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La Decoracion Sensual para Nuestra Noche de Pasion

7088 palabras

La Decoracion Sensual para Nuestra Noche de Pasion

El sol ya se había escondido detrás de los edificios de la Condesa cuando empecé a preparar todo. Mi departamento olía a jazmín fresco, ese aroma que tanto le gustaba a Marco. Quería que esta fuera la decoracion noche de pasion perfecta, de esas que encienden el fuego sin decir una palabra. Esparcí pétalos de rosa roja por el piso de madera, formando un camino que llevaba directo a la cama king size. Colgué guirnaldas de luces LED tenues, como estrellitas parpadeando en el techo, y puse velas aromáticas de vainilla y canela en cada rincón. El aire se llenó de un calor dulce, prometedor.

Me miré en el espejo del clóset, ajustándome el baby doll negro de encaje que me ceñía como una segunda piel. Mis curvas se veían chidas, neta, con ese escote que dejaba ver justo lo suficiente para volverlo loco. "Hoy te vas a enterar, carnal", me dije, sintiendo un cosquilleo en el estómago. Marco y yo llevábamos meses con el ritmo de la chamba, pero esta noche era nuestra. Llamé a la florería pa' que trajeran orquídeas blancas, las coloqué en jarrones altos junto a la mesa donde ya esperaba una botella de tequila reposado y dos copas heladas.

El sonido de la llave en la puerta me erizó la piel. Ahí estaba él, mi hombre, con esa sonrisa pícara que me deshace. Vestía jeans ajustados y una camisa blanca arremangada, oliendo a colonia fresca y a la ciudad después de la lluvia.

"¿Qué es esto, mi reina? ¿Me armaste una emboscada?" dijo, cerrando la puerta con un clic suave.

Me acerqué despacio, mis pies descalzos pisando los pétalos suaves. "Es mi decoracion noche de pasion, wey. Pa' que no se te olvide nunca". Le pasé los brazos por el cuello, sintiendo el calor de su pecho contra el mío. Sus manos grandes se posaron en mi cintura, bajando un poquito hasta mis caderas. Ese toque, firme pero juguetón, me hizo soltar un suspiro.

Acto uno: la chispa. Nos besamos lento al principio, como saboreando el tequila sin copas. Sus labios sabían a menta y a deseo contenido. La lengua de él exploró la mía, y yo le mordí suave el labio inferior, oyendo su gruñido bajo que vibró en mi boca. Caminamos hacia la cama, pisando las rosas que crujían como secretos susurrados. Él me levantó en brazos sin esfuerzo, y yo reí, enredando mis piernas en su cintura. "Estás bien prieta esta noche", murmuró contra mi oreja, su aliento caliente mandándome escalofríos por la espalda.

Lo tiré sobre las sábanas de satén rojo que había puesto esa tarde. El roce del tejido contra mi piel era eléctrico, suave como caricia de amante. Me subí encima, desabotonando su camisa con dedos temblorosos de anticipación. Su pecho moreno, marcado por horas en el gym, subía y bajaba rápido. Lamí una gota de sudor que perlaba su clavícula, salada y adictiva. "Qué rico sales, mi amor", gemí, mientras él me quitaba el baby doll de un jalón, dejando mis senos libres al aire perfumado de vainilla.

El medio acto empezó a arder. Sus manos expertas masajearon mis pechos, pellizcando los pezones hasta ponérmelos duros como piedras. Yo arqueé la espalda, sintiendo el pulso acelerado entre mis piernas. Bajé la mano a su pantalón, sintiendo lo duro que ya estaba, latiendo contra la tela. "No seas pendejo, quítatelo ya", le ordené juguetona, y él obedeció riendo, liberando su verga gruesa y venosa que se paró orgullosa.

Me incliné para probarlo, mi lengua trazando círculos en la punta, saboreando el precum salado y almizclado. Él jadeó, enredando los dedos en mi pelo. "Así, mi vida, chúpamela rico". El sonido húmedo de mi boca subiendo y bajando lo volvía loco; sus caderas se movían al ritmo, follándome la boca con cuidado pero firme. Olía a hombre puro, a sexo inminente. Pero no lo dejé acabar. Me subí de nuevo, frotando mi concha mojada contra él, lubricándonos mutuamente. El roce era tortura deliciosa, mis jugos chorreando por sus bolas.

La tensión crecía como tormenta. Me volteó boca arriba, besando mi cuello, bajando por el valle de mis senos hasta mi ombligo. Sus dientes rozaron mi piel sensible, dejando marcas rojas que ardían placenteras. Llegó a mi monte de Venus, inhalando profundo. "Hueles a paraíso, nena". Separó mis labios con los dedos, exponiendo mi clítoris hinchado. Lamida tras lamida, succionó como si fuera miel, y yo grité, clavando las uñas en las sábanas. El cuarto se llenó de mis gemidos, del crepitar de las velas, del olor a sexo crudo mezclándose con las rosas machacadas.

Internamente, luchaba con el deseo abrumador.

Es demasiado bueno, no aguanto más. Quiero que me llene, que me haga suya toda la noche.
Él lo sabía, lo sentía en mis temblores. Introdujo dos dedos gruesos en mi interior, curvándolos para tocar ese punto que me hace ver estrellas. Bombeó lento al principio, luego rápido, mientras su lengua no paraba en mi clítoris. El orgasmo me pegó como ola, contrayendo mis paredes alrededor de sus dedos, chorros calientes empapando las sábanas. "¡Sí, cabrón, así!", aullé, mi voz ronca de placer.

Pero no paró. Me puso de rodillas, alineando su verga con mi entrada. Entró de un empujón suave, llenándome hasta el fondo. Ese estiramiento perfecto, el roce de sus bolas contra mi clítoris, me hizo gemir sin control. Empezó a bombear, profundo y constante, sus manos agarrando mis caderas. El slap-slap de piel contra piel resonaba como tambores, sincronizado con nuestros jadeos. Sudábamos juntos, el olor almizclado envolviéndonos. Yo empujaba hacia atrás, cabalgándolo desde atrás, sintiendo cada vena palpitar dentro de mí.

Cambiamos posiciones como en un baile erótico. Yo encima ahora, montándolo con furia, mis senos rebotando al ritmo. Él los chupaba, mordía, mientras yo giraba las caderas, apretándolo con mis paredes. "Me vas a hacer correrme, mi reina", gruñó. Yo aceleré, sintiendo mi segundo orgasmo subir como lava. "Córrete conmigo, amor, lléname". Él se tensó, y explotamos juntos: yo convulsionando, ordeñándolo; él vaciando chorros calientes dentro de mí, gritando mi nombre.

El final: el afterglow. Colapsamos enredados, piel pegajosa contra piel, pulsos latiendo al unísono. Las velas parpadeaban bajas, proyectando sombras danzantes en las paredes. Besos suaves, caricias perezosas en la espalda. El tequila olvidado en la mesa, pero su sabor aún en nuestros labios. "Esta decoracion noche de pasion fue épica, ¿verdad?", susurré, trazando círculos en su pecho.

Él rio bajito, besándome la frente. "La mejor de todas, mi vida. Tú eres mi pasión eterna". Nos quedamos así, envueltos en el aroma de sexo y flores, con el corazón lleno y el cuerpo saciado. Afuera, la ciudad zumbaba indiferente, pero aquí, en nuestro nido, el mundo era perfecto. Mañana volvería la rutina, pero esta noche nos pertenecía solo a nosotros, un recuerdo grabado en la piel y el alma.

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