Huye Tambien de las Pasiones Juveniles
El bullicio de la fiesta en la terraza de ese rooftop en la Roma me envolvía como un abrazo caluroso de verano. El sol se había puesto hacía rato, dejando un cielo púrpura salpicado de luces de la ciudad que parpadeaban como promesas lejanas. Olía a tacos de asador humeando en la esquina, mezclado con el perfume dulce de las mujeres y el sharp del tequila reposado en los vasos. Yo, Ana, de veintiocho pirulos, con mi vestido negro ceñido que marcaba mis curvas justas, me repetía mi mantra mientras sorbía mi margarita: huye también de las pasiones juveniles. Neta, después de tanto desmadre en la uni y corazones rotos, juré que ya no más. Nada de güeyes que me hagan volar la cabeza con sus miradas calientes y toques casuales. Quería algo serio, o nada.
Pero ahí estaba él, Marco, recargado en la baranda con una cerveza en la mano, su camisa blanca arremangada dejando ver unos antebrazos morenos y fuertes, tatuados con un águila chiquita que recordaba nuestras pláticas de chavos. Lo vi de reojo y sentí un cosquilleo en el estómago, como cuando comes chile y se te sube todo. Órale, no mames, pensé, desviando la mirada hacia mis amigas que bailaban al ritmo de cumbia rebajada. Habíamos crecido juntos en Guadalajara, pero la vida nos separó: yo me fui a estudiar a Madrid, él se quedó armando su negocio de diseño gráfico. Ahora, en esta peda de reencuentro de la prepa, el destino era un pendejo juguetón.
—¡Ana, carnala! ¿Qué onda, güey? —su voz grave me llegó como un ronroneo, cortando el ruido de la música. Se acercó con esa sonrisa torcida, ojos cafés intensos que me escanearon de arriba abajo. Olía a colonia fresca, madera y un toque de sudor limpio del calor de la noche.
—¡Marco! Neta qué padre verte, ¿cómo ves? —le contesté, fingiendo calma mientras mi pulso se aceleraba. Nos dimos un abrazo rápido, su pecho duro contra el mío, y juro que sentí el calor de su piel a través de la tela.
Huye también de las pasiones juveniles, me dije, retrocediendo un paso.Pero él no soltó tan fácil.
Charlamos de todo: de los viejos tiempos, de cómo Guadalajara ya no era la misma, de sus tattoos nuevos y mi chamba en marketing digital. Cada risa suya me hacía sentir mariposas cabronas en el vientre. La música subió de volumen, un remix de Natalia Lafourcade que nos invitaba a movernos. —Vamos a echar el ojo al piso de baile —me dijo, extendiendo la mano. Su palma áspera rozó la mía, enviando chispas por mi espina.
Acto primero: la tensión inicial. Bailamos cerca, cuerpos rozándose accidentalmente al principio, pero pronto sus caderas se pegaron a las mías. Sentí su aliento en mi cuello, caliente y con sabor a cerveza. No, Ana, contrólate. Intenté alejarme, pero él me jaló suave. —¿Qué pasa, nena? ¿Ya no aguantas el ritmo como antes? —bromeó, su voz ronca cerca de mi oreja. El deseo crecía como una ola, mi piel erizándose con cada roce.
La noche avanzaba, y terminamos en una mesita apartada, rodillas tocándose bajo la mesa. Hablaba de sus viajes a Oaxaca, de mezcales ahumados que probó, y yo le contaba de las tapas locas en España. Pero en mi cabeza, el mantra resonaba: huye también de las pasiones juveniles. Sin embargo, sus ojos me atrapaban, y cuando su mano subió por mi muslo, despacio, bajo el vestido, un jadeo se me escapó. Consintiendo con una mirada, dejé que sus dedos exploraran, el calor entre mis piernas traicionándome.
—¿Vamos a otro lado? —preguntó, su voz un susurro cargado de promesas. Asentí, el corazón latiéndome en la garganta. Bajamos en su coche, un Jetta negro impecable, el viento de la noche azotando mi cabello mientras íbamos a su depa en Condesa. El trayecto fue silencio espeso, solo roto por su mano en mi rodilla, subiendo poco a poco.
