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La Rosa de Guadalupe Pasión

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La Rosa de Guadalupe Pasión

Me llamo Rosa Guadalupe, pero todos me dicen Lupe, como la virgencita de la tele. Vivo en un departamentito chido en la colonia Roma, con vista a los jacarandas que se pintan de morado cada primavera. Esa noche, el calor de abril me tenía sudando bajo el aire acondicionado que apenas jalaba. Prendí la tele para ver La Rosa de Guadalupe, mi guilty pleasure de siempre. La historia de una morra que encuentra consuelo en la fe, pero yo, neta, andaba con el alma revuelta. Hacía meses que no salía con nadie, y el cuerpo me pedía a gritos algo más que rezos.

El olor a tortillas calentándose en la comal de la vecina se colaba por la ventana entreabierta, mezclado con el perfume dulce de las flores del mercado de la esquina. Me recargué en el sofá, con las piernas cruzadas, sintiendo el roce suave de mi short de algodón contra la piel. En la pantalla, la protagonista lloraba, pidiendo un milagro.

¿Y yo qué pido, Virgen santísima? ¿Un hombre que me haga olvidar esta soledad?
pensé, mientras un cosquilleo traicionero me subía por el vientre.

De repente, un golpe en la puerta me sacó del trance. Era Alejandro, mi vecino del piso de arriba, el wey que siempre me guiñaba el ojo en el elevador. Alto, moreno, con esa sonrisa pícara que dice te comería entera. Traía una botella de mezcal en la mano y el pelo revuelto como si acabara de salir de la regadera.

Órale, Lupe, ¿todo bien? Te oí suspirar hasta de arriba, dijo con esa voz grave que me erizaba la piel. Lo invité a pasar sin pensarlo dos veces. Olía a jabón fresco y a esa colonia barata pero adictiva que usaba, como madera quemada y limón. Se sentó a mi lado, demasiado cerca, y el calor de su muslo rozó el mío. Hablamos de la tele, de lo cursi que era La Rosa de Guadalupe, pero sus ojos no se despegaban de mis labios.

¿Sabes qué, carnala? A veces la pasión es el verdadero milagro, murmuró, y su mano se posó en mi rodilla, suave como una caricia de pluma. Sentí el pulso acelerarse, el corazón latiéndome en los oídos como tambores de una fiesta en la plaza. No lo detuve. Al contrario, me incliné hacia él, oliendo su aliento a menta del chicle que masticaba.

Acto primero: la chispa. Sus labios tocaron los míos, primero tentativos, como probando el agua de una alberca tibia. Sabían a sal y a deseo reprimido. Gemí bajito cuando su lengua se coló, explorando mi boca con hambre. Mis manos subieron por su espalda, sintiendo los músculos tensos bajo la playera delgada. Qué rico se siente esto, Virgen, perdóname, pensé, mientras el beso se volvía feroz, dientes rozando, lenguas enredándose en un baile húmedo y caliente.

Me levantó en brazos como si no pesara nada, y me llevó a la recámara. La luz de la luna se filtraba por las cortinas, pintando su piel de plata cuando se quitó la camisa. Lo toqué, maravillada por el calor de su pecho, los vellos oscuros que bajaban hasta su ombligo. Olía a sudor limpio, a hombre puro. Se arrodilló frente a mí, besando mi cuello, bajando por el escote de mi blusa. Eres una diosa, Lupe, más santa que la de la tele, susurró, y yo reí, nerviosa, excitada.

Acto segundo: la hoguera. Me quitó la ropa despacio, saboreando cada centímetro. Sus dedos trazaron mi cintura, mi cadera, deteniéndose en mis pechos. Los lamió, chupó los pezones hasta ponérmelos duros como piedras, enviando descargas eléctricas directo a mi entrepierna.

Neta, Alejandro, me traes loca
, le dije, jadeando. Él sonrió, ese pendejo encantador, y bajó más. Sus manos separaron mis muslos, y sentí su aliento caliente ahí, donde ya estaba empapada.

La lengua de él era fuego líquido. Lamió despacio, saboreándome como si fuera el mejor tequila del mundo. Estás deliciosa, mi amor, dulce como tamarindo. Gemí fuerte, arqueando la espalda, el sonido de mis propios jadeos rebotando en las paredes. El olor a sexo empezaba a llenar la habitación, almizclado y embriagador. Introdujo un dedo, luego dos, curvándolos justo donde dolía de placer. Mi clítoris palpitaba bajo su boca, succionado con maestría. No pares, cabrón, ay Dios, supliqué, agarrando sus mechones.

Pero quería más. Lo jalé arriba, desabrochando su jeans con dedos temblorosos. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, lista para mí. La tomé en la mano, sintiendo su calor pulsante, el terciopelo sobre acero. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando el gusto salado de su pre-semen. Él gruñó, Chingao, Lupe, eres una experta, y me penetró la boca con cuidado, follándome la garganta suave.

La tensión crecía como tormenta en el Popo. Me puse encima, frotándome contra él, lubricándonos mutuamente. Te quiero dentro, ya, le rogué. Se hundió en mí de un solo empujón, llenándome hasta el fondo. ¡Ay, qué rico! grité, el estiramiento delicioso, el roce de su pubis contra mi clítoris. Cabalgamos juntos, piel contra piel sudorosa, el slap-slap de cuerpos chocando como aplausos obscenos. Sus manos amasaban mis nalgas, guiándome más profundo. Sudor goteaba de su frente a mis tetas, salado en mi lengua cuando lo lamí.

Internamente, la batalla:

Esto es pecado, pero qué pecado tan chingón. Como si la Rosa de Guadalupe cobrara vida en pasión pura
. Él me volteó, de perrito, embistiéndome fuerte. Cada golpe rozaba mi punto G, ondas de placer acumulándose. Oí sus bolas golpeando mi culo, el squelch húmedo de mi coño tragándoselo todo. Vente conmigo, mi vida, jadeó, y el mundo explotó.

Acto tercero: el éxtasis. Mi orgasmo llegó como avalancha, contracciones apretándolo, chorros de placer mojando las sábanas. Él se corrió segundos después, caliente dentro de mí, gruñendo mi nombre. Lupe, La Rosa de Guadalupe en pasión total, murmuró entre espasmos. Colapsamos, enredados, respiraciones agitadas calmándose poco a poco.

Después, en el afterglow, su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón volver a normal. El olor a sexo y sudor nos envolvía como manta tibia. Besé su frente, sintiendo paz profunda. Esto fue mi milagro, Alejandro. No el de la tele, sino el nuestro. Él rio bajito, Y habrá más, mi santa pecadora. Afuera, la ciudad ronroneaba con cláxones lejanos y risas de borrachos. Yo cerré los ojos, sabiendo que La Rosa de Guadalupe pasión era ahora mi historia, escrita en carne y alma.

Desde esa noche, cada vez que prendo la tele, sonrío. La fe no es solo rezos; a veces, es entregarse al fuego que arde adentro.

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