda capa. Había venido a este pueblo veracruzano por unos días, huyendo del ruido de la ciudad, pero lo que no esperaba era toparme con él: Javier, el capataz del ingenio, con su piel morena brillando bajo el sol y esos ojos negros que prometían travesuras.

Qué chulo está el pendejo, pensé mientras lo veía cortar caña con machete en mano, los músculos de sus brazos tensándose con cada golpe. Nuestras miradas se cruzaron por primera vez esa mañana, cuando le pedí direcciones para llegar al río. Su sonrisa torcida, esa que dejaba ver dientes blancos perfectos, me hizo sentir un cosquilleo en el vientre. "Pásate por aquí al atardecer, nena", me dijo con voz ronca, "te enseño el final del cañaveral de pasiones". No sé si era un lugar real o solo un decir, pero algo en su tono me erizó la piel.

Ahora, mientras el sol empezaba a bajar, regresé. El corazón me latía fuerte, como tambor en fiesta. El viento susurraba entre las hojas gigantes, un sonido como roce de amantes. Oí su voz antes de verlo: "Mamacita, ¿ya llegaste?". Salí de entre las varas y ahí estaba, sin camisa, el torso desnudo perlado de sudor, oliendo a tierra húmeda y hombre puro.

Me acerqué despacio, mis sandalias hundiéndose en el suelo blando. "Vine por lo que prometiste", le dije, mi voz saliendo más ronca de lo que quería. Él soltó el machete, se limpió las manos en los pantalones raídos y me tomó de la cintura. Sus palmas ásperas contra mi piel suave fueron como fuego.

¡Ay, Dios, qué calor tiene este carnal!
Su aliento cálido en mi cuello olía a tabaco y caña masticada, dulce como miel.

Nos besamos allí mismo, al borde del camino, pero Javier me jaló más adentro del cañaveral. "Ven, aquí nadie nos ve", murmuró. Las varas nos rodearon como cortina verde, altas hasta la cabeza, mecíendose con la brisa que traía aroma de flores silvestres y tierra mojada por el rocío temprano. Caminamos de la mano, su pulgar acariciando mi palma, enviando chispas por mi espina.

Nos detuvimos en una pequeña claro, donde el suelo estaba más seco, cubierto de hojas caídas que crujían bajo nuestros pies. Javier me recargó contra una vara gruesa, sus labios devorando los míos. Sabía a sal y deseo, su lengua explorando mi boca con hambre de días sin comer. Mis manos subieron por su pecho, sintiendo el latido acelerado de su corazón, el vello áspero que me raspaba las yemas. Qué rico se siente, pensé, mientras él deslizaba una mano bajo mi blusa, rozando mi pezón endurecido.

"Te quiero desde que te vi, morra", gruñó contra mi oreja, mordisqueándola suave. Yo gemí bajito, arqueándome contra él. El calor entre mis piernas crecía, húmedo y urgente. Le quité la camisa del todo, lamiendo el sudor de su clavícula, ese sabor salado que me volvía loca. Sus manos bajaron a mis shorts, desabrochándolos con dedos temblorosos de pura ansia.

Caímos al suelo, sobre un lecho de hojas secas que olían a caña madura. Javier se puso encima, su peso delicioso aprisionándome, pero yo lo volteé, queriendo dominar un rato. "Déjame a mí, cabrón", le dije riendo, y él se dejó, mirándome con ojos de fuego. Le besé el pecho, bajando despacio, mordiendo suave su ombligo. Su erección presionaba contra los pantalones, dura como el machete que había dejado atrás.

Le bajé el cierre con dientes, liberándolo. ¡Qué pedazo de hombre! Pensé, admirando su miembro grueso, venoso, palpitante. Lo tomé en la mano, sintiendo su calor, su pulso acelerado. Él jadeó, enredando dedos en mi pelo. Lo lamí desde la base, saboreando la piel salada, hasta la punta donde una gota perlina brillaba. Su gemido fue como música, ronco y animal.

Pero no quería acabar así. Me quité la ropa rápido, quedando desnuda bajo el cielo que empezaba a teñirse de naranja. Javier me miró como si fuera diosa, sus manos recorriendo mis curvas: pechos llenos, caderas anchas, el monte de Venus húmedo de anticipación. "Eres un sueño, Ana", dijo, y me penetró con los dedos primero, lento, curvándolos para tocar ese punto que me hace ver estrellas.

El placer subía en olas, mis caderas moviéndose solas contra su mano. Olía a nosotros, a sexo inminente, a sudor mezclado con el dulzor del cañaveral. "Ya, Javier, métemela", supliqué, mi voz quebrada. Él se posicionó, frotándose contra mi entrada resbaladiza, torturándome con roces.

Entró de un empujón suave, llenándome por completo. ¡Qué chingón! Grité en mi mente, mientras él empezaba a moverse, lento al principio, dejando que sintiera cada centímetro. El sonido de piel contra piel se mezclaba con el susurro de las varas, un ritmo hipnótico. Sus embestidas se aceleraron, profundas, tocando lo más hondo de mí. Yo clavaba uñas en su espalda, oliendo su cuello, lamiendo el sudor que corría como río.

Esto es el paraíso, aquí en el final del cañaveral de pasiones
, pensé, mientras el orgasmo se acercaba como tormenta. Javier gruñía mi nombre, sus caderas chocando con las mías, el placer construyéndose en espiral. Lo volteamos de nuevo, yo encima, cabalgándolo con furia, mis pechos rebotando, su mirada fija en ellos. El sol poniente pintaba todo de oro, el aire cargado de nuestros jadeos y el aroma almizclado del clímax.

Llegué primero, un estallido que me dejó temblando, contrayéndome alrededor de él, gritando su nombre al viento. Javier me siguió segundos después, llenándome con su calor líquido, su cuerpo arqueándose bajo el mío. Nos quedamos así, unidos, respirando agitados, el corazón latiendo al unísono.

Después, recostados en las hojas, él me acariciaba el pelo, yo trazaba círculos en su pecho. El cielo se oscurecía, estrellas asomando como testigos. "Vuelve mañana, reina", murmuró. Sonreí, sabiendo que lo haría. Este final del cañaveral de pasiones no era un fin, sino el comienzo de algo ardiente.

Me vestí con piernas flojas, besándolo una vez más, saboreando el afterglow en su piel. Caminé de regreso al pueblo, el cuerpo satisfecho, el alma en llamas. El cañaveral susurraba secretos a mi espalda, prometiendo más noches como esta.

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