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La Pasion Desnuda del Actor de Barrabas en la Pasion de Cristo

7096 palabras

La Pasion Desnuda del Actor de Barrabas en la Pasion de Cristo

En el corazón de Polanco, donde las luces de los restaurantes brillan como estrellas caídas, Ana se acomodó en la mesa del lobby del hotel. Era una noche de esas que huelen a jazmín y a promesas, con el bullicio de la ciudad filtrándose por las puertas giratorias. Cubría el festival de cine para su blog, pero neta, lo que la tenía con el corazón latiéndole como tamborazo zacatecano era él: el actor de Barrabás en La Pasión de Cristo. Lo había visto en pantalla, ese tipo rudo, con ojos que prometían pecado, y ahora estaba aquí, en carne y hueso, invitado de honor.

Ana lo vio cruzar el lobby, alto, con esa barba incipiente que le daba un aire de bandido redimido. Su camisa blanca se pegaba un poco al pecho por el calor húmedo de la noche mexicana, y olía a colonia amaderada, mezclada con el sudor ligero de un vuelo largo. Órale, qué chingón está, pensó ella, sintiendo un cosquilleo en la piel de los brazos. Se acercó con su libreta en mano, profesional pero con las rodillas temblando.

Hola, soy Ana, de Erotismo en la Pantalla —dijo, extendiendo la mano—. Tu interpretación de Barrabás fue brutal, carnal. Ese tipo salvaje que escupía fuego... me dejó pensando toda la noche.

Él sonrió, una sonrisa lobuna que le arrugó las comisuras de los ojos. Se llamaba Luca, pero para ella siempre sería el actor de Barrabás en La Pasión de Cristo. Tomó su mano y la retuvo un segundo de más, su palma áspera rozando la suya suave.

¿Y si este cabrón me ve como a una fan cualquiera? No mames, Ana, contrólate, pero su toque quema como tequila reposado.

Charlaron un rato sobre el rodaje, las cruces pesadas, el polvo de Jerusalén falsa. Pero la tensión crecía como humedad en la piel. Luca la invitó a una copa en la terraza, y ella dijo que sí con un guiño. El viento nocturno jugaba con su vestido negro, ceñido a sus curvas, y él no quitaba la vista de sus labios carnosos.

La segunda copa llegó con hielo tintineando, y sus rodillas se rozaron bajo la mesa. Ana sintió el calor de su muslo contra el suyo, firme, invitador. Esto es chido, pero ¿hasta dónde? Su aroma la envolvía, mezcla de hombre maduro y aventura prohibida.

¿Sabes? Barrabás era libre, pero atado a sus demonios. Tú pareces libre, Ana —murmuró él, su voz grave como un ronroneo.

Ella rio bajito, el sonido vibrando en su pecho. Libre para chingarme esta noche, ¿no? pensó, y el deseo se enredó en su vientre como enredadera.

Subieron al elevador en silencio, el zumbido de la máquina amplificando sus respiraciones. Sus manos se encontraron primero, dedos entrelazados, luego su boca rozó su cuello. Ana jadeó, oliendo su piel salada, saboreando el pulso acelerado bajo su lengua.

En la suite, la puerta se cerró con un clic suave. Luca la arrinconó contra la pared, sus labios capturando los de ella en un beso hambriento. Sabía a whisky y a menta, su lengua explorando con la ferocidad de su personaje bíblico. Ana se arqueó, sintiendo sus manos grandes deslizarse por su espalda, bajando el zipper del vestido con deliberada lentitud. La tela cayó al piso, dejando su piel expuesta al aire fresco del acondicionado, pezones endureciéndose al instante.

Su mirada me devora, como si yo fuera la cruz que quiere cargar. Qué rico se siente ser deseada así, sin filtros, pura pasión mexicana.

Él se quitó la camisa, revelando un torso marcado por años de rodajes duros, músculos tensos que olían a sudor limpio y deseo. Ana pasó las uñas por su pecho, sintiendo el vello rizado bajo sus dedos, el latido fuerte de su corazón. Lo empujó hacia la cama king size, con sábanas de algodón egipcio que crujieron bajo su peso.

Se arrodilló sobre él, besando su abdomen, bajando hasta el borde de sus pantalones. Luca gruñó, un sonido gutural que vibró en el aire cargado de feromonas. Desabrochó su cinturón, liberando su verga dura, gruesa, palpitante. La tomó en la mano, sintiendo la piel aterciopelada sobre el acero, el calor irradiando a su palma. Él la miró, pidiendo permiso con los ojos.

Sí, cabrón, chúpamela primero —susurró ella, voz ronca.

Ana se inclinó, lengua rozando la punta salada, saboreando el precum que goteaba como néctar prohibido. Lo lamió despacio, círculos lentos, luego lo engulló hasta la garganta, oyendo sus gemidos roncos. Sus manos enredadas en su cabello, guiándola con ternura salvaje. El olor almizclado de su excitación la mareaba, el sabor intenso la hacía mojar entre las piernas.

Luca la volteó con facilidad, poniéndola boca arriba. Besó su interior de muslos, mordisqueando suave, subiendo hasta su chochito depilado, húmedo y abierto. Su lengua la invadió, chupando el clítoris con maestría, dedos curvándose dentro de ella rozando ese punto que la hacía arquearse. Ana gritó bajito, ¡Ay, wey, qué chido!, uñas clavándose en sus hombros. El sonido húmedo de su boca en ella, el roce de su barba contra sus labios sensibles, la llevaron al borde.

Pero él se detuvo, sonriendo pícaro. —No tan rápido, preciosa. Quiero sentirte completa.

Se colocó sobre ella, verga presionando su entrada. Ana abrió las piernas, invitándolo con las caderas. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. El ardor inicial dio paso a plenitud, su grosor llenándola hasta el fondo. Se movieron en ritmo, piel contra piel chapoteando, sudores mezclándose en un olor embriagador de sexo puro.

Es como si Barrabás hubiera cobrado vida, pero en vez de crimen, me da éxtasis. Su mirada clavada en la mía, conexión más allá de la carne.

Luca aceleró, embistiéndola profundo, sus pelotas golpeando su culo con palmadas rítmicas. Ana lo arañó, piernas enredadas en su cintura, gimiendo ¡Más, pendejo, dame más!. El clímax la golpeó como ola en Acapulco, contracciones apretándolo, jugos corriendo por sus muslos. Él la siguió, gruñendo su nombre, caliente semen llenándola en pulsos calientes.

Se derrumbaron, jadeantes, el aire pesado con el aroma de sus cuerpos unidos. Luca la besó la frente, suave ahora, trazando círculos en su espalda con dedos perezosos. Ana se acurrucó contra su pecho, oyendo su corazón calmarse, sintiendo la paz post-orgasmo como manta tibia.

Eres increíble, Ana. Como si hubieras despertado al verdadero Barrabás —dijo él, riendo bajito.

Ella sonrió, besando su piel salada. Neta, esta noche fue la pasión más santa y pecadora. Afuera, la ciudad seguía su ritmo, pero en esa cama, habían encontrado su propio cielo.

Al amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, se despidieron con promesas de más. Ana salió al pasillo, piernas flojas, sonrisa satisfecha. El actor de Barrabás en La Pasión de Cristo no solo actuaba pasión... la vivía. Y ella, ahora, era parte de su guion.

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