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La Música Es Mi Pasión Desatada

6725 palabras

La Música Es Mi Pasión Desatada

El antro en Polanco estaba a reventar esa noche, con las luces neón parpadeando como venas palpitantes sobre la pista de baile. El bajo de la cumbia rebajada retumbaba en mi pecho, haciendo que mi piel se erizara con cada vibración. La música es mi pasión, siempre lo ha sido. Me llamo Ana, y desde chiquita, en las fiestas de mi abuelita en Guadalajara, el ritmo me ha poseído como un amante posesivo. Ahora, con veintiocho años, soy DJ en este lugar chido, y esta noche mi set iba a prender a todos.

Llevaba un vestido negro ajustado que se pegaba a mis curvas como una segunda piel, el escote profundo dejando ver el brillo de sudor en mi clavícula. El aire olía a tequila, perfume caro y ese aroma almizclado de cuerpos excitados frotándose en la pista. Me subí a la cabina, ajusté los controles, y solté un remix de banda que hizo que la gente gritara ¡órale!. Mis manos volaban sobre los platos, sintiendo la electricidad del sonido bajo mis dedos, como si estuviera acariciando a un amante invisible.

Entre la multitud, lo vi. Alto, moreno, con una camiseta blanca que se transparentaba por el sudor, marcando los músculos de su pecho. Sus ojos oscuros me clavaron desde la barra, y cuando nuestras miradas chocaron, sentí un cosquilleo en el estómago, como si el bajo me hubiera dado un lametón directo al alma. Bajé un rato para pedir un trago, y ahí estaba él, con una cerveza en la mano, sonriéndome con esa picardía mexicana que me deshace.

¿Y tú quién eres, reina del ritmo?

Me dijo con voz grave, ronca por los gritos del antro. Olía a colonia fresca mezclada con tabaco, un olor que me hizo mojarme de golpe.

¿Qué pedo, Ana? Tranquila, pensé, pero mi cuerpo ya traicionaba. Le contesté coqueta: Neta, wey, la música es mi pasión, pero esta noche tú me estás robando el show. Se rio, un sonido profundo que vibró en mis entrañas, y me invitó a bailar. Sus manos en mi cintura fueron como chispas, firmes pero suaves, guiándome al centro de la pista.

Acto uno apenas empezaba, pero la tensión ya ardía. Sus caderas contra las mías, el sudor de su cuello rozando mi nariz, salado y adictivo. Bailamos pegaditos, mi culo presionando su paquete que ya se sentía duro como piedra. Chingón, murmuré en su oído, mordisqueando el lóbulo. Él gruñó bajito: Estás cañón, mami. El deseo crecía lento, como un solo de guitarra extendiéndose, cada roce una nota que me ponía más caliente.

Nos escapamos a una esquina más oscura del antro, donde la música seguía latiendo pero el mundo se achicaba a nosotros dos. Se llamaba Marco, tocaba bajo en una banda de rock norteño, y platicamos entre tragos de mezcal que quemaban la garganta como promesas calientes. Yo vivo por el ritmo, le confesé, la música es mi pasión, me hace sentir viva, cachonda, todo. Él asintió, sus dedos trazando círculos en mi muslo desnudo bajo el vestido, subiendo despacito, haciendo que mi concha palpitara de anticipación.

No lo conozco, pero neta lo quiero ya, rugía mi mente mientras su aliento caliente me rozaba el cuello. Me besó ahí primero, un beso húmedo que dejó un rastro de saliva fresca, y subí la pierna a su cadera, frotándome contra él. El olor de su excitación me invadió, ese musk varonil que grita cógeme. Sus manos exploraban, amasando mis nalgas con fuerza juguetona, y yo le clavé las uñas en la espalda, sintiendo los músculos tensarse bajo la tela.

La tensión escalaba. Salimos del antro tambaleándonos de risa y deseo, el aire fresco de la noche mexicana golpeándonos como un respiro necesario. Tomamos un taxi hasta su depa en la Roma, un lugar chiquito pero con estilo: posters de conciertos en las paredes, una guitarra en la esquina, y un stereo que ya sonaba con un bolero suave cuando entramos. Ven, déjame tocarte como toco mi bajo, susurró, quitándome el vestido con dedos temblorosos de pura ansia.

Desnuda frente a él, mi piel erizada por el aire y su mirada hambrienta. Olía a jazmín de su sábana, mezclado con mi aroma de excitación, dulce y salado. Me tumbó en la cama, sus labios devorando mis tetas, chupando los pezones hasta ponérmelos duros como piedritas. ¡Ay, cabrón, qué rico! gemí, arqueándome. Sus manos bajaron, separando mis muslos, y sentí su aliento caliente en mi coño antes de que su lengua me lamiera despacio, saboreando mis jugos como si fuera el mejor mezcal.

El medio acto ardía con intensidad. Yo lo volteé, queriendo devorarlo. Le bajé el pantalón y ahí estaba su verga, gruesa, venosa, palpitando con el pulso de la música que aún zumbaba en mi cabeza. La tomé en mi boca, saboreando el precum salado, chupando con hambre mientras él gemía ¡Puta madre, Ana, eres una diosa!. Mis dedos jugaban con sus huevos, pesados y calientes, y él me jalaba el pelo suave, guiándome en un ritmo perfecto, como un beat que no para.

La psicología entraba: Esto no es solo sexo, es conexión, pensaba yo, mientras él me penetraba lento al principio, su pija abriéndose paso en mi calor húmedo. Cada embestida era una nota ascendente, el slap de piel contra piel como percusión, sus gruñidos roncos en mi oído como coros. Sudábamos juntos, el olor de nuestros cuerpos mezclándose en una sinfonía olfativa embriagadora. Aceleró, mis uñas arañando su espalda, mis caderas chocando contra las suyas con furia compartida.

¡Más fuerte, wey, hazme tuya! le rogué, y él obedeció, follándome profundo mientras yo me retorcía, el orgasmo construyéndose como un clímax musical imparable. Sentí sus bolas apretarse contra mí, su verga hincharse, y explotamos juntos: yo convulsionando alrededor de él, chorros de placer mojando las sábanas, él gruñendo y llenándome con su leche caliente, espesa, que goteaba por mis muslos.

El afterglow fue puro éxtasis. Nos quedamos abrazados, jadeando, el ritmo de nuestros corazones sincronizándose como un dúo perfecto. Su piel pegajosa contra la mía, el sabor de sus labios en mi boca aún fresco. La música es mi pasión, le susurré al oído mientras trazaba patrones en su pecho con el dedo, pero esta noche, tú lo eres todo. Él sonrió, besándome la frente: Vuelve cuando quieras, mi DJ favorita.

Me vestí con piernas temblorosas, el eco del placer latiendo en mi cuerpo como un remix eterno. Salí a la calle al amanecer, el sol mexicano tiñendo el cielo de rosa, y caminé con una sonrisa pendeja, sabiendo que la noche había sido legendaria. La pasión por la música me guía, pero encuentros como este la hacen infinita.

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