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Pasión Capítulo 46 Fuego en la Piel (1)

7198 palabras

Pasión Capítulo 46 Fuego en la Piel

La lluvia golpeaba con fuerza las ventanas de mi departamento en la Condesa, ese sonido constante que me ponía los nervios de punta, como si el cielo mismo estuviera celoso de lo que iba a pasar esa noche. Hacía una semana que no veía a Marco, mi carnal, el wey que me volvía loca con solo una mirada. Él llegaba de un viaje de negocios en Guadalajara, y yo ya traía el cuerpo encendido solo de imaginarlo. Órale, Ana, cálmate, me dije mientras preparaba unas quesadillas de flor de calabaza, el olor a epazote y queso derretido llenando el aire, mezclado con el aroma de la tierra mojada que entraba por la rendija de la ventana.

El timbre sonó, y mi corazón dio un brinco. Abrí la puerta y ahí estaba él, empapado, con esa sonrisa pícara que me deshacía. "¡Mi reina!", gritó abrazándome fuerte, su cuerpo húmedo pegándose al mío, el calor de su piel traspasando la camisa mojada. Olía a tequila y a carretera, a aventura y a pasión. Lo jalé adentro, cerrando la puerta con el pie, y nos besamos como si el mundo se acabara. Sus labios sabían a sal y a deseo, ásperos por la barba de varios días.

Pasión, capítulo 46: el reencuentro que quema como chile en nogada.

"Te extrañé, pendejo", le susurré al oído, mordiéndole el lóbulo suave. Él rio bajito, esa risa ronca que me erizaba la piel, y me cargó como si no pesara nada, llevándome a la sala. La luz tenue de las velas que había encendido parpadeaba, proyectando sombras danzantes en las paredes llenas de fotos nuestras en la playa de Puerto Vallarta. Me dejó en el sofá de piel suave, pero yo no quería esperar. Le quité la camisa de un tirón, mis uñas rozando su pecho ancho, cubierto de un vello oscuro que me volvía loca. Sentí sus músculos tensos bajo mis dedos, el latido acelerado de su corazón contra mi palma.

"¿Qué traes puesto debajo, mi amor?", me preguntó con voz grave, sus manos grandes subiendo por mis muslos, levantando mi falda corta. Yo traía un tanga de encaje rojo, chiquito, que apenas cubría lo que ya estaba húmedo por él. "Ven y averígualo, wey", le contesté juguetona, arqueando la espalda para que viera cómo mis pechos se apretaban contra la blusa. El aire estaba cargado, espeso, con el olor de nuestra excitación empezando a mezclarse con el de la comida que se enfriaba en la cocina.

Nos movimos al ritmo de la lluvia, él besándome el cuello, lamiendo la gota de sudor que bajaba por mi clavícula. Cada roce era eléctrico, como chispas en la piel. Le desabroché el pantalón, sintiendo su verga dura presionando contra la tela, gruesa y lista. "Neta, te necesito ya", gemí, mientras él me quitaba la blusa, exponiendo mis tetas llenas, los pezones duros como piedras rosadas. Los tomó en su boca, chupando con hambre, su lengua girando en círculos que me hacían jadear. El sonido de su succión, húmedo y obsceno, se mezclaba con mis moans, y el calor entre mis piernas crecía, un pulso insistente que pedía más.

Pero no quería que fuera rápido. Esta era nuestra pasión capítulo 46, el capítulo donde el deseo se cocina lento como un mole poblano. Lo empujé suave al sofá y me subí encima, frotándome contra él a través de la ropa. Sentía su dureza rozando mi clítoris hinchado, y cada movimiento mandaba ondas de placer por mi espina. "Mírame, Marco", le ordené, tomando su cara entre mis manos. Sus ojos cafés, intensos, me devoraban, llenos de ese amor feroz que nos unía desde hace dos años. "Eres mía, neta", murmuró, sus caderas subiendo para presionar más.

