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Los Protagonistas de la Pasion Prohibida

7013 palabras

Los Protagonistas de la Pasion Prohibida

En las calles empedradas de Guadalajara, donde el sol besa la piel con un calor que invita al pecado, Ana caminaba de regreso a casa con el corazón latiéndole como tambor de mariachi. Su esposo Luis estaba de viaje de negocios en Monterrey, dejándola sola en esa casa grande y silenciosa de la colonia Providencia. Hacía calor, un bochorno que pegaba la blusa ligera a sus curvas generosas, y el sudor perlaba su cuello moreno. Olía a jazmín en el aire, mezclado con el aroma de tacos al pastor de la taquería de la esquina.

Al llegar, vio el auto de Javier estacionado frente a la puerta. Órale, ¿qué hace aquí el cuñado? pensó, sintiendo un cosquilleo traicionero en el estómago. Javier, el hermano menor de Luis, era un tipo alto, de hombros anchos y ojos negros que parecían devorar lo que miraban. Siempre había habido esa chispa, esa mirada que duraba un segundo de más, un roce accidental en las reuniones familiares que encendía algo profundo en ella. Pero era prohibido, neta, un tabú que la hacía sentir viva y culpable al mismo tiempo.

¡Ey, Ana! ¿Qué onda, cuñada? gritó Javier desde el porche, con esa sonrisa pícara que le arrugaba las comisuras de los ojos. Llevaba una camisa guayabera desabotonada hasta el pecho, revelando vello oscuro y piel bronceada por el sol de las rancherías.

—Nada, wey, sudando como condenada —respondió ella, riendo para disimular el pulso acelerado. Entraron juntos, el aire acondicionado los envolvió como un abrazo fresco. Javier traía una botella de tequila reposado, el bueno, de las tierras de Jalisco, dijo él, sirviendo dos shots en vasos de cristal tallado.

Se sentaron en la sala, con el ventilador zumbando perezosamente sobre sus cabezas. Hablaron de todo y nada: del tráfico en López Mateos, de la última novela de Televisa, pero el aire se cargaba de electricidad. Ana sentía el calor de su pierna rozando la suya en el sofá, un toque inocente que no lo era.

Somos los protagonistas de esta pasión prohibida, pensó ella, recordando un libro erótico que había leído a escondidas. No puedo, es el hermano de mi marido, pero Dios, cómo lo deseo.

La noche cayó como manto de terciopelo, las luces de la ciudad parpadeando a lo lejos. Javier se acercó más, su aliento oliendo a tequila y menta. —Ana, neta que siempre me has gustado. Desde la boda, cuando te vi con ese vestido blanco, ajustadito...

Ella tragó saliva, el corazón martilleando. —Javier, no seas pendejo. Esto es una locura. Si Luis se entera...

Pero sus ojos la traicionaban, dilatados de deseo. Él tomó su mano, áspera por el trabajo en el taller mecánico, y la llevó a sus labios. El roce de su barba incipiente contra la palma la hizo jadear. —Solo esta noche, cuñada. Nadie tiene que saber.

El beso llegó como tormenta: labios hambrientos chocando, lenguas danzando con sabor a sal y tequila. Ana sintió el mundo girar, sus pechos oprimiéndose contra el torso duro de él. Lo jaló hacia la recámara, el pasillo iluminado por la luna que se colaba por las cortinas. Cayeron en la cama king size, las sábanas de algodón egipcio crujiendo bajo su peso.

En el medio de la noche, la tensión explotó en oleadas de placer prohibido. Javier desabotonó la blusa de Ana con dedos temblorosos, revelando senos plenos coronados de pezones oscuros y erectos. Chingao, qué mamacita, murmuró él, lamiendo el valle entre ellos. El sabor salado de su piel lo enloqueció, el aroma almizclado de su excitación llenando la habitación como incienso pagano.

Ana arqueó la espalda, gimiendo bajito, el sonido ahogado por la almohada. Sus manos exploraban el cuerpo de Javier: músculos tensos bajo la piel suave, el bulto endurecido en sus jeans que palpitaba como corazón salvaje. Lo desvistió con urgencia, arañando levemente su espalda, dejando marcas rojas que él recibía con gruñidos roncos. —Te quiero dentro de mí, cabrón, susurró ella, voz ronca de necesidad.

Él obedeció, deslizando los jeans por sus caderas anchas. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, goteando precúm que Ana lamió con deleite, saboreando el gusto salobre y masculino. Javier jadeó, enterrando los dedos en su cabello negro ondulado. Esto es el paraíso, wey, pensó él, mientras ella lo chupaba con maestría, labios estirados, lengua girando alrededor del glande hinchado.

La subió a horcajadas, guiándola sobre su polla. Ana se hundió despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo la llenaba, estirándola hasta el límite. Un gemido largo escapó de su garganta, el placer punzante como chile fresco. Cabalgó con ritmo creciente, pechos rebotando, sudor resbalando por su vientre plano hasta unirse en el punto donde sus cuerpos se fundían. El slap-slap de piel contra piel resonaba, mezclado con sus respiraciones entrecortadas y el zumbido distante del tráfico.

Internamente, Ana luchaba y se rendía.

Pasión prohibida protagonistas de mi propia ruina, pero qué chido se siente ser dueña de este fuego.
Javier la volteó, poniéndola a cuatro patas, embistiéndola desde atrás con fuerza controlada. Sus bolas golpeaban el clítoris hinchado, enviando chispas de éxtasis. Olía a sexo crudo, a fluidos mezclados y piel caliente. Él mordisqueó su nuca, susurrando guarradas al oído: —Estás tan chingona, Ana, tu panocha me aprieta como guante.

La intensidad subió como volcán: Javier aceleró, una mano en su cadera, la otra frotando el botón de placer. Ana gritó, el orgasmo la atravesó como rayo, contracciones milking su verga mientras chorros de placer la mojaban más. Él la siguió segundos después, gruñendo como animal, llenándola con semen caliente que goteaba por sus muslos temblorosos.

Colapsaron juntos, jadeantes, el aire pesado de sus esencias. Javier la abrazó por detrás, su pecho pegado a su espalda sudorosa, besando su hombro. El silencio era cómodo, roto solo por sus respiraciones calmándose. Ana sintió una paz profunda, un afterglow que borraba culpas. No fue solo sexo, fue liberación, pensó, girándose para mirarlo a los ojos.

Eres increíble, cuñada. Pero esto queda entre nosotros.

—Sí, protagonistas de la pasión prohibida, solo por esta noche —murmuró ella, sonriendo con labios hinchados.

Al amanecer, el sol tiñó las sábanas de oro. Javier se fue antes de que despertara el barrio, dejando un beso en su frente y una nota: "Gracias por la noche más chida de mi vida". Ana se quedó en la cama, tocándose el cuerpo marcado por sus caricias, saboreando el eco del placer. La vida seguiría, con Luis de vuelta pronto, pero en su alma ardía el secreto, un fuego que la hacía sentir poderosa, mujer en todo su esplendor. El jazmín del jardín perfumaba el aire, prometiendo más misterios en las noches tapatías.

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