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Donde la Pasión Nos Lleve

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Donde la Pasión Nos Lleve

La noche en el rooftop de Polanco estaba viva, con el pulso de la ciudad latiendo debajo como un corazón acelerado. Luces neón parpadeaban desde los edificios altos, y el aire traía ese olor a tequila reposado mezclado con jazmín de los jardines colgantes. Tú, con tu camisa blanca ajustada que dejaba ver el contorno de tus músculos, estabas recargado en la barandilla, cerveza en mano, cuando la viste. Se llamaba Ana, una morena de curvas que hipnotizaban, con el vestido rojo ceñido que se pegaba a su piel como una promesa. Sus ojos negros te clavaron en el sitio, y cuando sonrió, neta, sentiste un cosquilleo en el estómago que bajaba directo al sur.

Órale, wey, esta chava está cañona, pensaste, mientras ella se acercaba con un vaivén de caderas que hacía que el mundo se detuviera. Pidió un margarita al barman y se paró a tu lado, rozando tu brazo con el suyo. El calor de su piel te llegó como una descarga eléctrica.

"¿Qué onda? ¿Vienes mucho por acá?", dijo ella, con esa voz ronca que olía a deseo contenido.

Tú giraste, oliendo su perfume dulce, como vainilla y algo más salvaje, quizás su propia esencia. "La neta, primera vez. Pero si te veo a ti, me vuelvo carnal fijo". Reíste, y ella soltó una carcajada que vibró en tu pecho. Hablaron de tonterías: el pinche tráfico de la Reforma, lo chido de la música cumbia rebajada que sonaba de fondo, y cómo la luna llena hacía que todo pareciera un sueño húmedo. Cada roce accidental —su mano en tu antebrazo, tu rodilla contra la suya— avivaba la chispa. Sentías el pulso en tus venas acelerarse, el sudor empezando a perlar tu nuca bajo el calor de la noche mexicana.

La tensión crecía como una tormenta. Bailaron pegados, sus pechos rozando tu torso, el sudor de su cuello brillando bajo las luces. Podías oler su arousal sutil, mezclado con el salado de la piel. Donde la pasión nos lleve, murmuró ella al oído, sus labios tan cerca que sentiste su aliento caliente. "Simón, nena, a donde sea". Tus manos bajaron a su cintura, apretando esa carne firme, y ella se arqueó contra ti, gimiendo bajito por encima del ritmo de los tambores.

Ya no aguantaban. "Vámonos de aquí", dijiste, y ella asintió, ojos brillantes de pura hambre. Bajaron en el elevador, solos por fin, y ahí explotó el primer beso. Sus labios eran suaves, jugosos como tamarindo maduro, con sabor a sal y margarita. La empujaste contra la pared metálica, fría contra tu espalda ardiente, y ella metió las manos por tu camisa, arañando tu pecho con uñas pintadas de rojo fuego. El ding del elevador los sacó del trance, pero solo para arrastrarse al taxi, donde en el asiento trasero, sus lenguas bailaron de nuevo, manos explorando bajo la falda, sintiendo la humedad que ya empapaba sus bragas.

Llegaron a su depa en la Condesa, un lugar chido con ventanales que daban a los árboles frondosos y el bullicio lejano de la Avenda Garibaldi. La puerta se cerró con un clic que sonó como liberación. Ana te jaló al sillón de cuero negro, que crujió bajo su peso cuando se sentó a horcajadas sobre ti. "Te quiero ya, pendejo", susurró juguetona, mordiendo tu labio inferior. Desabrochaste su vestido con dedos temblorosos, revelando pechos perfectos, pezones oscuros endurecidos como chocolate amargo. Los lamiste, saboreando la sal de su piel, mientras ella gemía y se frotaba contra tu erección dura como piedra.

Mierda, esta mujer me va a volver loco, pensaste, mientras sus manos bajaban tu zipper, liberando tu verga palpitante. La miró a los ojos, pidiendo permiso con la mirada. "Sí, cógeme, hazme tuya", rogó ella, voz entrecortada. La levantaste en brazos, sintiendo sus muslos fuertes envolverte, y la llevaste a la cama king size, sábanas de algodón egipcio frescas contra el fuego de sus cuerpos.

Ahí, en la penumbra solo rota por la luz de la luna filtrándose por las cortinas, la tensión alcanzó su pico. La desvestiste despacio, besando cada centímetro: el hueco de su clavícula que olía a sudor dulce, el ombligo que lamiste hasta hacerla retorcerse, las ingles donde el aroma almizclado de su excitación te volvía animal. Ella te devolvió el favor, chupando tu cuello, bajando por tu torso hasta tomar tu miembro en su boca caliente y húmeda. Sentiste su lengua girar alrededor de la cabeza, succionando con maestría, el sonido obsceno de saliva y gemidos llenando la habitación. "¡Qué chingón se siente!", gruñiste, enterrando los dedos en su cabello negro sedoso.

Pero querían más. La pusiste boca arriba, abriéndole las piernas con gentileza, admirando su coño rosado y brillante, hinchado de necesidad. "Entra en mí, wey, por favor", suplicó, y lo hiciste. Lentamente al principio, sintiendo cada pliegue apretarte, caliente como lava, húmeda como lluvia tropical. Ella arqueó la espalda, uñas clavándose en tus hombros, dejando marcas que dolían rico. Empezaste a bombear, primero suave, sintiendo sus paredes contraerse, luego más fuerte, el slap-slap de piel contra piel sincronizado con sus gritos: "¡Más! ¡Dame todo!". El olor a sexo impregnaba el aire, sudor goteando, pechos rebotando hipnóticos.

Internamente, luchabas con el control.

Quiero durar, hacerla volar primero
, te decías, mientras cambiaban posiciones. Ella encima ahora, cabalgándote como amazona, caderas girando en círculos que te arrancaban jadeos. Podías ver su cara de éxtasis, labios entreabiertos, ojos en blanco, el sonido de su respiración agitada como olas rompiendo. Tocaste su clítoris hinchado, frotando en círculos, y ella explotó: "¡Me vengo! ¡Ay, cabrón!", su cuerpo convulsionando, jugos calientes empapando tus bolas.

Eso te llevó al borde. La volteaste a cuatro patas, admirando su culo redondo, perfecto para agarrar. Entraste de nuevo, profundo, sintiendo el ángulo golpear su punto G. El cuarto olía a ellos, a pasión cruda mexicana, con ecos lejanos de mariachis callejeros. Aceleraste, pelotas golpeando su clítoris, sus gemidos convirtiéndose en alaridos. "¡Córrete conmigo!", gritó, y lo hiciste. El orgasmo te golpeó como rayo, chorros calientes llenándola, mientras ella se venía de nuevo, temblando, ordeñándote hasta la última gota.

Colapsaron juntos, enredados en sábanas revueltas, piel pegajosa de sudor y fluidos. El afterglow era puro, con su cabeza en tu pecho, escuchando tu corazón latir como tamborazo zacatecano. Besaste su frente, oliendo su cabello a coco y sexo satisfecho. "Donde la pasión nos lleve, carnal", murmuró ella, sonriendo pícara. Tú asentiste, sabiendo que esto era solo el principio. La noche se extendía, y con ella, infinitas promesas de más fuego.

Se quedaron así horas, hablando en susurros, riendo de chistes sucios, explorando con dedos perezosos las marcas del placer. El amanecer tiñó el cielo de rosa, y cuando por fin se durmieron, fue con la certeza de que la pasión los había llevado a un paraíso hecho de carne y alma. Neta, qué chido.

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