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Cuantos Capitulos Tiene la Pasion

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Cuantos Capitulos Tiene la Pasion

La noche en Polanco estaba viva, con ese bullicio de risas y copas chocando que te hace sentir que el mundo entero conspira para que algo chido pase. Yo, Ana, acababa de entrar al bar con mi amiga Lupe, vestida con un vestido negro ajustado que me hacía sentir como una diosa mexicana, de esas que salen en las novelas pero con curvas reales y ganas de comerse la vida. El aire olía a tequila reposado y perfume caro, mezclado con el humo sutil de los cigarros electrónicos que flotaba como niebla sensual.

Estábamos platicando de pendejadas cuando lo vi. Alejandro, mi carnal de la uni, el wey que me había roto el corazón hace años pero que todavía me aceleraba el pulso con solo una mirada. Alto, moreno, con esa sonrisa pícara que dice "sé lo que quieres antes de que lo pidas". Nuestras miradas se cruzaron y sentí un cosquilleo en la piel, como si el vestido se me pegara más al cuerpo por el calor repentino que subía desde mi entrepierna.

—Órale, Ana, ¿ese no es el Ale? —me dijo Lupe, dándome un codazo juguetón.

—Simón, neta que sí —respondí, tragando saliva. Mi mente ya volaba:

¿Cuántos capítulos tiene esta pasión que nunca se apagó?
Me acerqué, fingiendo casualidad, y él me jaló para un abrazo que duró un segundo de más, su pecho firme contra mis tetas, su aliento cálido en mi cuello oliendo a mezcal y hombre.

Platicamos como si el tiempo no hubiera pasado. Risas, recuerdos de fiestas locas en la Condesa, de esas noches donde bailábamos pegaditos hasta que el sudor nos unía. Pero debajo de las palabras, la tensión crecía. Sus ojos bajaban a mis labios, a mi escote, y yo sentía mis pezones endureciéndose bajo la tela fina. Qué chingón se ve, pensé, recordando cómo sus manos me tocaban antes, firmes pero tiernas.

La música cambió a un reggaetón suave, de esos que te mueven las caderas sin permiso. —¿Bailamos? —me preguntó, su voz ronca rozándome el oído. No pude decir que no. Sus manos en mi cintura, guiándome, mi culo rozando su verga que ya se ponía dura contra mí. El olor de su colonia se mezclaba con mi aroma, ese dulzor femenino que sale cuando estás mojada. Cada giro era una promesa, cada roce un capítulo nuevo en esta historia que nunca terminó.

Después de unos tragos más, salimos. El valet trajo su camioneta negra, y subí sin pensarlo dos veces. —Vamos a mi depa, está cerca —dijo, y su mano en mi muslo me quemó como brasa. El camino fue eterno, con sus dedos subiendo despacio por mi piel, rozando el borde de mis panties. Yo gemía bajito, mordiéndome el labio, el corazón latiéndome en la garganta.

Esta noche va a ser el inicio de algo brutal
, me dije.

Llegamos a su penthouse en Lomas, con vistas al skyline de la ciudad que brillaba como diamantes. La puerta se cerró y ya estaba sobre mí, besándome con hambre, su lengua invadiendo mi boca como si quisiera devorarme entera. Sabía a tequila y deseo puro. Mis manos en su cabello, tirando suave, mientras él me quitaba el vestido de un jalón, dejando mis tetas al aire. —Estás más rica que nunca, mamacita —gruñó, lamiendo mi cuello, bajando a mis pezones que chupó con fuerza, haciendo que arquee la espalda y suelte un ay wey entre jadeos.

Lo empujé al sofá, queriendo tomar control. Me arrodillé entre sus piernas, desabrochando su jeans con dientes casi. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, oliendo a macho excitado. La tomé en mi mano, sintiendo su pulso caliente, y la lamí desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado. Él gemía, ¡chinga, Ana!, sus caderas moviéndose. La chupé profundo, mi garganta acomodándose, saliva corriendo por mi barbilla, el sonido húmedo llenando la habitación junto con su respiración agitada.

