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Programacion Pasiones

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Programacion Pasiones

Yo soy Ana, una chava de veintiocho años que vive en la Condesa, en el corazón de la CDMX. Paso mis días frente a la compu, tecleando código como si fuera mi segunda piel. Mi último proyecto se llama Programacion Pasiones, una app que no es cualquier cosa: une a la gente no por gustos superficiales, sino por esas pasiones profundas que te hacen vibrar el cuerpo entero. Neta, lo creé porque andaba harta de las citas aburridas, de esos weyes que solo quieren platicar del clima o del tráfico en Insurgentes.

Era una noche de viernes, el aire cargado con el olor a taquitos de la esquina y el humo de los coches. Me senté en mi balcón con una chela fría en la mano, el vidrio empañado por el calor de mi piel. Abrí la app por primera vez como usuaria, no como la pinche programadora. Puse mis datos: pasión por el código que enciende fuegos, noches de lluvia y piel sudada. En minutos, ping, un match. Se llamaba Diego, un diseñador gráfico de treinta, con foto de perfil que mostraba unos ojos cafés intensos y una sonrisa que prometía problemas chidos.

¿Y si esta vez sí? ¿Y si la app funciona de verdad?
pensé, mientras mi pulso se aceleraba. Le mandé un mensaje: "Órale, wey, ¿listo para programar unas pasiones?". Respondió al instante: "Ven por acá, en Polanco, traigo ganas de debuggear lo que sea". Me levanté de un brinco, el corazón latiéndome como tambor en una fiesta de pueblo. Me puse un vestido negro ajustado que me marcaba las curvas, sin bra, solo para sentir el roce de la tela contra mis pezones endurecidos por la anticipación.

Llegué al bar que me indicó, un lugar con luces tenues y jazz suave flotando en el aire. Lo vi de inmediato: alto, moreno, con camisa entreabierta que dejaba ver un pecho firme y velludo. Olía a colonia fresca con un toque de madera, algo que me erizó la piel. Nos dimos la mano, pero él la jaló para acercarme, su aliento cálido en mi oreja: "Ana, Programacion Pasiones me trajo hasta ti. Neta, tu perfil me puso como loco". Reí bajito, sintiendo el calor subir por mi cuello. Pedimos tequilas, el líquido ardiente bajando por mi garganta como un presagio de lo que vendría.

Platicamos de todo: de bugs en el código, de cómo la pasión por crear algo desde cero te hace sentir vivo. Sus manos rozaban las mías sobre la mesa, dedos largos y fuertes que imaginaba recorriendo mi espalda.

Pinche Diego, me estás programando el cuerpo sin darte cuenta
, pensé, mientras mis piernas se apretaban bajo la mesa, un cosquilleo húmedo entre ellas. La tensión crecía con cada mirada, cada roce accidental. "Vamos a mi depa", murmuró al fin, su voz ronca como grava. Asentí, empapada ya de deseo.

En su coche, un vocho tuneado con olores a cuero viejo y su esencia masculina, no aguantamos. Estacionó en una calle oscura, y sus labios cayeron sobre los míos. Sabían a tequila y menta, su lengua invadiendo mi boca con hambre. Gemí contra él, mis manos enredándose en su pelo negro y revuelto. "Eres deliciosa, Ana", gruñó, bajando a mi cuello, mordisqueando la piel sensible. Sentí sus dientes, el pinchazo placentero que me hizo arquearme. Sus dedos subieron por mi muslo, rozando el encaje de mis calzones, ya empapados. "Estás chorreando por mí, ¿verdad?", dijo, y yo solo pude asentir, jadeando.

Llegamos a su depa en la Roma, un lugar chido con posters de arte callejero y una cama king size que gritaba promesas. La puerta se cerró con un clic que resonó en mi pecho. Me quitó el vestido de un tirón, exponiendo mis tetas al aire fresco. Sus ojos se oscurecieron de lujuria: "Qué ricas, pinche mamacita". Se arrodilló, lamiendo un pezón mientras pellizcaba el otro, el dolor dulce enviando chispas directo a mi clítoris. Olía a su sudor mezclado con mi aroma almizclado de excitación, embriagador. Mis uñas se clavaron en sus hombros, dejando marcas rojas.

Lo empujé a la cama, queriendo tomar control. Le desabroché el pantalón, liberando su verga dura, gruesa, palpitante. La tomé en mi mano, sintiendo el calor y las venas hinchadas. "Mírate, wey, programado para follarme", susurré, lamiendo la punta, saboreando la sal pre-semen. Él gimió fuerte, un sonido gutural que vibró en mi coño. Lo chupé despacio, lengua girando alrededor del glande, bajando hasta la base, mis labios estirados. Sus caderas se movían, follándome la boca con cuidado, pero intenso.

No aguanté más. Me trepé encima, frotando mi humedad contra él, lubricándonos mutuamente. "Métemela ya, cabrón", rogué, y él obedeció, empujando de un golpe. Sentí el estiramiento delicioso, llenándome hasta el fondo. Grité, un sonido animal, mientras cabalgaba, mis tetas rebotando, sudor goteando entre nos. El slap slap de piel contra piel llenaba la habitación, mezclado con nuestros jadeos. Sus manos en mis nalgas, amasándolas, un dedo rozando mi ano, prometiendo más.

Cambié de posición, él encima, mis piernas en sus hombros. Me penetraba profundo, golpeando mi punto G con cada embestida. "¡Sí, así, Diego! ¡Fóllame duro!", chillaba, mis paredes contrayéndose alrededor de su polla. Olía a sexo puro, a jugos mezclados. Su aliento en mi cara, besos salvajes mientras aceleraba. Sentí el orgasmo venir, una ola gigante. "Me vengo, pinche amor", aullé, explotando en espasmos, chorros calientes empapando las sábanas.

Él siguió, gruñendo como bestia, hasta que se tensó y se vació dentro de mí, chorros calientes pintando mis entrañas. Colapsamos, cuerpos pegajosos, respiraciones entrecortadas. Su peso sobre mí era perfecto, protector. Besó mi frente, suave ahora. "Gracias por Programacion Pasiones, Ana. Cambiaste mi código para siempre".

Nos quedamos así, enredados, el aire cargado de nuestro olor compartido. Afuera, la ciudad zumbaba indiferente, pero adentro, todo era calma.

Esto no es solo un polvo, es el inicio de algo programado con pasión
, pensé, mientras su mano acariciaba mi pelo. Mañana probaría la app de nuevo, pero esta noche, solo existíamos nosotros, satisfechos, completos.

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