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Abismo de Pasion Capitulo 127

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Abismo de Pasion Capitulo 127

El sol se colaba por las cortinas de encaje de mi habitación en la villa de Puerto Vallarta, pintando rayas doradas sobre mi piel desnuda. Me estiré en la cama king size, sintiendo el algodón egipcio rozar mis pezones endurecidos por el fresco de la mañana. Hacía semanas que no veía a Alejandro, mi amor prohibido, el hombre que me hacía temblar con solo una mirada. ¿Dónde carajos estás, cabrón? pensé, mientras el aroma a café recién molido subía desde la cocina. Mi corazón latía con ese anhelo que me consumía, como si estuviéramos viviendo nuestro propio abismo de pasion capitulo 127, un capítulo más de esta historia que nos devoraba vivos.

Bajé las escaleras descalza, el piso de mármol frío contra mis plantas, enviando escalofríos hasta mi entrepierna. Ahí estaba él, de espaldas, preparando el desayuno en boxers ajustados que marcaban su culo firme y redondo. Su piel bronceada brillaba con sudor ligero del calor matutino, y el olor de su colonia mezclada con su esencia masculina me golpeó como una ola.

¡Órale, Lucía, contrólate! Pero ¿cómo, si cada músculo de su espalda grita por ser tocado?
Me acerqué sigilosa, mis senos rozando su espalda al rodearlo con los brazos. Sentí su calor irradiar, su pulso acelerarse bajo mi palma.

Nena, murmuró con esa voz ronca que me deshace, girándose para atraparme contra el mostrador. Sus labios capturaron los míos en un beso hambriento, su lengua invadiendo mi boca con sabor a menta y deseo puro. Mis manos bajaron por su pecho velludo, arañando suave hasta su abdomen marcado. Él gimió, presionando su erección dura contra mi vientre suave. —Te extrañé tanto, mi reina. Estas semanas sin ti fueron un infierno.

Nos separamos jadeantes, el aire cargado de electricidad. Desayunamos frutas frescas —mango jugoso que chorreaba por mis dedos, papaya que él lamía de mi piel—, pero cada bocado era un preámbulo. Sus ojos cafés me devoraban, prometiendo lo que vendría. Esto es el principio, pensé, mientras el sol subía y el mar rugía a lo lejos, llamándonos al abismo.

Después del desayuno, salimos a la playa privada de la villa. La arena blanca quemaba mis pies, pero el viento salado lamía mi bikini diminuto, endureciendo mis pezones visibles bajo la tela roja. Alejandro me untó crema solar, sus manos grandes masajeando mi espalda, bajando lento por mi espinazo hasta mis nalgas.

¡Qué chido se siente su toque! Como fuego líquido corriéndome por las venas.
Giré, besándolo con sal en los labios, el sabor del océano mezclándose con nuestro sudor. Sus dedos se colaron bajo mi bikini, rozando mi clítoris hinchado, haciendo que mis rodillas flaquearan.

Espérame aquí, dijo juguetón, y corrió al agua. Lo seguí, el Pacífico tibio envolviéndonos hasta la cintura. Nos salpicamos como niños, riendo, pero pronto sus brazos me alzaron, mis piernas rodeando su cintura. Bajo el agua, su verga palpitaba contra mi entrada, frotándose con promesas. No aguanto más, gemí en su oído, mordiendo su lóbulo. Él gruñó, dedos hundiéndose en mi carne mientras nos mecíamos con las olas.

Regresamos a la villa empapados, dejando un rastro de arena y agua. En la ducha al aire libre, bajo la cascada de agua caliente, nos desnudamos mutuamente. Su polla saltó libre, gruesa y venosa, apuntándome como un arma de placer. La tomé en mi mano, sintiendo su calor aterciopelado, el pulso furioso. Él enjabonó mis tetas, pellizcando pezones hasta que grité de gusto.

¡Pendejo delicioso! Me vas a volver loca.
Nos besamos bajo el chorro, jabón resbalando por curvas y músculos, el vapor cargado de nuestro aroma almizclado a sexo inminente.

La tensión crecía como tormenta. En la sala, con ventanales al mar, me tendió en el sofá de cuero suave. Sus labios bajaron por mi cuello, lamiendo el agua que aún perlaba mi piel. Chupó mis senos, lengua girando en espirales que me arquearon. Bajó más, besando mi ombligo, inhalando mi esencia. Sí, ahí, mi amor, supliqué. Su boca cubrió mi coño depilado, lengua hurgando pliegues húmedos, saboreando mi miel salada. Gemí alto, uñas en su cabello negro, caderas elevándose al ritmo de su succión voraz. El sonido de su festín —chupeteo obsceno, mis jadeos— se mezclaba con las gaviotas lejanas.

Pero no era suficiente. Lo empujé al sofá, montándolo a horcajadas. Su verga brillaba con mi saliva y su precum. La guié a mi entrada, descendiendo lento, centímetro a centímetro, sintiendo cada vena estirarme.

¡Madre santa, qué llena me deja! Como si fuéramos uno solo en este abismo.
Cabalgué despacio al principio, tetas rebotando, sus manos amasando mis nalgas. Aceleré, piel chocando con palmadas húmedas, sudor goteando entre nosotros. Él se incorporó, mamando mis pezones mientras embestía desde abajo, golpeando mi punto G con precisión brutal.

El clímax nos acechaba. Cambiamos posiciones: él de rodillas, yo a cuatro patas en la alfombra mullida. Entró de un empellón, llenándome hasta el fondo. Sus bolas golpeaban mi clítoris con cada estocada feroz. Más fuerte, cabrón, rómpeme, rogué, y él obedeció, una mano en mi cadera, la otra frotando mi botón. El olor a sexo saturaba el aire —sudor, fluidos, piel caliente—. Mis paredes lo ordeñaban, contrayéndose en espasmos previos.

La intensidad psicológica nos invadía. Recordé nuestras peleas pasadas, la distancia que nos separó, pero aquí, en este frenesí, todo se disolvía.

Este es nuestro capítulo, el abismo de pasion capitulo 127, donde caemos juntos sin miedo.
Él gimió mi nombre, voz quebrada: —¡Lucía, mi vida, ven conmigo! —Sus embestidas se volvieron erráticas, polla hinchándose dentro de mí.

Explotamos juntos. Mi orgasmo me sacudió como tsunami, coño convulsionando, chorros de placer empapando sus muslos. Él rugió, semen caliente inundándome, pulso tras pulso. Colapsamos, cuerpos entrelazados, respiraciones entrecortadas. El mar susurraba afuera, testigo de nuestra unión.

En el afterglow, yacimos en la cama, sábanas revueltas oliendo a nosotros. Sus dedos trazaban patrones en mi espalda, besos suaves en mi sien. —Te amo, chula, susurró. Sonreí, saciada, poderosa en su abrazo.

Esto no es el fin, solo pausa antes del próximo capítulo en nuestro abismo infinito.
El sol se ponía, tiñendo el cielo de rojos apasionados, prometiendo más noches de éxtasis eterno.

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