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Pasión por el Servicio

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Pasión por el Servicio

En el corazón de Playa del Carmen, donde el mar Caribe besa la arena blanca como un amante impaciente, trabajo en el restaurante del hotel Paraíso Azul. Me llamo Ana, tengo veintiocho años y mi pasión por el servicio es lo que me hace brillar cada turno. No es solo un jale, wey, es mi mundo. Sirvo con una sonrisa que derrite, anticipándome a lo que el cliente quiere antes de que lo pida. El olor salado del mar se mezcla con el aroma de mariscos frescos asados a la parrilla, y el sonido de las olas rompiendo contra la playa es la banda sonora perfecta para mis noches.

Hoy, mientras el sol se pone tiñendo el cielo de naranjas y rosas intensos, noto a él. Se sienta solo en una mesa junto a la terraza, con una camisa blanca que se pega un poco a su pecho moreno por el calor húmedo. Pelo negro revuelto por la brisa, ojos cafés que parecen devorar todo a su paso. Pido la orden: ceviche de camarón y una cerveza fría. Cuando le sirvo, mis dedos rozan los suyos al dejar el plato, y siento un chispazo, como si el aire cargado de sal se electrificara.

Órale, Ana, no te hagas, este güey está bien bueno. Pero enfócate, tu pasión es el servicio, no ligues en el trabajo.

Él me mira fijo y dice: "Gracias, preciosa. Tu servicio es de otro nivel, neta." Su voz grave vibra en mi pecho, y respondo con una guiñada: "Para eso estamos, señor. ¿Algo más?" Se ríe, mostrando dientes perfectos, y pide el postre: flan de coco con un toque de mezcal.

La noche avanza. El restaurante se llena de risas de turistas gringos y parejas mexicanas celebrando aniversarios. Yo voy de mesa en mesa, sintiendo el roce de mi uniforme ajustado contra mi piel sudada, el delantal negro ceñido a mis caderas. Cada paso hace que mis sandalias chapoteen suave en el piso de madera pulida. Pero mis ojos vuelven a él una y otra vez. Cuando termino mi turno a las once, él sigue ahí, sorbiendo un tequila reposado, observándome.

"¿Ya te vas? Qué lástima, justo cuando tu servicio me tenía enganchado." Sus palabras son como caricias calientes en mi nuca. Me acerco, oliendo su colonia amaderada mezclada con el humo de su cigarro.

"Si quiere, puedo extender el servicio... fuera de horario." Lo digo juguetona, sintiendo el pulso acelerado en mi garganta. Él se para, alto, imponente, y me da su tarjeta: Javier, ejecutivo de la CDMX de vacaciones. "Suite 405. Si te animas."

Camino a mi cuarto en el staff del hotel, el corazón latiéndome como tambor de cumbia. El aire nocturno huele a jazmín y coco tostado de las fogatas en la playa. Me ducho rápido, el agua tibia resbalando por mis curvas, imaginando sus manos en lugar del jabón. Me pongo un vestido rojo corto, sin bra, solo tanga negra.

Esto es mi pasión por el servicio llevada al siguiente nivel, carnala. Consentido, chido, puro fuego.

Llego a su suite. La puerta se abre y Javier me recibe con una sonrisa lobuna, vestido solo con boxers ajustados que marcan todo. La habitación es un paraíso: cama king con sábanas de algodón egipcio, balcón con vista al mar, velas aromáticas a vainilla encendidas. El sonido de las olas es un rugido suave, invitando.

"Bienvenida a tu servicio privado, Ana." Me jala suave por la cintura, sus labios rozan mi oreja, aliento caliente con tequila. Nuestros cuerpos se pegan, siento su dureza contra mi vientre, mi piel erizándose como si el viento del mar me acariciara.

Empezamos lento. Le sirvo un trago de su minibar, arrodillándome juguetona frente a él. Mis manos suben por sus muslos firmos, sintiendo los músculos tensos bajo la piel suave. Él gime bajito: "Qué chingona eres en esto." Le desabrocho los boxers, su verga salta libre, gruesa, venosa, oliendo a hombre limpio y excitado. La tomo en mi boca despacio, saboreando la sal de su piel, la lengua girando en la punta mientras él enreda dedos en mi pelo.

Sí, esto es servicio de lujo. Mi boca lo envuelve, chupando con hambre, oyendo sus jadeos como música.
El calor sube, mi concha se moja, empapando la tanga. Me para, me besa feroz, lenguas bailando, sabor a tequila y deseo. Sus manos amasan mis tetas, pezones duros como piedras bajo sus pulgares.

Me lleva al balcón. La brisa marina nos azota, fresca contra mi piel ardiente. Me quita el vestido de un tirón, quedo en tanga. Él lame mi cuello, bajando a mis pechos, mordisqueando suave. Gimo, "¡Ay, Javier, qué rico!" Siento su barba raspando mi piel sensible, el olor de mi arousal mezclándose con el salitre.

Me empuja contra la baranda, el metal frío en mi espalda contrastando con su cuerpo caliente. Baja la tanga, dedos explorando mi humedad. "Estás chorreando, mamacita." Introduce dos dedos, curvándolos, tocando ese punto que me hace arquear. El sonido húmedo de mis jugos es obsceno, delicioso. Yo agarro su verga, masturbándola firme, sintiendo cómo palpita.

Entramos a la cama. Él encima, besos por todo mi cuerpo: ombligo, muslos internos, hasta llegar a mi centro. Su lengua lame mi clítoris, sorbiendo como si fuera el flan más dulce. Grito, piernas temblando, olor a sexo invadiendo la habitación.

No aguanto más, wey, dame todo.

"Cógeme, Javier, con toda tu fuerza." Se pone condón –siempre seguro, chido– y entra despacio. Su grosor me estira, plenitud exquisita. Empieza a bombear, lento al principio, piel contra piel chapoteando. Siento cada vena rozando mis paredes, su pubis golpeando mi clítoris. Acelera, cama crujiendo, sudor perlando nuestros cuerpos. El sabor salado en mi boca cuando lo beso, oídos llenos de nuestros gemidos y el mar rugiendo afuera.

Cambio de posición: yo encima, cabalgándolo como reina. Mis caderas giran, tetas rebotando, sus manos apretando mi culo. "¡Sí, así, Ana, qué pasión por el servicio!" Río entre jadeos, "Esto es servicio cinco estrellas, pendejo." El clímax se acerca, mi vientre apretándose, visión nublándose. Él gruñe, "Me vengo, carajo."

Explotamos juntos. Mi orgasmo me sacude como ola gigante, concha contrayéndose alrededor de él, chorros de placer. Él se vacía, cuerpo rígido bajo el mío. Colapso sobre su pecho, corazones galopando al unísono, piel pegajosa de sudor, olor a sexo y vainilla.

Después, enredados en las sábanas, fumamos un cigarro en el balcón. La luna platea el mar, olas susurrando secretos. "Eres increíble, Ana. Tu pasión por el servicio me conquistó." Lo beso suave,

Esto fue más que un polvo; fue conexión, fuego mexicano puro.

Me visto al amanecer, piernas flojas pero alma plena. Él me da propina generosa, pero lo mejor es su mirada prometiendo más. Bajo al restaurante, el sol naciente calentando mi piel. Mi turno empieza, pero ahora con un secreto ardiente. Mi pasión por el servicio acaba de subir de nivel, y qué chido se siente.

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