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Cañaveral de Pasiones Capítulo 88 Fuego en las Sombras

6562 palabras

Cañaveral de Pasiones Capítulo 88 Fuego en las Sombras

Ana sentía el sol quemándole la piel mientras caminaba entre las altas varas del cañaveral. El aire estaba cargado del dulce aroma de la caña madura, mezclado con el olor terroso de la tierra húmeda después de la lluvia de la noche anterior. Era un cañaveral de pasiones, como le decían los del pueblo, un lugar donde los amores prohibidos florecían como las flores silvestres entre las raíces. Pero para ella, hoy era Cañaveral de Pasiones Capítulo 88, el momento que había estado esperando toda la semana, escrito en su mente como un guion ardiente que solo ellos dos conocían.

El viento susurraba entre las hojas gigantes, un sonido rasposo y seductor que erizaba los vellos de sus brazos. Llevaba un vestido ligero de algodón, floreado, que se pegaba a sus curvas por el sudor. Sus pechos se movían con cada paso, libres bajo la tela fina. ¿Dónde estás, Javier? Neta que me muero de ganas, pensó, mientras su corazón latía como tambor en fiesta. Habían quedado en el claro del fondo, donde la caña se abría como un secreto compartido.

De repente, unas manos fuertes la rodearon por la cintura. El olor a hombre, a sudor limpio y a tierra fresca la invadió. Javier, su chulo de ojos negros como el petróleo, la apretó contra su pecho ancho. "Órale, mi reina, ya te extrañaba", murmuró con esa voz ronca que le hacía cosquillas en el vientre.

"¿Y qué, wey? ¿No ves que tu jefazo casi me cachó hablando por teléfono?"
Ana se giró en sus brazos, riendo bajito, y le plantó un beso rápido en los labios ásperos por el sol. Él olía a chicle de tamarindo y a deseo puro. Sus manos grandes bajaron por su espalda, deteniéndose en las nalgas firmes, apretando con ternura juguetona.

Se besaron entonces, lento al principio, saboreando el calor de sus bocas. La lengua de Javier exploraba la de ella, suave y exigente, mientras el mundo se reducía a ese cañaveral de pasiones. Ana sentía su verga endureciéndose contra su muslo, gruesa y caliente a través del pantalón raído. Qué rico, pendejo, siempre listo para mí.

La llevó más adentro, donde las varas formaban un muro impenetrable. Se recostaron sobre un lecho de hojas secas, el crujido bajo sus cuerpos como música privada. Javier le subió el vestido por las piernas, besando cada centímetro de piel expuesta. El tacto de sus labios era fuego líquido, dejando rastros húmedos que se enfriaban al aire. Ana jadeaba, arqueando la espalda, mientras sus dedos se enredaban en el pelo revuelto de él.

Esto es lo que necesitaba, neta, pensó Ana. La vida en el pueblo era un chorro de rutina: el mercado, la casa de su mamá, las chismosas vecinas. Pero aquí, en este rincón del cañaveral de pasiones capítulo 88, era libre. Javier era su escape, su rey azteca, el que la hacía sentir mujer en todo su esplendor.

Él separó sus muslos con delicadeza, inhalando profundo. "Hueles a miel, mi amor, a panocha dulce y mojada", dijo con esa picardía mexicana que la derretía. Sus dedos rozaron el encaje de sus panties, ya empapadas. Ana gimió cuando él las corrió a un lado, tocando su clítoris hinchado con la yema del pulgar. Era un roce circular, lento, que mandaba chispas por su espina dorsal. El sonido de su propia humedad era obsceno, un chapoteo suave que se mezclaba con los susurros del viento.

Pero no quería apresurarse. Ana lo empujó hacia arriba, desabrochando su camisa con urgencia. Sus pectorales duros, cubiertos de vello negro, brillaban de sudor. Los lamió, saboreando la sal en su lengua, mientras él gruñía como toro en celo. "Mamacita, me vas a matar". Bajó más, abriendo su bragueta. La verga saltó libre, venosa y palpitante, con una gota perlada en la punta. La tomó en la mano, sintiendo el calor vivo, el pulso acelerado como el suyo propio.

Se la metió a la boca despacio, saboreando el gusto almizclado, ese sabor único de Javier. Él se tensó, las manos en su cabeza guiándola sin forzar. Chupa rico, así, qué chingón, pensó él, aunque solo jadeos salían. Ana aceleró, la saliva corriendo por su barbilla, el sonido de succión llenando el aire denso. Pero el deseo crecía como tormenta; ella necesitaba más.

Se quitó el vestido por completo, quedando desnuda bajo el sol filtrado. Sus tetas medianas, con pezones oscuros erectos, se ofrecieron a él. Javier las devoró, mordisqueando suave, chupando hasta que dolió de placer. Ana montó sobre él, frotando su concha húmeda contra su verga dura. El roce era eléctrico, piel contra piel resbaladiza. Te quiero adentro, ya, mi vida.

Él la penetró de un solo movimiento fluido, llenándola hasta el fondo. Ana gritó bajito, el estiramiento perfecto, el placer rayando en dolor exquisito. Se movieron juntos, ritmados como baile de cumbia. El sudor los unía, resbaloso; el olor a sexo crudo impregnaba todo. Cada embestida era un golpe profundo, sus caderas chocando con palmadas húmedas. Javier la sujetaba por la cintura, mirándola a los ojos. "Eres mía, Ana, toda mía en este cañaveral".

La tensión subía, un nudo apretándose en su vientre. Ana clavaba las uñas en su espalda, dejando marcas rojas. Más fuerte, cabrón, dame todo. Él obedecía, volteándola para entrar por atrás, una mano en su clítoris frotando furioso. El orgasmo la golpeó como rayo, ondas de placer sacudiéndola, su concha contrayéndose alrededor de él en espasmos. Gritó su nombre, el mundo blanco por segundos.

Javier la siguió, gruñendo ronco, llenándola con chorros calientes que se sentían como lava. Colapsaron juntos, jadeantes, el corazón de él martillando contra su pecho. El cañaveral los mecía con su brisa, las hojas susurrando aprobación.

Después, en el afterglow, se besaron perezosos. Javier le acariciaba el pelo, oliendo su cuello. "Qué rico fue, mi reina. Como siempre". Ana sonrió, sintiendo el semen escurrir por sus muslos, cálido y pegajoso.

Esto es mi capítulo favorito del cañaveral de pasiones capítulo 88. Ojalá no termine nunca.

Se vistieron lento, robándose besos. Salieron del claro tomados de la mano, el sol bajando tiñendo todo de oro. Ana sabía que volverían, porque en este cañaveral de pasiones, el fuego nunca se apagaba del todo. Era su secreto, su pasión eterna, capítulo tras capítulo.

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