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La Pasion Segun San Mateo

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La Pasion Segun San Mateo

La noche en la Ciudad de México se sentía cargada de promesas, con el aire fresco de la colonia Roma trayendo ecos de jazmines y tacos asados de la esquina. Ana caminaba hacia la casa de cultura privada, un lugar chido donde daban conciertos íntimos para gente con gusto refinado. Vestía un vestido negro ajustado que le marcaba las curvas, sintiendo el roce suave de la tela contra su piel morena mientras subía las escaleras. ¿Por qué vine sola? se preguntó, pero la invitación había llegado de una amiga, hablando de un concierto de música clásica que prometía mover el alma.

Adentro, el salón estaba iluminado por luces tenues, velas parpadeando sobre mesas con copas de vino tinto. El aroma a madera pulida y perfume caro flotaba en el aire. Ana se sentó en una de las sillas tapizadas, su corazón latiendo un poco más rápido cuando las notas iniciales de La Pasion Segun San Mateo llenaron el espacio. Las voces del coro, graves y elevadas, hablaban de sufrimiento y redención, pero en su mente retorcían hacia algo más carnal, más vivo. Sintió un cosquilleo en la nuca, como si la música la acariciara.

Entonces lo vio. Mateo, el director invitado, estaba de pie frente al pequeño ensamble. Alto, con cabello oscuro ondulado y una barba recortada que le daba un aire de santo moderno. Sus ojos, negros como el café de olla, barrieron la sala y se clavaron en ella por un segundo eterno. San Mateo, murmuró alguien cerca, riendo bajito. El wey parece sacado de un cuadro religioso, pero qué ojos tan cabrones. Ana sonrió para sí, sintiendo calor subirle por el pecho.

¿Será que esa pasión de la música lo enciende por dentro como a mí?

El concierto avanzaba, las cuerdas del violín gimiendo como un amante herido, los coros elevándose en oleadas que le erizaban la piel. Ana cerró los ojos, imaginando manos fuertes sobre sus hombros, un aliento cálido en su oreja. Cuando terminó el primer acto, aplausos llenaron el salón. Se levantó para estirar las piernas y, órale, ahí estaba él, ofreciéndole una copa.

Qué chingonería de concierto, ¿no? —dijo ella, aceptando el vino, sus dedos rozando los de él. El contacto fue eléctrico, piel contra piel, cálida y firme.

La Pasion Segun San Mateo siempre me pone la piel chinita —respondió Mateo con voz grave, como el bajo del coro—. Es sobre entrega total, ¿sabes? Sufrir por lo que amas. —Sus ojos la recorrían sin disimulo, deteniéndose en el escote donde su pecho subía y bajaba.

Hablaron de música, de la ciudad, de cómo el bullicio de los tacos al pastor contrastaba con esta solemnidad. Ana sintió su deseo crecer, un pulso húmedo entre las piernas. Él era culto pero callejero, usando palabras como neta y pendejo con cariño cuando contó anécdotas de su juventud en Guadalajara. Este wey me va a volver loca, pensó ella, oliendo su colonia amaderada mezclada con sudor fresco.

El segundo acto empezó, pero Ana apenas lo oyó. Estaban sentados juntos ahora, sus muslos rozándose bajo la mesa. La música arreciaba, coros gritando ¡Mi señor!, y ella imaginaba su boca en su cuello. Cuando terminó, Mateo la tomó de la mano.

—Ven, te enseño algo privado —susurró, llevándola por un pasillo a una habitación lateral, una biblioteca con libros antiguos y un sofá de cuero. Cerró la puerta, el clic del seguro como una promesa.

Afuera, los aplausos lejanos; adentro, solo su respiración acelerada. Mateo se acercó, su mano en su cintura, atrayéndola. Ana alzó la cara, labios entreabiertos, y él la besó. Fue lento al principio, lenguas explorando con sabor a vino y menta, sus barbas raspando su piel suave. Qué rico sabe, como chocolate con chile.