Acto segundo: la escalada. Su departamento era chido, minimalista con plantas y arte mexicano en las paredes. Olía a incienso de copal y café recién hecho. Me sirvió un mezcal en un vasito de barro, y nos sentamos en el sofá de piel suave. —Siempre fuiste la que me volvía loco, Ana —confesó, su mirada devorándome. Yo, con el mezcal calentándome las venas, me acerqué. Nuestros labios se encontraron en un beso lento, saboreando el agave en su lengua. Sus manos en mi espalda, bajando el zipper del vestido con maestría.
¿Por qué huyo siempre? ¿De qué tengo miedo?pensé mientras su boca bajaba por mi cuello, mordisqueando suave, enviando ondas de placer. Me quitó el vestido, quedando en brasier de encaje negro y tanga. Él se desabrochó la camisa, revelando un torso definido, pectorales firmes con vello oscuro que invitaba a tocar. Lo empujé al sofá, montándome encima, sintiendo su verga dura presionando contra mí a través del pantalón.
El beso se volvió feroz, lenguas danzando, manos explorando. Lamí su pecho, saboreando la sal de su piel, mientras él gemía bajito, «Órale, mami, qué rico». Desabroché su belt, liberando su miembro grueso, venoso, palpitante. Lo acaricié despacio, sintiendo su calor en mi palma, el pulso acelerado. Él metió la mano en mi tanga, dedos hábiles encontrando mi clítoris hinchado, frotando en círculos que me hicieron arquear la espalda. Neta, esto es lo que necesitaba, jadeé en mi mente, el olor a sexo empezando a llenar el aire, almizcle dulce y sudor.
Me levantó como pluma, llevándome a la cama king size con sábanas frescas de algodón egipcio. Me tendió boca arriba, besando cada centímetro: pechos, endurecidos pezones que chupó con hambre, vientre tembloroso, hasta llegar a mi entrepierna. Su lengua experta lamió mis labios mayores, saboreando mi humedad, penetrando suave mientras yo agarraba sus cabellos, gimiendo alto. «¡Sí, cabrón, así!» grité, las caderas moviéndose solas. El placer subía como fuego, mis muslos temblando, el sonido de mis jadeos mezclándose con su succión húmeda.
Lo volteé, queriendo devorarlo. Tomé su verga en la boca, saboreando el precum salado, chupando profundo mientras él gruñía, manos en mi cabeza guiándome. Esto era mutuo, puro fuego consensual. La intensidad crecía, mi coño palpitando de necesidad. —Te quiero adentro, ya —le rogué, montándolo de nuevo. Su grosor me llenó centímetro a centímetro, estirándome delicioso, un gemido gutural escapando de ambos. Cabalgamos lento al principio, sintiendo cada embestida, piel contra piel chapoteando, sudados y brillantes.
Acto tercero: la liberación. Aceleramos, él de abajo golpeando profundo, manos en mis nalgas amasando. Yo clavaba uñas en su pecho, el clímax acercándose como tormenta. Olvida el huir, ríndete, pensé mientras explotaba, ondas de éxtasis sacudiendo mi cuerpo, contrayéndome alrededor de él. Él rugió, corriéndose dentro, caliente y abundante, colapsando juntos en un enredo de miembros temblorosos.
El afterglow fue paz pura. Yacíamos jadeantes, su cabeza en mi pecho, el olor a sexo y sudor envolviéndonos como manta. Acaricié su cabello húmedo, escuchando su respiración calmarse. —¿Ves? A veces no hay que huir —murmuró, besando mi piel.
Sonreí en la penumbra, el skyline de la ciudad titilando por la ventana.
Huye también de las pasiones juveniles... o tal vez no. Tal vez hay que abrazarlas, cuando son con el güey correcto.Dormimos entrelazados, el corazón lleno, sabiendo que esto era solo el principio de algo chingón.