Pero no quería que terminara así. Me levanté, me quité las panties empapadas y me senté en su regazo, frotando mi concha mojada contra su pito. —Te quiero adentro, cabrón —le susurré, mirándolo a los ojos. Él asintió, embistiéndome de un golpe. Dios mío, llenándome completa, estirándome delicioso. Empecé a cabalgar, mis tetas rebotando, sus manos amasándolas, pellizcando. El sudor nos cubría, piel contra piel resbalosa, el slap slap de nuestros cuerpos chocando como música erótica.

Ahí, en medio del vaivén, jadeando, me miró y dijo: —¿Cuantos capítulos tiene esta pasión, Ana? Porque yo siento que son infinitos. Reí entre gemidos, besándolo. —Los que queramos escribir, mi amor. Este es solo el primero de muchos.

La intensidad subía. Me volteó, poniéndome a cuatro en el sofá, su verga entrando de nuevo, más profundo, golpeando mi punto G con cada estocada. El olor a sexo llenaba el aire, almizcle nuestro mezclado con el cuero del sofá. Mis uñas en las almohadas, gritando ¡más, más!, él jalándome el pelo suave, sin dolor, solo placer puro. Sentía mi orgasmo construyéndose, como una ola en la playa de Acapulco, creciendo, rompiendo.

Me corrí primero, temblando entera, mi concha apretándolo como puño, chorros calientes bajando por mis muslos. Él gruñó, embistiendo salvaje unos segundos más, y se vació dentro de mí, su leche caliente llenándome, goteando. Colapsamos, sudorosos, abrazados, su corazón latiendo contra mi pecho.

Después, en la cama king size con sábanas de algodón egipcio, fumamos un cigarro —de esos mentolados que refrescan la boca después del desmadre— mientras mirábamos las luces de la ciudad. Su mano acariciaba mi vientre, bajando perezosa a mi monte de Venus aún sensible. —Neta, Ana, esto no fue un polvo de una noche. Quiero más capítulos —dijo, besándome la frente.

Yo sonreí, sintiendo esa paz post-orgasmo, el cuerpo laxo pero satisfecho.

¿Cuántos capítulos tiene la pasión? Tantos como corazones laten al unísono
. Le conté mis miedos, cómo después de la uni me cerré, pero él me había abierto de nuevo. Hablamos de sueños: viajes a la Riviera Maya, noches en cantinas de Coyoacán, futuros hijos tal vez. La conexión era más que física; era alma con alma.

Al amanecer, con el sol tiñendo el cielo de rosa y naranja, nos amamos de nuevo, lento esta vez. Misionero, mirándonos, sus ojos cafés clavados en los míos verdes. Cada embestida suave, besos largos, sus manos explorando cada curva. El olor a café recién hecho se colaba desde la cocina programada, pero no importaba. Gemí bajito cuando volví a correrme, él siguiéndome, susurrando te amo, chula.

Nos quedamos así, enredados, planeando la semana. Lupe me mandó un wats: "¿Qué pedo, wey? ¿Viva?". Reí, respondiendo "Viva y con capítulos por delante". Alejandro me vio y soltó una carcajada ronca. Esta pasión no tenía fin; era una telenovela nuestra, con giros calientes y finales felices.

Desde esa noche, cada encuentro es un capítulo nuevo: sexo en la playa de Puerto Vallarta, con arena pegada a la piel salada; mamadas en el coche en la carretera a Puebla, con el viento entrando por la ventana; folladas salvajes después de cenar tacos al pastor en la calle, el picante en la boca avivando el fuego. ¿Cuántos capítulos tiene la pasión? Preguntamos a veces, riendo, sabiendo que son eternos.

Y así, en este México vibrante, encontramos nuestro ritmo. Él, el arquitecto exitoso; yo, la diseñadora gráfica freelance. Adultos, libres, consintiendo cada caricia. No hay drama tóxico, solo puro amor carnal y emocional. La vida es chida cuando la pasión fluye sin frenos.

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