Pasión y Resurrección de Jesús
En el calor pegajoso de esa Semana Santa en Guadalajara, María caminaba por las calles empedradas del centro, el aire cargado de incienso y murmullos de rezos. Las procesiones pasaban con sus pasos dolientes, pero en su mente bullía otra pasión, una que no tenía nada de penitencia. Jesús, su hombre, su chulo de ojos cafés y manos callosas de tanto trabajar en la construcción, había estado distante últimamente. La rutina los había apagado, como si su fuego se hubiera convertido en cenizas. Pero María no era de las que se rinden. Neta, esta noche iba a revivirlo, a hacer que resucitara como en las prédicas del padre en la catedral.
Llegó a su casita en el barrio de Chapalita, con paredes blancas y un patio lleno de bugambilias rojas que chorreaban pétalos como sangre fresca. El sol se ponía, tiñendo todo de naranja, y el olor a tortillas recién hechas de la vecina se mezclaba con el sudor de su propia piel bajo el huipil ligero. Jesús ya estaba ahí, tirado en el sillón con una chela en la mano, viendo la tele con el volumen bajo. Qué guapo se ve así, relajado, pero con esa mirada perdida, pensó ella, sintiendo un cosquilleo entre las piernas.
—Órale, mi rey —le dijo con voz ronca, acercándose despacio, sus caderas balanceándose como en un son jalisciense–. ¿Ya listos pa' la pasión y resurrección de Jesús? Porque hoy te voy a crucificar de placer.
Él levantó la vista, sorprendido, una sonrisa pícara asomando en sus labios gruesos. —¿Qué traes, loca? —rió, pero sus ojos ya la recorrían, deteniéndose en el escote donde sus chichis se marcaban contra la tela fina.
María no contestó con palabras. Se arrodilló frente a él, como en las procesiones, pero esta vez sus manos subieron por sus muslos fuertes, sintiendo el calor que emanaba de su piel morena. El roce era eléctrico, la fricción de sus uñas contra el pantalón vaquero lo hizo jadear bajito. Afuera, el tañido de las campanas anunciaba la última cena, pero adentro, la suya apenas empezaba.
La noche avanzaba, y María lo llevó a la recámara, iluminada solo por velas de cera de abeja que goteaban como lágrimas calientes. El aire olía a lavanda de su loción y al leve aroma almizclado de su excitación mutua. Lo desvistió despacio, besando cada centímetro de piel expuesta: el cuello salado, los pezones duros como piedras preciosas, el vientre firme con ese vello negro que le volvía loca.
¡Ay, Diosito, qué rico sabe, como a hombre de verdad, a tierra mojada después de la lluvia!pensó ella, mientras su lengua trazaba círculos alrededor de su ombligo.
Jesús gemía, sus manos enredándose en su cabello largo y negro. —María, pendeja rica, me vas a matar —murmuró, pero su verga ya se paraba dura contra el bóxer, palpitando con vida propia. Ella la liberó con delicadeza, admirándola: gruesa, venosa, coronada de un glande rosado que brillaba con la primera gota de precum. La tomó en su boca, saboreando ese gusto salado y dulce, chupando con hambre santa, mientras sus dedos jugaban con sus huevos pesados.
Él la levantó, volteándola sobre la cama con sábanas de algodón fresco. Ahora era su turno. Le quitó el huipil de un jalón, exponiendo sus tetas llenas, pezones cafés erectos pidiendo atención. Los succionó con fuerza, mordisqueando lo justo para que ella arqueara la espalda, un ¡ayyy! escapando de su garganta. Bajó más, besando su vientre suave, lamiendo el ombligo, hasta llegar a su panocha depilada, ya empapada. El olor era embriagador, a mujer en celo, miel y sal. Metió la lengua, explorando pliegues calientes, chupando el clítoris hinchado como si fuera el fruto prohibido del Edén.
María se retorcía, sus muslos apretando su cabeza. Esto es el cielo, wey, puro éxtasis, pensaba, mientras oleadas de placer la recorrían. Pero no quería acabar aún. Lo empujó, montándolo a horcajadas. Su verga se hundió en ella de un solo movimiento, llenándola hasta el fondo. ¡Qué chingón! gritó ella, empezando a cabalgar, sus nalgas rebotando contra sus muslos con palmadas húmedas. El sonido era obsceno, carne contra carne, sudor chorreando por sus espaldas.
Él la agarraba de las caderas, embistiéndola desde abajo, sus ojos clavados en los de ella. —Te amo, mi vida, qué prieta estás, qué caliente —gruñía, mientras el ritmo aceleraba. Ella sentía cada vena de su pija rozando sus paredes internas, el roce perfecto, building esa tensión que la hacía temblar. Cambiaron posiciones: él atrás, como perrito, metiéndosela profundo, sus bolas golpeando su clítoris. El cuarto se llenaba de sus jadeos, del crujir de la cama, del olor a sexo puro.
El clímax llegó como una resurrección gloriosa. María se corrió primero, su concha contrayéndose alrededor de él en espasmos, un chorro caliente escapando mientras gritaba su nombre: ¡Jesús, mi Jesús!. Él la siguió, vaciándose dentro de ella con un rugido animal, semen espeso llenándola, goteando por sus muslos. Colapsaron juntos, pieles pegajosas, respiraciones entrecortadas sincronizándose poco a poco.
En el afterglow, acurrucados bajo las sábanas revueltas, María trazaba círculos en su pecho con la uña. Afuera, las campanas repicaban alegres por la resurrección, y adentro, ellos habían vivido la suya propia. —Esta pasión y resurrección de Jesús fue la mejor Semana Santa —susurró ella, besando su hombro.
Él sonrió, atrayéndola más cerca. —Neta, mi reina, me reviviste. Ya no hay rutina, solo nosotros, chingones y calientes pa' siempre.
El alba entraba por la ventana, dorada y prometedora, mientras sus cuerpos se enredaban de nuevo, listos para otra ronda. La pasión no muere; resucita, una y otra vez, en las manos de quien la sabe avivar.