Relatos Prohibidos
Inicio Hetero Orgullo y Pasion Capitulos Completos Orgullo y Pasion Capitulos Completos

Orgullo y Pasion Capitulos Completos

7394 palabras

Orgullo y Pasion Capitulos Completos

Ana ajustó el escote de su vestido rojo fuego mientras entraba al salón de fiestas en Polanco. La luz de los candelabros bailaba sobre su piel morena, y el aroma a jazmín de su perfume se mezclaba con el humo ligero de los cigarros cubanos que flotaba en el aire. México City bullía esa noche, con el eco distante de un mariachi en alguna terraza cercana. Ella era Ana Salazar, abogada de thirty y tantos, con un orgullo que la hacía caminar como si el mundo le debiera algo. No toleraba pendejos que se creyeran más.

Entonces lo vio. Diego Reyes, el arquitecto que le había robado un cliente esa semana. Alto, con hombros anchos bajo el traje negro impecable, ojos cafés que ardían como tequila reposado. Se acercó con una sonrisa de lado, copa en mano.

–Vaya, la reina del orgullo por fin aparece –dijo él, voz grave como un ronroneo.

Ana sintió un cosquilleo en la nuca, pero levantó la barbilla.

–Y el rey de la arrogancia ya anda presumiendo. ¿Qué, no tienes clientes que atender, güey?

Él rio, un sonido profundo que vibró en el pecho de ella. El roce accidental de sus dedos al chocar copas envió una chispa eléctrica por su brazo.

¿Por qué carajos me acelera el pulso este tipo?
pensó Ana, mientras el calor de su mirada la desnudaba sin piedad.

La noche avanzó con bailes y pláticas punzantes. Cada palabra era un duelo de orgullo, pero debajo latía algo más: una pasión contenida, como el volcán que Ana sentía bullir en su vientre. Diego la provocaba con anécdotas de sus viajes por la Riviera Maya, describiendo playas donde el sol lamía la piel como una lengua ansiosa. Ella contraatacaba con historias de juicios ganados, su voz temblando ligeramente cuando sus rodillas se rozaban bajo la mesa.

Al final de la velada, solos en la terraza con vista a las luces de Reforma, el viento fresco jugaba con el cabello de Ana. Diego se acercó tanto que olió a él: sándalo y hombre puro.

–Admítelo, Ana. Esto entre nosotros no es solo orgullo. Es pasión.

Ella tragó saliva, el corazón latiéndole como tambores huicholes.

–Tal vez. Pero no te la voy a hacer fácil, pendejo.

Acto primero completado. La tensión era palpable, como el aire antes de la tormenta en el desierto de Sonora.

Al día siguiente, Ana no podía concentrarse en su oficina en Santa Fe. El recuerdo de sus labios casi rozándose la noche anterior la tenía inquieta.

¡Neta, qué chingón se ve desnudo de camisa! No, para, Ana, enfócate.
Se mordió el labio, sintiendo un pulso traicionero entre las piernas. Su orgullo le gritaba que lo ignorara, pero el cuerpo pedía más.

El destino –o un mensaje de WhatsApp– intervino. Diego la invitó a un café en la Roma, "para cerrar la cuenta del cliente". Ella aceptó, disfrazando su deseo de curiosidad profesional.

En la cafetería, con el aroma a café de chiapas y pan dulce flotando, la charla derivó rápido. Él confesó que su orgullo lo había cegado siempre, pero verla a ella lo había despertado. Ana, con las mejillas ardiendo, admitió que su pasión por ganar batallas la aislaba.

–Quiero explorarte, Ana. Sin máscaras.

Sus manos se encontraron sobre la mesa, piel cálida contra piel. El toque fue como fuego: sus dedos trazaron venas, pulgares rozando nudillos. Ella sintió el calor subir por su brazo, hasta endurecerle los pezones bajo la blusa de seda.

–Vamos a mi depa –murmuró él, ojos oscuros de promesas.

