Maquillaje de la Pasion de Cristo
En el salón parroquial del pueblo, con el olor a incienso y madera vieja flotando en el aire, me preparaba para la gran función de Semana Santa. Yo era Ana, la maquillista oficial de la Pasión de Cristo, la que convertía a pendejos comunes en santos y mártires con mis brochas y polvos. Ese año, el elegido para cargar la cruz era Diego, un morro alto y fornido que había llegado de la capital trayendo consigo un aire de misterio y unos ojos que te clavaban como espinas. Neta, desde que lo vi ensayando, sentí un cosquilleo en el estómago, como si el Espíritu Santo se hubiera equivocado de dirección.
—Órale, Ana, haz tu magia —me dijo Diego con esa sonrisa pícara, sentándose en la silla improvisada frente al espejo rajado. Su camisa abierta dejaba ver el pecho bronceado, marcado por el sol de los campos. El ambiente estaba cargado: afuera, los niños gritaban jugando, y adentro, el eco de oraciones rezagadas del rosario. Tomé el kit especial, el maquillaje de la Pasion de Cristo, con sus tonos rojos sangre, grises de flagelación y barbas postizas que olían a glicerina y algo dulzón, casi pecaminoso.
Mis manos temblaron un poquito al untar la base en su piel. Era áspera, caliente, como si ya llevara la corona de espinas puesta.
¿Por qué carajos me pongo así? Es solo trabajo, Ana, no seas mensa, pensé mientras el pincel rozaba su mandíbula. Él cerró los ojos, suspirando hondo, y el sonido de su respiración me erizó la piel de los brazos. El tacto era eléctrico: cada pasada del maquillaje dejaba un rastro húmedo, y su vello facial pincheaba mis dedos como una promesa de rudeza.
—Se siente chido, ¿verdad? —murmuró, abriendo los ojos para atraparme la mirada. Sus pupilas dilatadas brillaban bajo la luz mortecina de la bombilla. Olía a él: sudor fresco mezclado con jabón de lavanda, y debajo, un aroma macho que me hacía apretar los muslos sin querer. Asentí, mordiéndome el labio, mientras aplicaba las sombras para las llagas. Mis pechos rozaron su hombro accidentalmente, y ¡ay, wey!, sentí sus músculos tensarse como cuerda de guitarra.
La tensión crecía con cada trazo. Le coloqué la barba falsa, ajustándola con goma, y mis dedos se enredaron en su cabello real, negro y revuelto. Él puso la mano sobre la mía, grande y callosa de tanto labrar la tierra.
Esto no es parte del guion, pero ¿quién dice que no podemos improvisar?Su pulgar acarició mi palma, un roce lento que subió chispas por mi espina. El salón estaba vacío ya, solo nosotros dos, con el reloj marcando las horas muertas antes del ensayo final.
—Ana, neta que tus manos son puro fuego —susurró, su voz ronca como un rezo prohibido. Me incliné más, mi aliento cálido en su cuello, inhalando su esencia. El maquillaje de la Pasion de Cristo se corría un poco con el sudor que empezaba a perlar su frente, y lo limpié con un dedo, probando el sabor salado en mi lengua al llevarlo a la boca sin pensarlo. Sus ojos se oscurecieron, y de pronto, su mano subió a mi nuca, atrayéndome.
Nuestros labios chocaron como un trueno en Viernes Santo. Fue beso de pasión contenida: su lengua invadiendo mi boca con hambre, saboreando a gloss de cereza y a él mismo, metálico y dulce. Gemí bajito, mis manos enredándose en su barba falsa, tirando de ella mientras él me levantaba de la silla y me sentaba en su regazo. Sentí su verga dura presionando contra mis nalgas a través de los jeans, gruesa y palpitante, y ¡órale, qué chingona! Mi chucha se mojó al instante, un calor líquido que empapaba mis panties de algodón.
