Relatos Prohibidos
Inicio Hetero La Pasión Según Nuestros Días La Pasión Según Nuestros Días

La Pasión Según Nuestros Días

6632 palabras

La Pasión Según Nuestros Días

El sol de la tarde caía a plomo sobre las calles de la Condesa, tiñendo de oro las fachadas de los edificios antiguos. Yo, Ana, caminaba con mi café en mano, sintiendo el vapor caliente rozar mis labios mientras el aroma a granos tostados se mezclaba con el perfume de las jacarandas en flor. Hacía un chingo de calor, pero neta que valía la pena salir de la oficina. Llevaba semanas enterrada en reportes y juntas eternas, y mi cuerpo pedía a gritos un poco de vida.

Ahí lo vi, sentado en una banca del parque México, con una cerveza fría en la mano y esa sonrisa pícara que me hacía derretir. Marco, mi carnal de la uni, el wey que siempre había sido como un imán para mí. No nos veíamos desde hace meses, pero el pinche destino nos cruzó de nuevo. Órale, qué chido verte, me dijo mientras se paraba de un brinco y me abrazaba fuerte. Su pecho ancho contra el mío, el olor de su colonia mezclada con sudor fresco, me erizó la piel al instante.

—Neta, Ana, ¿qué onda contigo? Sigues igual de rica —bromeó, guiñándome el ojo.

Reí, sintiendo un cosquilleo en el estómago.

Este pendejo siempre sabe qué decir para hacerme sentir deseada
, pensé mientras nos sentábamos. Hablamos de todo: del jale estresante, de los antros que ya no pegan como antes, de cómo la vida en la ciudad nos chinga pero también nos pone cachondos. De repente, sacó su teléfono y puso una rola de Natalia Lafourcade, suave, sensual.

—Sabes, carnala, esto me recuerda a la pasión según nuestros días. Como si el mundo moderno nos obligara a reinventar el desmadre del amor —dijo, mirándome fijo a los ojos.

Su voz grave me recorrió la espina dorsal. La frase se quedó flotando, como un hechizo. ¿De dónde la sacó? No importaba. Era perfecta para lo que sentía bullir dentro de mí.

La plática fluyó como el mezcal en una noche de desvelo. Caminamos por Amsterdam, rozándonos los brazos "sin querer". Cada roce era electricidad: su piel morena y áspera contra la mía suave, el sonido de nuestras risas mezclándose con el claxon de los coches y el ladrido lejano de un chihuahua. Olía a él, a hombre de verdad, a tierra mojada después de la lluvia. Mi corazón latía fuerte, y entre las piernas sentía esa humedad traicionera que me delataba.

—Ven a mi depa, está cerca. Tengo un six de Indio y unas tortas de carnitas que te van a volar la cabeza —me propuso, con esa mirada que no dejaba dudas.

No mames, Ana, ¿vas a decir que no? Mi mente gritaba sí antes de que mi boca lo dijera. Subimos al elevador de su edificio en la Roma, solos. El aire se cargó de tensión. Sentí su aliento en mi nuca mientras se acercaba por detrás. Sus manos grandes se posaron en mi cintura, apretando suave. Giré, y nuestros labios chocaron. Fue un beso hambriento, con lengua juguetona que sabía a cerveza y a promesas. Gemí bajito, el sonido rebotando en las paredes metálicas.

Entramos al depa tambaleándonos, riendo como pendejos. La luz tenue del atardecer entraba por las cortinas, pintando su habitación de naranja. Me quitó la blusa despacio, besando cada centímetro de mi piel expuesta.

Sus labios calientes en mi cuello, mordisqueando suave, me hacen arquear la espalda
. Olía a mi perfume de vainilla mezclado con su sudor, embriagador. Sus dedos trazaron mi espalda, bajando hasta desabrochar mi brasier. Mis tetas saltaron libres, pezones duros como piedras rogando atención.

—Qué chingonas estás, Ana —murmuró, lamiendo uno, chupando con hambre. El placer me recorrió como fuego, un jadeo escapó de mi garganta. Le jalé el pelo, guiándolo más profundo. Mi mano bajó a su pantalón, sintiendo su verga tiesa presionando la tela. La saqué, gruesa y palpitante, venas marcadas. La apreté, masturbándolo lento mientras él gemía contra mi piel.

Nos tumbamos en la cama king size, sábanas frescas de algodón egipcio rozando nuestras piernas. Exploramos con calma al principio, como si quisiéramos saborear cada segundo. Besé su pecho velludo, bajando por el abdomen definido hasta llegar a su paquete. Lo lamí desde la base, saboreando el salado de su piel, el olor almizclado de su excitación. Me encanta cómo late en mi boca. Lo tragué profundo, sintiéndolo golpear mi garganta, sus caderas empujando suave.

Pero quería más. Lo empujé boca arriba y me subí encima, frotando mi concha mojada contra su pito. El calor húmedo nos unía, lubricándonos. —Fóllame ya, wey —le supliqué, voz ronca.

Me penetró de un solo movimiento, llenándome hasta el fondo. ¡Ay, cabrón! Grité de placer, el estiramiento delicioso. Cabalgaba lento al inicio, sintiendo cada vena rozar mis paredes internas, mis jugos chorreando por sus bolas. El slap-slap de carne contra carne, nuestros gemidos mezclados con el zumbido del ventilador. Sudábamos, pieles resbalosas pegándose y despegándose. Aceleré, tetas rebotando, uñas clavadas en su pecho.

Cambiamos posiciones: él encima, misionero profundo. Sus embestidas fuertes, mi clítoris frotándose contra su pubis.

Estoy cerca, neta voy a explotar
. Me miró a los ojos, besándome mientras aceleraba. —Córrete conmigo, Ana. Esta es la pasión según nuestros días, pura y chingona.

El orgasmo me golpeó como ola en Acapulco: temblores, visión borrosa, un grito ahogado. Él se vino segundos después, caliente dentro de mí, pulsando. Colapsamos, jadeantes, cuerpos enredados.

Despertamos al amanecer, con el sol filtrándose por las rendijas. Su brazo alrededor de mi cintura, su respiración calmada en mi oreja. Me giré y lo besé suave, saboreando el aftertaste salado en su boca. Preparamos café en la cocina, desnudos, riendo de tonterías. El aroma de los granos moliéndose fresco, el vapor subiendo como nuestros suspiros de anoche.

—Neta, Marco, esto fue lo mejor que me ha pasado en meses —le dije, apoyada en la barra, sintiendo aún el leve dolor placentero entre las piernas.

—Y ni de chiste acaba aquí, carnala. La pasión según nuestros días no se apaga con un polvo. Vamos a vivirla a full —respondió, jalándome para otro beso.

Salimos a la calle, tomados de la mano, el mundo de la CDMX despertando a nuestro alrededor. El tráfico, los vendedores de elotes, el olor a pan dulce. Sentía su calor en mi palma, un recordatorio vivo de la noche. En estos días locos, encontramos esto: fuego puro, conexión real. Caminamos sin prisa, sabiendo que la pasión no espera calendarios. Es ahora, es nuestra.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatosprohibidos.net.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.