Me bajé el tanga despacio, dejándolo caer al piso con un sonido suave. El aire fresco rozó mi coño mojado, haciendo que temblara. Él se lamió los labios, y yo me abrí para él, mostrándole lo rosado y brillante que estaba. "Qué chingón verte así", dijo, metiendo dos dedos gruesos adentro, curvándolos justo en ese punto que me volvía loca. Gemí fuerte, el sonido rebotando en las paredes, mientras él me follaba con los dedos, lento al principio, luego más rápido, su pulgar masajeando mi clítoris en círculos perfectos. Olía a mí, a mi excitación dulce y salada, y él se inclinó para probar, su lengua plana lamiendo desde mi entrada hasta arriba, chupando como si fuera el mejor tequila de la vida.

Mis manos enredadas en su pelo, tirando suave, guiándolo. "Más, cabrón, no pares", suplicaba, mis caderas moviéndose solas contra su boca. Sentía la barba raspándome los muslos internos, una deliciosa aspereza que contrastaba con la suavidad de su lengua. El orgasmo se acercaba, un nudo apretándose en mi vientre, pero lo detuve. "Quiero sentirte dentro", le dije, bajándome para desabrocharle el pantalón del todo. Su verga saltó libre, venosa y palpitante, la cabeza brillando con pre-semen. La tomé en mi mano, masturbándolo lento, sintiendo la piel sedosa sobre la dureza de acero. Él gruñó, un sonido animal que me mojó más.

Me posicioné encima, rozando la punta contra mi entrada, lubricándonos mutuamente. Bajé despacio, centímetro a centímetro, gimiendo al sentirlo estirándome, llenándome por completo. "¡Ay, wey, qué rico!", exclamé, mis paredes apretándolo como un guante caliente. Empecé a moverme, subiendo y bajando, mis tetas rebotando con cada embestida. Él me agarraba las nalgas, amasándolas fuerte, sus dedos hundiéndose en la carne suave. El sonido de piel contra piel, chapoteante por mis jugos, llenaba la sala, junto con nuestros jadeos y la lluvia incesante afuera.

Aceleramos, el sudor perlando nuestras pieles, resbaloso y salado. Lamí una gota de su pecho, saboreando su esencia masculina, mientras él me chupaba los pezones, mordiendo suave. Sentía cada vena de su verga rozando mis paredes sensibles, golpeando ese spot profundo que me hacía ver estrellas. "Ven conmigo, mi amor", me susurró, su voz quebrada por el placer. El clímax nos golpeó como un rayo, mi coño contrayéndose alrededor de él en espasmos, ordeñándolo mientras él se vaciaba dentro, chorros calientes que me llenaban hasta rebosar. Grité su nombre, el mundo explotando en colores, mi cuerpo temblando incontrolable.

Caímos juntos, exhaustos, su verga aún palpitando dentro de mí. Nos quedamos así, abrazados, el sudor enfriándose en nuestra piel, el olor a sexo impregnando todo. La lluvia amainaba, dejando un goteo suave. "Eso fue épico, carnal", murmuró él, besándome la frente. Yo sonreí, trazando círculos en su pecho con la uña.

Fin del capítulo 46. Pero la pasión nunca termina.

Nos levantamos lento, riendo por lo pegajosos que estábamos, y fuimos a la regadera. Bajo el agua caliente, nos enjabonamos mutuamente, manos explorando de nuevo, pero esta vez tiernas, llenas de cariño. Salimos envueltos en toallas, comimos las quesadillas frías pero ricas, hablando de planes para Acapulco el fin de semana. En la cama, nos acurrucamos, su brazo alrededor de mi cintura, su respiración calmada contra mi nuca. Me sentía completa, empoderada, dueña de este amor que ardía como fuego eterno. Mañana sería otro día, pero esta noche, pasión capítulo 46 había sellado nuestro lazo más fuerte que nunca.

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