Relatos Prohibidos
Inicio Hetero Mirar la Pasión de Cristo Mirar la Pasión de Cristo

Mirar la Pasión de Cristo

6908 palabras

Mirar la Pasión de Cristo

Estaba en las calles empedradas de San Miguel de Allende, con el sol del atardecer tiñendo todo de oro y el aroma a incienso flotando en el aire como un susurro pecaminoso. Era Semana Santa, y la gente se agolpaba para mirar la Pasión de Cristo, esa representación viva que cada año ponía la piel chinita a todos. Yo, Valeria, había venido sola, huyendo del ruido de la ciudad, buscando un poco de paz en medio de tanta devoción. Pero la neta, lo que buscaba era algo más carnal, algo que me hiciera olvidar las noches frías en mi cama vacía.

El Cristo de este año era un wey impresionante. Alto, moreno, con músculos que se marcaban bajo la túnica raída como si Dios mismo lo hubiera esculpido para tentar a las santas. Se llamaba Cristo, qué ironía, y cuando lo vi cargar la cruz, sudando a chorros, con el pecho jadeante y los ojos fieros de dolor fingido, sentí un cosquilleo entre las piernas que no era precisamente fe. ¡Puta madre, qué hombre! pensé, mordiéndome el labio mientras el olor a sudor masculino se mezclaba con el humo de las velas. La multitud gritaba "¡Perdónanos!", pero yo solo quería perderme en esos brazos fuertes.

La procesión avanzaba lenta, el tamborileo de los matracas retumbando en mi pecho como un corazón acelerado. Me colé más cerca, rozando cuerpos ajenos, hasta que quedé a unos metros de él. Su piel brillaba bajo las luces de las antorchas, y cada latigazo que le daban en la obra —falso, pero tan realista— me hacía apretar los muslos.

Imagínate si ese dolor se convirtiera en placer, si esos gemidos de agonía fueran de éxtasis...
Mi mente volaba, recordando la última vez que un carnal me había hecho gritar así. Hacía meses que no cataba varo de verdad, y este Cristo me estaba poniendo la boca seca y la concha húmeda.

Al final de la Pasión, cuando lo bajaron de la cruz y lo envolvieron en una sábana blanca, nuestros ojos se cruzaron. Él sonrió de lado, un guiño travieso que nadie más notó, y yo sentí que el mundo se detenía. La gente se dispersaba, pero yo me quedé, fingiendo ajustar mi rebozo. ¿Qué chingados estoy haciendo? Soy una pendeja por acercarme, me dije, pero mis pies ya me llevaban hacia él.

Órale, güerita, ¿te gustó la obra? —me dijo con voz ronca, quitándose el sudor de la frente con el dorso de la mano. Olía a tierra mojada y hombre puro, un perfume que me mareaba.

—Mucho, carnal. Sobre todo mirar la Pasión de Cristo tan... de cerca —respondí, juguetona, sintiendo el calor subir por mi cuello.

Se rio bajito, un sonido grave que vibró en mi vientre. —Ven, te invito un mezcal en la plaza. Para celebrar la resurrección, ¿no?

No lo pensé dos veces. Caminamos por las callecitas iluminadas con faroles, charlando de todo y nada. Se llamaba Cristo de verdad, actor de Guadalajara que cada año bajaba para esto. Hablador, coqueto, con manos grandes que rozaban las mías "sin querer". El mezcal llegó en vasos de barro, ahumado y fuerte, quemándome la garganta y soltándome la lengua.

—Neta, cuando te vi allá atrás, con los ojos bien abiertos, pensé: esta chava sabe lo que quiere —me confesó, su rodilla tocando la mía bajo la mesa de la fonda.

El deseo crecía como la marea. Mi piel hormigueaba donde nos rozábamos, y el pulso en mi cuello latía al ritmo de su respiración. Si no lo beso ya, me voy a volver loca. Le conté de mi vida en la ciudad, de cómo la rutina me tenía harta, y él de sus viajes, de cuerpos que había besado en escenarios lejanos. Cada palabra era un roce, cada mirada un latigazo de anticipación.

Terminamos en su hotelito colonial, una habitación con balcón a la parroquia y sábanas crujientes que olían a lavanda fresca. La puerta se cerró con un clic suave, y ahí fue cuando la tensión explotó. Me acorraló contra la pared, sus labios capturando los míos con hambre santa. Sabía a mezcal y sal, su lengua explorando mi boca como si fuera el Santo Grial. ¡Qué rico, wey! gemí en mi cabeza mientras sus manos grandes subían por mis caderas, arrugando mi falda huipil.

Te quiero desde que te vi mirando —murmuró contra mi cuello, mordisqueando la piel sensible hasta que arqueé la espalda.

Le arranqué la camisa, revelando ese torso que había admirado horas antes, ahora mío para devorar. Mis uñas trazaron sus abdominales duros, sintiendo los músculos contraerse bajo mi toque. Él gruñó, un sonido animal que me empapó más. Bajó mi blusa, liberando mis chichis, y los lamió con devoción, chupando los pezones hasta ponérmelos como piedras. El placer era eléctrico, rayos que bajaban directo a mi entrepierna.

Caímos en la cama, un enredo de piernas y jadeos. Sus dedos hábiles se colaron bajo mi calzón, encontrándome ya chorreando. "Estás bien mojada, nena", dijo con voz husky, metiendo dos dedos despacio, curvándolos para rozar ese punto que me hace ver estrellas. Gemí alto, moviendo las caderas contra su mano, oliendo mi propia excitación mezclada con su aroma masculino. Él aceleró, su pulgar en mi clítoris, mientras yo le bajaba el pantalón y liberaba su verga gruesa, venosa, palpitante. La apreté, sintiendo su calor, y él siseó entre dientes.

Fóllame, Cristo, como si fuera tu salvación —le supliqué, perdida en el delirio.

Se puso un condón con manos temblorosas —siempre responsable, qué chido— y me penetró de un empujón lento, llenándome hasta el fondo. ¡Ay, cabrón! El estiramiento era delicioso, su grosor rozando cada pared sensible. Empezó a moverse, primero suave, como una oración, después feroz, como la Pasión misma. La cama crujía, nuestros cuerpos chocaban con palmadas húmedas, sudor goteando entre nosotros. Lo monté, cabalgándolo con furia, mis tetas rebotando mientras él las amasaba. Sus ojos, esos ojos de mártir, ahora clavados en mí con lujuria pura.

El clímax llegó como un terremoto. Sentí las contracciones primero, mi concha apretándolo mientras gritaba su nombre. Él se corrió segundos después, rugiendo, su cuerpo tenso bajo el mío. Nos quedamos pegados, jadeando, el aire espeso con olor a sexo y sábanas revueltas.

Después, en la quietud, fumamos un cigarro en el balcón, mirando las luces de la iglesia. Su cabeza en mi hombro, su mano trazando círculos perezosos en mi muslo.

Esto fue más que una noche, fue mi propia Pasión
, pensé, sintiendo una paz profunda mezclada con el eco del placer.

—Vuelve el próximo año, güerita. Para mirar la Pasión de Cristo de nuevo —me dijo con una sonrisa.

Me fui al amanecer, con el cuerpo adolorido pero el alma satisfecha, sabiendo que San Miguel guardaría este secreto. La devoción puede ser religiosa o carnal, y anoche probé las dos.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatosprohibidos.net.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.