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Pasión Cristo Desnuda

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Pasión Cristo Desnuda

El sol de Puerto Vallarta caía como una caricia ardiente sobre la playa, tiñendo la arena de oro y el mar de un azul profundo que invitaba a perderse. Cristo caminaba descalzo, sintiendo la arena tibia colándose entre sus dedos, el salitre pegándose a su piel morena. Tenía treinta y cinco años, cuerpo atlético de quien surfea las olas mañanitas, y un tatuaje de una cruz estilizada en el pecho que asomaba bajo la camisa entreabierta. Neta, hoy necesito algo que me sacuda el alma, pensó mientras el viento traía olor a coco y mariscos asados de los palaperos.

Allí estaba ella, Pasión, recostada en una hamaca bajo las palmeras, con un bikini rojo que apenas contenía sus curvas generosas. Su piel cobriza brillaba con aceite, el cabello negro suelto ondeando como bandera de deseo. Leía un libro, pero sus ojos cafés lo atraparon cuando levantó la vista. Cristo sintió un cosquilleo en el estómago, como si el tequila de anoche aún corriera por sus venas.

Órale, mamacita, ¿vienes a robarme el aliento? se dijo, acercándose con esa sonrisa pícara que siempre le funcionaba. Ella lo miró de arriba abajo, mordiéndose el labio inferior.

¿Y tú quién eres, guapo, el rey de la playa?
—dijo ella con voz ronca, acento tapatío que sonaba a miel caliente.

—Cristo, para servirte. Y tú pareces una visión que me hace pecar —respondió él, sentándose a su lado sin pedir permiso. Olía a vainilla y sal, un perfume que lo mareaba.

Hablaron de todo y nada: de las olas perfectas para surfear, de la vida en la costa que los había traído hasta ahí. Pasión era maestra de yoga, treinta años, divorciada hace poco, buscando reconectar con su fuego interior. La tensión crecía con cada risa, cada roce accidental de sus muslos. Cristo sentía su verga endureciéndose bajo el short, el pulso acelerado latiendo en las sienes.

Al atardecer, con el cielo pintado de naranjas y violetas, ella propuso:

Vámonos a mi cabaña, Cristo. Quiero ver si eres tan intenso como prometes.

Él asintió, el corazón martilleando. Caminaron tomados de la mano, la arena enfriándose bajo sus pies, el rumor de las olas como un susurro cómplice.

La cabaña era un paraíso rústico: madera oscura, velas aromáticas a jazmín encendidas, una cama king size con sábanas blancas revueltas. Pasión sirvió mezcal en vasos de cristal, el líquido ahumado quemando sus gargantas. Se sentaron en el porche, escuchando el mar golpear las rocas.

Cristo la miró fijamente, memorizando cada detalle: el sudor perlado en su escote, el pezón endurecido marcándose bajo la tela fina. Chingado, esta mujer es puro fuego. Quiero devorarla despacio.

Ella se acercó primero, sus labios rozando los de él en un beso tentativo. Sabían a mezcal y promesas. Las lenguas se enredaron, húmedas y urgentes, mientras sus manos exploraban. Cristo deslizó los dedos por su espalda, desatando el bikini con un tirón suave. Los senos de Pasión saltaron libres, pesados y perfectos, pezones oscuros erguidos como invitación.

Qué chingón te sientes, Cristo. Tócame más
—gimió ella, arqueando la espalda.

Él obedeció, amasando sus tetas con palmas ásperas de surfista, pellizcando los pezones hasta arrancarle jadeos. El olor de su excitación flotaba en el aire, almizclado y dulce, mezclándose con el jazmín. Pasión metió la mano en su short, envolviendo su verga dura como fierro. Era gruesa, venosa, palpitante. La masturbó despacio, sintiendo el precum lubricando su palma.

Se levantaron, tambaleantes de deseo, y entraron a la habitación. La luz de las velas danzaba en sus cuerpos desnudos. Cristo la tumbó en la cama, besando su cuello salado, bajando por el vientre suave hasta el monte de Venus depilado. Ella abrió las piernas, exponiendo su concha rosada, hinchada y reluciente de jugos.

Pasión cristo, qué delicia, pensó él, recordando cómo la gente en la playa la llamaba "la Pasión" por su vitalidad, y él, el eterno Cristo salvador de almas perdidas en fiestas. Pero esto era su pasión privada, cruda y santa a la vez.

Metió la lengua en su raja, lamiendo el clítoris con círculos lentos. Pasión se convulsionó, gimiendo ¡Ay, wey, no pares! El sabor era salado-dulce, como mar y miel. Chupó más fuerte, introduciendo dos dedos en su interior apretado, curvándolos para tocar ese punto que la hacía gritar. Ella se corrió primero, un chorro caliente mojando su barbilla, el cuerpo temblando como hoja en tormenta.

Ahora tú, cabrón. Quiero tu verga en mi boca
—exigió, poniéndose de rodillas.

Cristo se recargó en la cabecera, piernas abiertas. Pasión lo engulló entero, garganta profunda, saliva chorreando por las bolas. Él gruñó, enredando dedos en su melena, follando su boca con embestidas controladas. El sonido era obsceno: glug glug, mezclado con sus gemidos ahogados. Olía a sexo puro, sudor y deseo animal.

No aguantó más. La volteó boca abajo, nalga en pompa, y la penetró de un golpe. Su concha lo succionó como guante caliente, paredes aterciopeladas apretándolo. Embestía fuerte, piel contra piel plaf plaf, bolas golpeando su clítoris. Pasión clavaba uñas en las sábanas, gritando ¡Más duro, Cristo, rómpeme!

Cambiaron posiciones: ella encima, cabalgando como amazona, tetas rebotando hipnóticas. Él las chupaba, mordiendo, mientras sus caderas giraban en círculos mortales. El sudor los unía, resbaloso y caliente. Cristo sentía el orgasmo subiendo, bolas tensas.

Me vengo, Pasión... adentro
—avisó.

Sí, lléname, mi Cristo
—suplicó ella, contrayendo la concha.

Explotó en chorros espesos, llenándola hasta rebosar. Ella llegó de nuevo, milking su verga con espasmos, un alarido gutural rompiendo el silencio.

Colapsaron entrelazados, respiraciones jadeantes calmándose poco a poco. El aire olía a semen, concha y jazmín marchito. Cristo acariciaba su cabello húmedo, besando su frente perlada.

Esta pasión, Cristo, no es de un día. Es eterna, reflexionó él, mientras el mar cantaba su nana fuera. Pasión se acurrucó contra su pecho, la cruz tatuada latiendo bajo su mejilla.

Al amanecer, con el primer rayo filtrándose por las cortinas, se prometieron más noches así. No era solo sexo; era conexión profunda, dos almas enredadas en la danza del deseo mexicano, donde la pasión cristo ardía sin fin.

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