Esto es la pasión real, no la de la música, sino la que quema por dentro.

Las manos de él subieron por su espalda, bajando la cremallera del vestido con deliberada lentitud. La tela cayó, revelando sus senos firmes, pezones endurecidos por el aire fresco y la anticipación. Mateo gimió bajito, mamacita, qué tetas tan perfectas, y los tomó en sus palmas callosas de tanto dirigir orquestas. Ana jadeó, sintiendo el calor de su boca cerrarse sobre uno, lengua girando, succionando con fuerza que le mandaba chispas directo al clítoris.

Ella no se quedó atrás. Sus dedos desabotonaron su camisa, revelando un pecho velludo, músculos tensos. Olía a hombre, a sudor limpio y deseo crudo. Bajó la mano a su pantalón, sintiendo la verga dura como piedra presionando contra la tela. ¡Qué vergón tan choncho! pensó, riendo para sí mientras la liberaba. Gruesa, venosa, con una gota de precum brillando en la punta. La acarició despacio, arriba y abajo, oyendo sus gruñidos roncos que rivalizaban con los coros de hace rato.

Mateo la levantó en brazos, sentándola en el escritorio de madera, libros cayendo al suelo con un thud sordo. Le abrió las piernas, besando el interior de sus muslos, lamiendo hasta llegar a su panocha empapada. El olor a excitación femenina lo enloqueció; metió la lengua, saboreando su jugo salado y dulce, chupando el clítoris hinchado mientras ella se arqueaba, uñas clavándose en su cabello.

¡Ay, cabrón, no pares! ¡Así, chúpame más! —gimió Ana, caderas moviéndose contra su cara, el sonido húmedo de su lengua follándola resonando en la habitación.

Él se incorporó, ojos fieros como San Mateo en el cuadro, y la penetró de un solo empujón. Ana gritó de placer, sintiendo cómo la llenaba por completo, estirándola, rozando ese punto adentro que la hacía ver estrellas. Empezaron a moverse, él embistiendo profundo, piel contra piel chapoteando, sus senos rebotando con cada choque. El escritorio crujía, libros volando, pero nada importaba más que el ritmo: lento, torturante, luego frenético.

Su verga me parte en dos, pero qué chido duele, qué rico me folla este santo pecador.

Ana lo envolvió con las piernas, talones presionando su culo firme, urgiéndolo más adentro. Sudor corría por sus cuerpos, mezclándose, goteando al suelo. Él mordió su hombro, dejando una marca roja, y ella arañó su espalda, oyendo su piel rasgarse levemente. El clímax se acercaba, tensión enredándose como las cuerdas del violín en La Pasion Segun San Mateo, building up hasta explotar.

¡Me vengo, Ana, carajo! —rugió Mateo, su verga hinchándose, chorros calientes llenándola mientras ella contraía alrededor, olas de placer sacudiéndola, visión nublada, grito ahogado en su boca.

Colapsaron juntos, él aún dentro, pulsando, ella temblando en aftershocks. Besos suaves ahora, lenguas perezosas, cuerpos pegajosos de sudor y fluidos. Mateo la abrazó, acariciando su cabello revuelto.

Esta es mi pasión según San Mateo —murmuró él contra su oreja, riendo bajito—. No la de Bach, la mía contigo.

Ana sonrió, sintiendo un calor nuevo en el pecho, no solo físico. Afuera, la noche seguía, pero adentro habían creado su propio oratorio de gemidos y susurros. Se vistieron despacio, dedos juguetones robando caricias finales, prometiendo más noches así. Al salir, la música aún resonaba en su mente, pero ahora teñida de su aroma compartido, de piel marcada y promesas carnales.

En la calle, bajo las luces de neón, Ana caminó con paso ligero, el recuerdo de su pasión latiendo como un pulso secreto. La Pasion Segun San Mateo, pensó, versión mexicana, bien cogida y consentida.

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