Cuáles Son Mis Pasiones Desnudas
La noche en Polanco estaba cargada de ese calor pegajoso que hace que la piel se sienta viva, como si el aire mismo te acariciara con dedos invisibles. Yo, Ana, acababa de salir de una larga semana en la oficina, con el estrés acumulado en los hombros como una mochila pesada. Decidí ir a esa fiesta en la azotea de un hotel chido, uno de esos lugares donde la gente guapa se mezcla con luces neón y música que retumba en el pecho. Llevaba un vestido negro ajustado que se pegaba a mis curvas como una segunda piel, y mis tacones altos resonaban contra el piso de madera mientras subía las escaleras.
Ahí lo vi. Diego. Alto, moreno, con esa sonrisa pícara que prometía problemas del bueno. Estaba recargado en la barandilla, con una cerveza en la mano, observando la ciudad que brillaba abajo como un mar de estrellas caídas. Nuestras miradas se cruzaron y sentí un cosquilleo en el estómago, de esos que te hacen cuestionar todo. Me acerqué, fingiendo casualidad, y pedí un trago en la barra a su lado.
—Órale, güeyita, ¿vienes mucho por acá? me dijo con esa voz ronca que olía a tequila y deseo.
Le sonreí, sintiendo el pulso acelerarse. —La primera vez. Pero ya me late este lugar. ¿Y tú?
Charlamos de tonterías: el pinche tráfico de la Reforma, las series que nos tenían clavados, pero debajo de las palabras había una corriente eléctrica. Sus ojos recorrían mi cuerpo sin disimulo, y yo no era de las que se achicopalan. Bailamos bajo las luces parpadeantes, su mano en mi cintura, mi cadera rozando la suya. El sudor nos unía, el ritmo de la cumbia rebajada haciendo que nuestros cuerpos se sincronizaran. Olía a su colonia fresca, mezclada con el humo de los cigarros y el jazmín de los maceteros.
En un momento, me susurró al oído: —Ven, vamos a un lugar más tranquilo. No lo pensé dos veces. Bajamos al lobby, su mano entrelazada con la mía, y salimos a la calle donde el valet nos trajo su camioneta negra. El trayecto a su depa en Lomas fue un torbellino de besos robados en los semáforos, sus labios salados y firmes contra los míos, mi lengua explorando la calidez de su boca.
Llegamos a su penthouse, un lugar minimalista con ventanales enormes que daban a la oscuridad de la sierra. La puerta se cerró con un clic suave, y ahí estaba, solo él y yo, el mundo afuera olvidado. Me quitó el vestido con lentitud, sus dedos ásperos de tanto gym rozando mi piel erizada. ¿Cuáles son mis pasiones? me pregunté en ese instante, mientras su aliento caliente bajaba por mi cuello. Siempre había sido la chica responsable, la que planeaba todo, pero esa noche quería soltarme, descubrir qué ardía realmente debajo de mi fachada.
Esto es lo que necesitaba, pensé. Dejar que el fuego me consuma sin remordimientos.
Lo empujé al sofá de piel suave, me subí a horcajadas sobre él. Sus manos grandes amasaban mis senos, los pezones endurecidos bajo sus pulgares. Gemí bajito, el sonido ahogado por el latido de mi corazón. Le desabroché la camisa, lamiendo el sudor salado de su pecho moreno, bajando hasta el borde de sus jeans. Él gruñó, un sonido gutural que vibró en mi clítoris como una promesa.
—Eres una chingona, Ana —murmuró, mientras me volteaba boca abajo en el sofá. Sus besos bajaron por mi espalda, mordisqueando la curva de mis nalgas. Sentí su lengua caliente entre mis muslos, lamiendo mi humedad con devoción. El sabor de mi propia excitación en su boca cuando me besó después fue como un elixir prohibido. Mis uñas se clavaron en los cojines, el aroma de nuestra piel mezclándose con el cuero del sofá.
La tensión crecía como una tormenta. Lo quería dentro de mí, pero jugamos, torturándonos. Le bajé los jeans, su verga dura saltando libre, gruesa y venosa, palpitando en mi mano. La acaricié despacio, sintiendo el calor que irradiaba, el pre-semen salado en mi lengua cuando la probé. Él jadeaba, —No mames, qué rico te chupas la verga, y yo reía entre lamidas, empoderada por su entrega.
Pero el deseo era demasiado. Me recargué en la pared de vidrio, el frío contrastando con mi piel ardiente. Él se colocó detrás, frotando su punta contra mi entrada húmeda. —Dime que la quieres, exigió con voz ronca.
—¡Sí, cabrón, métemela ya! —respondí, empujando hacia atrás.
Entró despacio al principio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. El dolor placentero se convirtió en éxtasis cuando empezó a bombear, sus caderas chocando contra mis nalgas con un slap slap rítmico. Cada embestida mandaba ondas de placer por mi espina, mi clítoris rozando su mano que lo masajeaba. Oía sus gemidos roncos, sentía su sudor goteando en mi espalda, olía el almizcle de nuestro sexo llenando la habitación.
Esto es pasión pura, pensé, mientras mi mente se nublaba. ¿Cuáles son mis pasiones? Ser dominada y al mismo tiempo mandar, morder su hombro hasta dejar marca, arañar su espalda mientras él me follaba más duro. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo como una amazona, mis tetas rebotando, sus manos guiando mis caderas. El orgasmo me golpeó como un rayo, un grito ahogado escapando de mi garganta, mis paredes contrayéndose alrededor de él en espasmos.
Él no tardó, gruñendo mi nombre mientras se vaciaba dentro, caliente y abundante. Colapsamos juntos, jadeantes, piel contra piel pegajosa. El silencio post-sexo era roto solo por nuestras respiraciones entrecortadas y el zumbido lejano de la ciudad.
Después, envueltos en las sábanas de su cama king size, con la luna filtrándose por las cortinas, hablamos. Sus dedos trazaban patrones perezosos en mi vientre.
—¿Qué te trae por aquí, de verdad? —preguntó.
—Buscar lo que me apasiona —le dije, besando su pecho—. Cuáles son mis pasiones... ahora lo sé. Tú, esto, la vida sin frenos.
Se rio bajito, un sonido cálido que me erizó de nuevo. —Pues las mías incluyen despertarme contigo y repetirlo todo.
Nos quedamos así hasta el amanecer, el sol tiñendo el cielo de rosa sobre las montañas. Me fui con las piernas temblorosas, pero el alma ligera. Esa noche había despertado algo en mí, un fuego que no se apagaría fácil. Polanco seguía igual afuera, pero yo era distinta. Mis pasiones desnudas al fin libres, listas para más aventuras.