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Récord El Deporte Nuestra Pasión

6769 palabras

Récord El Deporte Nuestra Pasión

El sol pegaba duro en la pista de atletismo del estadio Azteca, pero eso no me detenía. Yo era Ana, la corredora que había dedicado su vida a romper barreras. Récord el deporte nuestra pasión, decía el tatuaje en mi muñeca derecha, una frase que me repetía como un mantra cada vez que mis piernas ardían. Corría los 400 metros, y mi meta era el récord nacional femenino. Sudor chorreaba por mi frente, el aire olía a tierra caliente y goma quemada de las zapatillas. Cada zancada era un latido, un fuego que me consumía por dentro.

Aquí conocí a Diego, mi nuevo compañero de entrenamientos. Wey alto, musculoso, con esa piel morena brillando bajo el sol y ojos que te clavaban como tachuelas. Él era especialista en salto de altura, pero el coach nos juntó para sesiones cruzadas, pa' motivarnos mutuamente. La primera vez que lo vi saltar, su cuerpo se arqueaba en el aire como un felino, los músculos de sus piernas tensándose, el short ajustado marcando todo. Sentí un cosquilleo en el estómago, neta, algo que no era solo admiración deportiva.

¿Por qué carajos me pongo así con este carnal? me preguntaba mientras él aterrizaba con gracia, sacudiéndose el polvo. —¡Órale, Ana! ¡Esa vuelta que diste fue chida! —gritó, acercándose con una sonrisa pícara. Su voz grave me erizó la piel, y el olor a su sudor fresco, mezclado con el del desodorante mentolado, me invadió. Le respondí con un guiño, pero por dentro ya bullía una tensión que nada tenía que ver con las pesas.

Los días siguientes fueron puro fuego lento. Entrenábamos juntos al amanecer, cuando la pista estaba casi vacía y el rocío aún humedecía el tartán rojo. Diego me corregía la postura: sus manos grandes en mi cintura, ajustándome la cadera. —Así, mija, empuja desde aquí —decía, y sus dedos se hundían un poquito en mi piel, enviando chispas directo a mi entrepierna. Yo jadeaba no solo por el esfuerzo, el corazón latiéndome como tambor en las costillas. Tocábamos accidentalmente al estirar: su muslo contra el mío, duro como roble. El roce era eléctrico, y yo me mordía el labio pa' no gemir.

Una tarde, después de una sesión brutal donde casi rompo mi récord personal en los 200, nos quedamos solos en el vestidor mixto. El coach se había ido temprano. Yo me quitaba las zapatillas, los pies doliéndome delicioso, cuando Diego entró con una toalla al hombro. —Neta, Ana, eres una máquina. Récord el deporte nuestra pasión, ¿verdad? Lo vi en tu tattoo. —Señaló mi muñeca, acercándose. Su pecho subía y bajaba, el sudor delineando cada abdominal bajo la camiseta empapada.

Me quedé mirándolo, el aire cargado de nuestro aliento agitado. —Sí, carnal. Y tú no te quedas atrás —le dije, mi voz ronca. Se acercó más, y de pronto sus labios rozaron los míos. No fue un beso tímido; fue hambre pura. Sus manos en mi nuca, mi lengua danzando con la suya, sabor a sal y esfuerzo. Gemí bajito, sintiendo su erección presionando contra mi vientre. —Diego... —susurré, pero él ya me cargaba contra la pared fría de azulejos, contrastando con el calor de su cuerpo.

Esto es lo que necesitaba, neta. No solo correr, sino sentirme viva así, con él dentro de mí.

Me arrancó la playera con urgencia, exponiendo mis pechos al aire fresco. Sus labios bajaron a mis pezones, chupándolos con avidez, la barba incipiente raspando mi piel sensible. Yo arqueé la espalda, clavando uñas en sus hombros anchos. Olía a él por todos lados: ese aroma masculino, terroso, mezclado con el jabón de la regadera cercana. Bajé la mano a su short, palpando su verga dura, palpitante. —Qué chingona estás —gruñó, mientras yo la liberaba, acariciándola despacio, sintiendo las venas hinchadas bajo mis dedos.

Nos movimos al banco largo, donde caí de rodillas por instinto. Lo tomé en mi boca, saboreando la piel salada, el pre-semen dulce en mi lengua. Él jadeaba, enredando dedos en mi coleta. —Ana, cabrona... me vas a matar. —Sus caderas se mecían, pero yo controlaba el ritmo, lamiendo desde la base hasta la punta, mis labios hinchados por el roce. El sonido de su respiración entrecortada era música, más adictiva que cualquier récord.

Me levantó como si no pesara, quitándome el short y las panties de un jalón. Sus dedos exploraron mi concha empapada, resbaladizos de mis jugos. —Estás chorreando, mija —dijo con voz juguetona, metiendo dos dedos, curvándolos justo donde dolía rico. Yo me retorcía, las caderas moviéndose solas, el placer subiendo como ola. —¡Fóllame ya, pendejo! —le exigí, riendo entre gemidos. Él obedeció, colocándome a horcajadas sobre él en el banco.

Cuando su verga entró en mí, fue éxtasis puro. Llena, estirada, el roce interno mandando descargas por mi espina. Cabalgaba despacio al principio, sintiendo cada centímetro, mis tetas rebotando con el movimiento. Él me amasaba el culo, azotando suave, el sonido ecoando en el vestidor vacío. Aceleramos, piel contra piel chapoteando, sudor goteando entre nosotros. Olía a sexo crudo, a deseo desatado. —¡Más fuerte! —gritaba yo, y él embestía desde abajo, golpeando mi clítoris con precisión de atleta.

La tensión crecía, mis músculos tensándose como en una carrera final. Pensaba en nuestros entrenamientos, en cómo esta pasión era el verdadero récord. Sus manos en mi cintura guiándome, igual que en la pista. —Ven conmigo, Ana —gimió, y explotamos juntos. Mi orgasmo me sacudió como un sprint, paredes contrayéndose alrededor de él, jugos chorreando por sus bolas. Él se vació dentro, caliente, pulsando, un rugido gutural saliendo de su garganta.

Nos quedamos así, jadeantes, abrazados en el banco. Su cabeza en mi pecho, mi corazón aún galopando. El aire olía a nosotros, a clímax compartido. —Neta, esto fue mejor que cualquier medalla —dijo él, besándome la frente. Yo sonreí, trazando su tattoo similar en el brazo: récord el deporte nuestra pasión, pero ahora con doble sentido.

Los días siguientes, entrenábamos con nueva energía. Cada mirada era promesa, cada toque recordatorio. Rompí el récord en la competencia regional, cruzando la meta con su imagen en mente. Después, en el hotel, repetimos la dosis: cuerpos enredados en sábanas revueltas, explorando cada rincón. Sus labios en mi cuello, mordisqueando; mis uñas arañando su espalda mientras me penetraba lento, profundo. Gemíamos nombres, sudando juntos, el placer building hasta otra liberación compartida.

Ahora, cada vez que corro, siento esa pasión doble: el deporte y él. Récord el deporte nuestra pasión. No hay vuelta atrás. Somos adictos, carnales en todos los sentidos, listos pa' romper más barreras, en la pista y en la cama.

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