Nos movimos al cuarto de atrás, el de las vestimentas, donde colgaban túnicas polvorientas y cruces de madera. Él me recargó contra la pared fría, sus manos expertas desabotonando mi blusa con urgencia. Mis tetas saltaron libres, pezones duros como piedras de río, y Diego los lamió con devoción, succionando uno mientras pellizcaba el otro. El sonido era obsceno: chupadas húmedas, mis jadeos ahogados, el roce de su barba falsa raspando mi piel sensible. Olía a sexo ya, a mi excitación almizclada mezclada con el polvo del cuarto.
Esto es pecado, pero qué pecado tan rico, pensé mientras le bajaba el zipper. Su pito salió libre, venoso y tieso, goteando precum que lamí de la punta como si fuera el vino de la misa. Él gruñó, "¡No mames, Ana, me vas a matar!", y me levantó la falda, rasgando mis panties con un dedo. Sus dedos gruesos entraron en mí, dos de golpe, curvándose para tocar ese punto que me hacía arquear la espalda. Estaba empapada, chorreando jugos que corrían por mis muslos, y el squish squish de sus embestidas manuales era música para mis oídos.
La intensidad subía como la procesión al Calvario. Me volteó, mi culo en pompa contra su pelvis, y sentí la cabeza de su verga empujando mi entrada. Entró despacio al principio, estirándome deliciosamente, centímetro a centímetro, hasta que sus bolas peludas chocaron contra mi clítoris. "¡Ay, cabrón, qué grande!" grité, y él empezó a bombear, fuerte y profundo, cada estocada haciendo que mis tetas rebotaran y mi piel ardiera. El sudor nos unía, resbaloso; su aliento en mi oreja, jadeos calientes; el slap slap de carne contra carne resonando en el cuartito.
Cambié de posición, queriendo verlo sufrir placer. Lo empujé al suelo sobre una manta vieja, montándolo como una amazona. Sus manos en mis caderas guiaban el ritmo, mis uñas clavándose en su pecho maquillado, dejando surcos rojos que contrastaban con el maquillaje de la Pasion de Cristo. Cabalgué duro, mi chucha apretándolo como un puño, sintiendo cada vena palpitar dentro. Él se incorporó, chupándome las tetas mientras yo giraba las caderas, el orgasmo construyéndose como una tormenta en el desierto.
—¡Ven conmigo, Diego, la neta! —supliqué, y él aceleró, su pito hinchándose. Explosamos juntos: yo gritando, mi coño convulsionando en oleadas de éxtasis que me dejaban temblando, chorros de placer salpicando su pubis; él rugiendo, llenándome de leche caliente, espesa, que se derramaba por mis muslos. El olor era intenso, a semen y hembra satisfecha, mezclado con el incienso que se colaba por la rendija de la puerta.
Nos quedamos así, enredados, respiraciones entrecortadas calmándose poco a poco. Su mano acariciaba mi espalda, trazando círculos perezosos, mientras yo besaba las llagas falsas en su piel, ahora verdaderamente marcadas por la pasión.
¿Y la función? Que espere, esto fue la verdadera Pasión. Afuera, el sol se ponía teñido de rojo, como la sangre del drama que íbamos a representar, pero nada comparado con la nuestra.
Diego me miró, limpiando un rastro de maquillaje corrido de mi mejilla. —Eres mi Magdalena, Ana. Mañana en el escenario, pero esta noche, solo nosotros. —Sonreí, sintiendo el afterglow calmar mi cuerpo exhausto, un calor dulce en el vientre donde aún sentía su semilla. Nos vestimos entre risas, ajustando el maquillaje de la Pasion de Cristo que había sobrevivido al diluvio, y salimos del cuarto como si nada, pero con un secreto que ardía más que cualquier cruz.
Desde esa noche, cada Semana Santa es un ritual nuestro. El maquillaje no solo transforma rostros, sino almas. Y la nuestra, marcada para siempre por esa pasión que ni Cristo rechazaría.