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Mazda Pasión Interlomas Suc Polanco

5924 palabras

Mazda Pasión Interlomas Suc Polanco

Entré a la agencia Mazda Pasión Interlomas Suc Polanco con el sol de la tarde pegándome en la cara como un beso ardiente. El aire acondicionado me recibió fresco, cargado con ese olor a carro nuevo que te hace soñar con carreteras infinitas. Yo, Javier, un tipo común de treinta y tantos, andaba buscando un cambio en mi vida, algo que acelerara mi rutina como un motor turbo. No sabía que ese día mi mundo iba a dar un volantazo total.

Ahí estaba ella, detrás del mostrador de la sucursal de Interlomas. Se llamaba Ana, con una sonrisa que iluminaba más que los focos LED de los autos en exhibición. Vestida con esa blusa ajustada del uniforme, falda que marcaba curvas perfectas, y un perfume que olía a vainilla y deseo prohibido. "¡Hola guapo! ¿En qué te puedo ayudar?", dijo con voz ronca, mirándome directo a los ojos. Sentí un cosquilleo en el estómago, como si mi sangre se hubiera puesto a hervir.

Le conté que quería probar un Mazda3, algo deportivo para mis escapadas. Ella se mordió el labio, juguetona. "Órale, carnal, te voy a dar el mejor test drive de tu vida", respondió guiñándome el ojo. Caminamos entre los autos relucientes, sus tacones cliqueando en el piso pulido. Cada roce accidental de su brazo contra el mío era electricidad pura. Olía su cabello, champú de coco mezclado con su piel caliente.

¿Qué chingados me pasa? Esta morra me está volviendo loco sin tocarme apenas, pensé mientras subíamos al Mazda.

Encendí el motor y el rugido suave me vibró en el pecho. Ana se sentó a mi lado, cruzando las piernas despacio, dejando que su falda subiera un poquito. "¡Acelera, pendejo!", bromeó riendo, y su carcajada fue como música salsa en mis venas. Salimos a la avenida, el viento entrando por las ventanillas, trayendo el aroma de la ciudad: tacos al pastor y escape de autos. Hablamos de todo, de la vida en Interlomas, de cómo ella había empezado en la sucursal de Polanco y ahora mandaba aquí en Mazda Pasión Interlomas Suc Polanco.

La tensión crecía con cada kilómetro. Su mano rozó mi muslo "por accidente" al cambiar de marcha. Sentí su calor a través del pantalón, mi verga empezando a despertar como un animal hambriento. "Eres un chulo manejando", murmuró, su aliento cálido en mi oreja. Paramos en un mirador discreto, con vista al skyline de Naucalpan, lejos de miradas curiosas. El sol se ponía, tiñendo todo de naranja pasión.

Nos miramos. El silencio era espeso, cargado de promesas. "¿Sabes qué? En Mazda Pasión no solo vendemos carros, vendemos emociones", dijo ella, inclinándose. Sus labios rozaron los míos, suaves como pétalos mojados. El beso explotó: lenguas danzando, sabor a menta y anhelo. Mis manos subieron por sus muslos, sintiendo la seda de sus medias. Ella gimió bajito, un sonido que me erizó la piel.

La bajé del asiento al regazo, el espacio del Mazda perfecto para nuestro fuego. Desabotoné su blusa, revelando pechos firmes, pezones duros como balas bajo el brassiere de encaje. Los besé, chupé, mordí suave, oyendo sus jadeos que llenaban el habitáculo. "¡Ay, Javier, qué rico!", susurró, arqueando la espalda. Su olor a mujer excitada me invadió, almizcle dulce que me mareaba.

Le quité la falda, encontrando su tanga empapada. Metí los dedos, sintiendo su calor húmedo, resbaloso. Ella se movía contra mí, frotándose, gimiendo más fuerte. "¡Métemela ya, cabrón!", exigió con voz de hembra en celo. Me bajé el zipper, mi verga saltó libre, palpitante, venosa. Ella la tomó, masturbándola con mano experta, el tacto de su palma cálida y firme me hizo gruñir.

Esto es mejor que cualquier agencia de lujo, pura pasión mecánica, se me cruzó por la mente mientras la penetraba.

Entré en ella de un empujón lento, sintiendo sus paredes apretándome, calientes, acogedoras. El Mazda se mecía con nosotros, resortes crujiendo como testigos mudos. La follé con ritmo creciente: embestidas profundas, sus tetas botando al choque. Sudor nos cubría, salado en la lengua cuando la besé. El sonido era obsceno: carne contra carne, chapoteos húmedos, sus "¡Sí, más duro!" mezclados con mis rugidos.

Cambié posiciones, ella encima, cabalgándome como jinete experta. Sus caderas giraban, clavándome hasta el fondo. Vi su cara de éxtasis, ojos entrecerrados, labios hinchados. Olía a sexo puro, a Mazda Pasión Interlomas Suc Polanco convertida en nuestro nido. Agarré sus nalgas, apretando carne suave, marcándola con dedos. Ella aceleró, gritando mi nombre, su orgasmo llegando primero: temblores, contracciones que me ordeñaban la verga.

No aguanté más. "¡Me vengo, Ana!", avisé, y exploté dentro, chorros calientes llenándola. El placer me cegó, pulsos en la cabeza, cuerpo convulsionando. Nos quedamos pegados, jadeando, corazones latiendo al unísono como motores sincronizados.

Después, recostados en los asientos reclinados, el atardecer filtrándose. Ella trazaba círculos en mi pecho con uña roja. "En la sucursal de Polanco nunca pasó algo así, pero aquí en Interlomas... qué padre", dijo riendo suave. Yo la abracé, oliendo su piel ahora mezclada con nuestro sudor. Sentí paz, un clímax no solo físico, sino del alma. Ese Mazda no era solo un carro; era el inicio de algo chingón.

Regresamos a la agencia ya de noche, manos entrelazadas. Me compré el auto, obvio, con una sonrisa que no se borraba. Ana me dio su número, prometiendo más test drives. Salí de Mazda Pasión Interlomas Suc Polanco no solo con llaves nuevas, sino con fuego en las venas. La vida, carnal, a veces te regala pasiones que aceleran el corazón más que cualquier turbo.

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