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En Que Año Se Estrenó La Pasión Que Nos Consumió

6818 palabras

En Que Año Se Estrenó La Pasión Que Nos Consumió

Era una noche calurosa en la Ciudad de México, de esas que te pegan el cuerpo a la sábana como si el diablo mismo te estuviera tentando. Yo, Karla, acababa de llegar de un trancazo en el antro del centro, con el tequila todavía quemándome la garganta y el ritmo de la cumbia rebajada retumbándome en las venas. Mi depa en la Condesa era mi refugio, con sus paredes pintadas de rojo pasión y el olor a jazmín que entraba por la ventana abierta. Me quité los tacones con un suspiro, sintiendo cómo el sudor me perlaba la piel bajo el vestido negro ceñido que marcaba cada curva de mi cuerpo prieto.

Entonces sonó el timbre. ¿Quién chingados a estas horas? pensé, mientras me asomaba por la mirilla. Era él, Diego, mi vecino del piso de arriba, ese pendejo alto y moreno con ojos que te desnudan sin piedad. Siempre andaba con su camiseta ajustada que dejaba ver los músculos de sus brazos, forjados en el gym del barrio. "Karla, carnala, ¿me prestas tu compu? La mía se atoró viendo una película vieja", dijo con esa voz grave que me erizaba la piel.

Lo dejé pasar, sintiendo ya el cosquilleo en el estómago. El aire se cargó de inmediato con su colonia masculina, mezclada al leve aroma de su sudor fresco. Se sentó en el sofá, abriendo la laptop sobre la mesita de centro. "¿Qué película?", pregunté, sentándome a su lado, tan cerca que nuestras piernas se rozaron. La tela de su pantalón contra mi muslo desnudo fue como una chispa. "Una clásica, La Pasión de Cristo. Me dio por recordar en qué año se estrenó La Pasión de Cristo. ¿Tú sabes, Karla? ¿En qué año se estrenó La Pasión de Cristo?"

¡Puta madre, qué pregunta tan random en plena madrugada! Pero su cercanía me distraía, el calor de su cuerpo invadiendo el mío.

Me reí bajito, inclinándome para teclear en la máquina. Nuestros hombros se tocaron, y sentí su aliento cálido en mi cuello. "Déjame checar, güey. Ahí está: se estrenó en 2004. Pero ¿para qué chingados ves eso ahora?" Nuestros ojos se cruzaron, y ahí estaba, esa mirada cargada de promesas prohibidas. La tensión que llevábamos meses acumulando, desde que nos topábamos en el elevador y él me guiñaba el ojo con picardía.

Acto uno completo: la escena estaba puesta. Diego dejó la laptop y se giró hacia mí, su mano grande posándose en mi rodilla. "No es la película lo que me interesa, Karla. Eres tú". Su voz era un ronroneo, y el roce de sus dedos subiendo por mi muslo envió ondas de calor directo a mi entrepierna. Yo no me quedé atrás; le pasé la mano por el pecho, sintiendo los latidos acelerados bajo la tela. "Pues ya sabes la respuesta, ¿no? Ahora cuéntame qué pasión traes tú".

Nos besamos como si el mundo se acabara esa noche. Sus labios eran firmes, con sabor a cerveza y deseo puro. Me levantó en brazos sin esfuerzo, llevándome a la cama mientras nuestras lenguas bailaban un tango salvaje. El colchón crujió bajo nuestro peso, y el olor de nuestras pieles mezclándose –mi perfume floral con su esencia terrosa– llenó la habitación. Me arrancó el vestido con urgencia, exponiendo mis senos al aire fresco, los pezones endureciéndose al instante por su mirada hambrienta.

En el medio del fuego, la tensión escalaba. Diego me besaba el cuello, mordisqueando suave, mientras sus manos exploraban cada centímetro. "Eres tan chingona, Karla, tan rica", murmuraba contra mi piel, su aliento caliente haciendo que me arqueara. Yo le quité la camisa, arañando levemente su espalda musculosa, sintiendo la aspereza de su vello bajo mis uñas. Bajé la mano a su pantalón, palpando la dureza que presionaba contra la tela. ¡Qué vergón tan impresionante, cabrón! pensé, mientras lo liberaba. Su miembro saltó libre, grueso y pulsante, con una gota de precúm brillando en la punta como invitación.

Dios mío, lo quería dentro ya, pero no, había que saborear el juego.

Lo empujé boca arriba, montándome a horcajadas. Mi humedad ya empapaba mis bragas, y al frotarme contra él, gemí fuerte. El sonido de nuestras respiraciones jadeantes, el slap suave de piel contra piel, el crujir de las sábanas... todo era sinfonía erótica. Lamí su pecho, bajando hasta su abdomen, saboreando la sal de su sudor. Cuando llegué a su sexo, lo tomé en mi boca, chupando lento, sintiendo cómo latía en mi lengua. Él gruñó, enredando sus dedos en mi cabello: "¡Ay, wey, me vas a matar!".

Pero yo controlaba el ritmo. Lo torturé con mi boca experta, succionando la cabeza mientras mi mano lo masturbaba firme. Su sabor almizclado me volvía loca, y mis jugos corrían por mis muslos. Finalmente, no aguantó más y me volteó, arrancándome las bragas de un tirón. "Ahora te toca a ti, mi reina", dijo, y su lengua se hundió en mi coño como un rayo. Lamía con maestría, chupando mi clítoris hinchado, metiendo dos dedos que curvaba justo en mi punto G. El placer era eléctrico; mis caderas se movían solas, el olor a sexo invadiendo todo, mis gemidos convirtiéndose en gritos: "¡Sí, Diego, así, no pares, pendejo!".

La intensidad subía como volcán. Sudábamos a mares, cuerpos resbalosos entrelazados. Me penetró de golpe, llenándome por completo. ¡Qué estirón tan delicioso! Empujaba profundo, mis paredes apretándolo como vicio. Nuestros cuerpos chocaban con sonidos húmedos, piel contra piel, el catre golpeando la pared. Yo clavaba las uñas en su culo, urgiéndolo más rápido. "Te sientes de poca madre adentro", jadeé, mientras él me mamaba los pechos, mordiendo los pezones hasta el dolor placentero.

Cambiábamos posiciones como en un baile frenético: yo encima, cabalgándolo salvaje, sintiendo su polla golpear mi cervix; él atrás, doggy style, azotando mi nalga con palmadas que resonaban y ardían delicioso. El clímax se acercaba, mis músculos tensándose, el mundo reduciéndose a esa fricción divina. "¡Me vengo, Karla!", rugió él, y yo exploté con él, oleadas de éxtasis sacudiéndome, mi coño contrayéndose alrededor de su verga mientras nos llenábamos de placer mutuo. Chorros calientes dentro de mí, mi squirt mojando las sábanas.

En el afterglow, nos quedamos abrazados, pieles pegajosas, corazones galopando al unísono. El aroma a sexo y sudor flotaba pesado, mezclado al jazmín de la noche. Diego me besó la frente: "Fue mejor que cualquier pasión de Cristo, ¿no?". Reí suave, acariciando su rostro. "En qué año se estrenó La Pasión de Cristo no importa; la nuestra apenas empieza, carnal".

Nos dormimos así, envueltos en sábanas revueltas, con la promesa de más noches como esta. México, con su calor eterno, había bendecido nuestra unión carnal.

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