Abismo de Pasion Capitulo 121 Fuego en las Venas
Sofía se recargaba en el balcón de su departamento en Polanco, con la brisa nocturna de la Ciudad de México rozando su piel como una caricia prometedora. El skyline brillaba con luces neón y el lejano rumor de los cláxones se mezclaba con el latido acelerado de su corazón. Hacía una semana que no veía a Alejandro, su chulo de ojos oscuros y manos firmes que la volvían loca. Cada noche soñaba con él, con el olor de su colonia mezclada con sudor fresco, el sabor salado de su cuello cuando lo mordía juguetona.
¿Por qué carajos tarda tanto este pendejo? Pienso, mientras mi cuerpo arde solo de imaginarlo aquí, presionándome contra la barandilla.
El deseo era un nudo apretado en su vientre, un calor que subía desde sus muslos hasta endurecerle los pezones bajo la blusa de seda ligera. Recordaba su última noche juntos, en esa playa de Cancún donde el mar lamía la arena como lengua ansiosa. "Abismo de pasion capitulo 121", murmuró para sí, riendo bajito, porque así bautizaban sus encuentros intensos, como capítulos de una telenovela privada donde el clímax nunca decepcionaba. Era su código secreto, un guiño pícaro a lo que ardía entre ellos.
De pronto, el sonido de la llave en la cerradura la sacó de su trance. Alejandro entró, alto y moreno, con la camisa entreabierta dejando ver el vello oscuro de su pecho. Sus ojos la devoraron de inmediato, hambrientos.
—Mi reina, aquí estoy. ¿Me extrañaste? —dijo con esa voz ronca que le erizaba la piel.
Sofía no respondió con palabras. Se lanzó a sus brazos, sintiendo el calor de su cuerpo grande contra el suyo. Sus labios se encontraron en un beso feroz, lenguas danzando con urgencia, saboreando el tequila que él traía en la boca, dulce y ardiente. Las manos de Alejandro bajaron por su espalda, apretando sus nalgas con fuerza posesiva pero tierna, haciendo que ella gimiera contra su boca.
—Órale, nena, estás más caliente que chile en nogada —susurró él, mordisqueándole el lóbulo de la oreja.
La llevaron adentro, tropezando con el sofá, riendo entre besos. El aire se llenó del aroma de su excitación mutua, ese olor almizclado que hacía que Sofía se mojara más. Ella tiró de la camisa de él, rasgando un botón en el afán, exponiendo su torso musculoso marcado por el gym. Sus dedos recorrieron los abdominales duros, sintiendo el pulso acelerado bajo la piel caliente.
En el centro del salón, iluminados por la luz tenue de una lámpara, se miraron. El conflicto latía entre ellos: una semana de llamadas calientes pero insuficientes, de promesas susurradas por teléfono. Sofía sentía el abismo abriéndose, ese vacío que solo él llenaba con su pasión desbordada.
—Te necesito dentro de mí, carnal —jadeó ella, quitándose la blusa con un movimiento fluido, dejando que sus senos libres rebotaran ante él.
Alejandro gruñó, un sonido gutural que vibró en el pecho de Sofía. La levantó en brazos como si no pesara nada y la llevó al cuarto, depositándola en la cama king size con sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda fresca. Se desvistió despacio, provocándola, dejando que ella viera cómo su verga se endurecía, gruesa y venosa, lista para ella. Sofía se lamió los labios, el sabor imaginado ya en su lengua.
Él se arrodilló entre sus piernas, separándolas con gentileza. Sus dedos trazaron la piel sensible de sus muslos internos, subiendo hasta el encaje húmedo de sus panties. El roce fue eléctrico, haciendo que ella arqueara la espalda.
Qué chido se siente su toque, pensó Sofía, mientras él bajaba la boca y lamía por encima de la tela, inhalando su esencia femenina con deleite.
—Estás empapada, mamacita. Todo por mí —murmuró, quitándole las panties y exponiendo su panocha rosada y hinchada.
La lengua de Alejandro exploró sin prisa, círculos lentos alrededor del clítoris, succionando suave hasta que Sofía gritó de placer. El sonido de su lamida chupante llenaba la habitación, mezclado con sus gemidos ahogados. Ella enredó los dedos en su cabello negro, guiándolo más profundo, sintiendo las contracciones en su vientre. El olor de su arousal era embriagador, salado y dulce como mango maduro.
Pero no quería acabar así. Lo jaló hacia arriba, besándolo para probarse en su boca, ese sabor íntimo que los unía más. Se voltearon, quedando ella encima, dominante por un momento. Montó su cadera, frotando su humedad contra la dureza de su pinga, lubricándola con sus jugos.
—Fóllame ya, wey. No aguanto más —exigió, con voz temblorosa de necesidad.
Alejandro sonrió pícaro, sus manos en sus caderas guiándola. Ella descendió despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo la estiraba, la llenaba hasta el fondo. El placer fue un rayo, haciendo que sus paredes internas se apretaran alrededor de él. Comenzaron a moverse, un ritmo lento al principio, piel contra piel chocando con palmadas suaves. El sudor perlaba sus cuerpos, goteando entre senos y abdomen, lubricando cada embestida.
El abismo se profundizaba. Sofía cabalgaba más rápido, sus senos rebotando, pezones rozando el pecho velludo de él. Alejandro gruñía, "¡Qué rico tu chochito, apriétame más!", mientras sus caderas subían para encontrarse con las de ella. El sonido era obsceno: carne húmeda golpeando, respiraciones entrecortadas, la cama crujiendo bajo ellos.
Internamente, Sofía luchaba con la intensidad.
Esto es demasiado bueno, me va a romper en mil pedazos, pero qué padre sentirlo todo, pensaba, mientras el orgasmo se acumulaba como tormenta. Él la volteó de nuevo, poniéndola a cuatro patas, penetrándola desde atrás con fuerza controlada. Sus bolas chocaban contra su clítoris, enviando chispas de placer. Una mano se coló adelante, frotando en círculos precisos.
—Ven conmigo, mi vida —jadeó él, acelerando.
El clímax la golpeó como ola del Pacífico, contracciones violentas ordeñando su verga, gritos escapando de su garganta. Alejandro se corrió segundos después, llenándola con chorros calientes, su cuerpo temblando contra el de ella. Colapsaron juntos, exhaustos, piel pegajosa y corazones galopantes sincronizados.
En el afterglow, se acurrucaron bajo las sábanas revueltas. El aroma de sexo impregnaba el aire, mezclado con sus perfumes corporales. Alejandro besó su frente, suave.
—Eres mi abismo de pasion capitulo 121, Sofi. Cada vez más profundo.
Ella rio bajito, trazando círculos en su pecho con el dedo.
—Y tú mi héroe eterno, cuate. Qué chingón fue esto.
Durmieron así, envueltos en paz, sabiendo que el siguiente capítulo sería igual de ardiente. El deseo no se apagaba; solo se recargaba para la próxima entrega de su historia privada.