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La Más Fuerte Pasión de Luis Zapata Quiroz

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La Más Fuerte Pasión de Luis Zapata Quiroz

Yo soy Luis Zapata Quiroz, un tipo común de estos rumbos de la Ciudad de México, pero con un fuego adentro que no se apaga fácil. Trabajo en una agencia de publicidad en Polanco, rodeado de luces neón y cafés caros, donde el aroma a espresso recién molido se mezcla con el perfume de las morras que pasan. Esa tarde de viernes, el sol se colaba por las ventanas altas del coworking, calentando mi piel morena mientras tecleaba en la laptop. Neta, estaba hasta la madre de propuestas mediocres, pero entonces entró ella: Valeria, la nueva diseñadora freelance que mi jefe contrató de último momento.

Su falda plisada negra rozaba unos muslos firmes y bronceados, y esa blusa escotada dejaba ver el valle entre sus chichis perfectos, redondos como tamales de elote. Olía a vainilla y jazmín, un olor que me pegó directo en la verga, haciendo que se me parara al instante. Órale, carnal, contrólate, me dije, pero mis ojos se clavaron en sus labios carnosos, pintados de rojo fuego. Me sonrió con dientes blancos y parejos, y su voz ronca dijo:

¡Hola, Luis! Soy Valeria, un gusto. Me dijeron que tú eres el rey de las ideas locas aquí.

Nos sentamos a platicar del proyecto, pero la tensión crecía como tormenta en el DF. Sus rodillas rozaban las mías bajo la mesa de vidrio, y cada roce era como electricidad, erizándome la piel. Podía oír su respiración acelerada, sentir el calor de su cuerpo acercándose. Al final del día, le propuse: Vente a un café en la Roma, para afinar detalles, ¿va? Ella aceptó con una mirada que gritaba quiero más.

En el café, bajo luces tenues y el sonido de cucharitas tintineando, la cosa escaló. Pedimos mezcal artesanal, ese que quema la garganta como beso ardiente. Hablamos de todo: de tacos al pastor en la esquina, de noches locas en bares de Condesa, de pasiones que nos carcomían por dentro. Sus ojos cafés me devoraban, y cuando su mano se posó en mi muslo, sentí el pulso latiendo fuerte en mi entrepierna. Esta morra me va a volver loco, pensé, mientras el olor a su piel sudada se mezclaba con el humo de cigarro de los meseros.

—Neta, Luis Zapata Quiroz —dijo ella de repente, pronunciando mi nombre completo como si lo saboreara—, tienes una mirada que promete la más fuerte pasión. ¿Me equivoco?

Me quedé mudo un segundo, el corazón retumbando como tamborazo zacatecano. La besé ahí mismo, en la mesa del fondo, sus labios suaves y húmedos saboreando a mezcal y miel. Su lengua jugaba con la mía, explorando, mientras sus uñas se clavaban en mi nuca. El mundo se redujo a ese beso: el sabor salado de su boca, el gemido bajito que escapó de su garganta, el roce de sus tetas contra mi pecho.

Salimos tambaleándonos al coche, riendo como pendejos enamorados. En mi depa en la Narvarte, con vistas al skyline iluminado, la puerta apenas cerró y ya nos arrancábamos la ropa. Su piel era seda caliente, oliendo a sudor fresco y deseo puro. La cargué hasta la cama king size, donde las sábanas de algodón egipcio esperaban. La tiré suave, y ella abrió las piernas, invitándome con una sonrisa pícara.

Empecé despacio, besando su cuello, lamiendo el hueco de su clavícula donde latía su pulso como mariachi en fiesta. Bajé a sus chichis, chupando los pezones duros como piedras de obsidiana, rosados y erectos. Ella arqueaba la espalda, gimiendo ¡ay, cabrón, qué rico!, sus manos enredadas en mi pelo negro revuelto. El sonido de su voz era música, ronca y suplicante, mientras yo descendía más, oliendo su coño húmedo, ese aroma almizclado que me volvía loco de hambre.

Le comí el pito con ganas, lengua danzando en su clítoris hinchado, saboreando sus jugos dulces como tepache fermentado. Valeria se retorcía, sus muslos apretándome la cabeza, gritando ¡sí, Luis, no pares, pinche rey!. Sentía su calor palpitante contra mi boca, el temblor de sus caderas subiendo el ritmo. La penetré con dos dedos, curvándolos para tocar ese punto que la hacía jadear, mientras mi verga dura como fierro esperaba su turno, goteando pre-semen.

Pero no quería apurarme; esta era la más fuerte pasión que había sentido en años, y la iba a saborear. La volteé boca abajo, besando su espalda curva, mordisqueando sus nalgas firmes. Ella se empinaba, pidiendo más, y yo la penetré lento desde atrás, centímetro a centímetro, sintiendo su coño apretado envolviéndome como guante caliente. ¡Qué chingón se siente esto!, rugí en mi mente, mientras empujaba profundo, el slap-slap de piel contra piel llenando la habitación junto a sus alaridos de placer.

Nos movíamos en sincronía, sudor perlando nuestros cuerpos, el olor a sexo impregnando el aire. La volteé de nuevo, mirándola a los ojos mientras la cogía misionero, sus piernas enredadas en mi cintura. Sus uñas arañaban mi espalda, dejando surcos rojos que ardían delicioso.

¡Más fuerte, Luis Zapata Quiroz, dame todo!
exigía ella, y yo obedecía, embistiéndola con furia contenida, sintiendo sus paredes contraerse alrededor de mi verga.

La tensión crecía como volcán a punto de estallar. Le frotaba el clítoris con el pulgar mientras la follaba, y ella explotó primero: su cuerpo convulsionó, coño apretándome como tenaza, gritando mi nombre completo en éxtasis. Ese sonido, ese temblor, me llevó al borde. Me corrí dentro de ella con un rugido gutural, chorros calientes llenándola, mi semen mezclándose con sus jugos en una unión perfecta.

Colapsamos jadeando, cuerpos enredados, piel pegajosa de sudor y fluidos. El silencio post-orgasmo era roto solo por nuestras respiraciones entrecortadas y el zumbido lejano de la ciudad. La besé suave en la frente, oliendo su cabello húmedo. Esta es la más fuerte pasión, Luis Zapata Quiroz, me repetí, mientras ella se acurrucaba en mi pecho, su mano trazando círculos en mi abdomen.

Horitas después, envueltos en sábanas revueltas, pedimos unos tacos de suadero por delivery. Reíamos recordando el café, planeando la próxima cogida. Valeria me miró con ojos brillantes: Eres un animal en la cama, pero también en el alma. Qué chido encontrarte. Yo asentí, sabiendo que esto no era un polvo de una noche; era el inicio de algo brutal, apasionado, mexicano hasta los huesos.

Desde esa noche, la más fuerte pasión de Luis Zapata Quiroz se llama Valeria. Y cada vez que nos vemos, revivimos ese fuego, en moteles de la Juárez o en mi depa con velas aromáticas. El deseo no se apaga; crece, como el amor en las rancheras de José Alfredo Jiménez. Neta, la vida es para gozarla así, sin frenos, con todo el corazón y la verga en alto.

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