En el elevador del edificio de Diego en Condesa, el espacio se achicó. Sus cuerpos se pegaron, respiraciones entrecortadas. Ana olió su loción, sintió el bulto creciente contra su cadera. Esto es orgullo y pasion capitulos completos, pensó ella, riendo por dentro. Capítulo dos: la rendición.

Adentro, la puerta apenas cerró cuando sus bocas chocaron. Besos hambrientos, lenguas danzando con sabor a café y anhelo. Diego la levantó contra la pared, manos firmes en sus muslos. Ana gimió, uñas clavándose en su nuca, el vestido subiéndose por sus caderas. El sonido de la tela rasgando ligeramente fue música erótica.

Él la llevó al sofá de piel suave, depositándola como un tesoro. Sus labios bajaron por su cuello, lamiendo el sudor salado, mordisqueando la clavícula hasta que ella arqueó la espalda. –Más, cabrón, no pares, jadeó Ana, voz ronca.

Diego desabrochó su blusa con dientes, exponiendo sus senos plenos. El aire fresco los erizó, pero su boca caliente los reclamó: succiones profundas, lengua girando en pezones duros como piedras preciosas. Ana olió su propia excitación, almizclada y dulce, mientras sus manos bajaban a la cremallera de él.

Libre, su verga saltó, gruesa y venosa, palpitante. Ana la tocó, piel aterciopelada sobre acero, sintiendo el pulso acelerado.

¡Qué mamada de tamaño, güey! Esto va a doler rico.
Lo masturbó lento, pulgar en la punta húmeda, mientras él gemía contra su piel.

La tensión escalaba. Diego la volteó, besando su espalda desnuda, bajando hasta las nalgas redondas. Manos separando carne, lengua explorando su centro húmedo. Ana gritó, el placer como rayos: lamidas largas, chupadas en el clítoris hinchado. Su sabor, salado y dulce como mango maduro, lo enloqueció. Ella se mecía contra su cara, olor a sexo llenando la habitación, sonidos chapoteantes ecoando.

Capítulo tres en marcha. El orgullo se derretía en sudor compartido.

Ana no aguantó más. Lo empujó al sofá, montándolo como amazona. Su verga entró despacio, estirándola, llenándola hasta el fondo. –¡Ay, Dios, qué chido! exclamó ella, paredes internas apretándolo. Subió y bajó, senos rebotando, manos de él en sus caderas guiando el ritmo.

El slap-slap de piel contra piel era hipnótico, mezclado con gemidos guturales. Diego la miró, ojos vidriosos de lujuria: –Eres fuego, nena, quémame. Ella aceleró, clítoris rozando su pubis, oleadas de placer construyéndose como tormenta en el Pacífico.

Cambiaron: él encima, embestidas profundas, sudor goteando de su pecho al de ella. Ana envolvió piernas en su cintura, uñas arañando su espalda. El olor a sexo intenso, a machos en celo, la embriagaba. Sentía cada vena de él frotando sus paredes, el glande golpeando su punto G.

–¡Me vengo, pendejo! –gritó Ana, cuerpo convulsionando, jugos empapando sábanas. El orgasmo la sacudió: visión borrosa, pulsos en oídos como taqueria en hora pico, placer explotando en estrellas.

Diego la siguió, gruñendo como toro, semen caliente llenándola en chorros. Colapsaron, cuerpos temblando, respiraciones sincronizadas. Su peso sobre ella era gloria, piel pegajosa, corazones galopando al unísono.

En el afterglow, acurrucados bajo sábanas revueltas, Diego trazó círculos en su vientre. El aroma a sexo persistía, mezclado con su perfume.

–Esto fue más que orgullo –susurró él.

–Fue pasión, capitulos completos de nosotros –respondió Ana, besándolo suave.

Se quedaron así, en la quietud de la noche condesa, con el rumor de la ciudad como banda sonora. Su orgullo ahora era compartido, su pasión un lazo eterno. Fin del capítulo final, pero el inicio de muchos más.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatosprohibidos.net.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.