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Pasión Telenovela Canción

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Pasión Telenovela Canción

Ana se recostó en el sofá de su departamento en la Condesa, con el aire cargado del aroma dulce de su vela de vainilla mexicana. La televisión zumbaba suavemente, proyectando las luces parpadeantes de su telenovela favorita, Pasión Eterna. Era una de esas producciones que te agarraban el alma, con amores imposibles y traiciones que te dejaban al borde del asiento. Pero esta noche, lo que realmente la encendía era la pasión telenovela canción, esa melodía ranchera con toques de bolero que sonaba en los momentos clave. La voz grave del cantante principal invadía la habitación, hablando de cuerpos entrelazados y suspiros prohibidos.

El corazón de Ana latía más rápido mientras el protagonista besaba a la heroína bajo la lluvia artificial del set.

¿Por qué no me pasa algo así a mí? Un hombre que me mire como si fuera la única en el mundo, que me haga temblar con solo un roce
, pensó, sintiendo un calor subirle por el vientre. Se mordió el labio, imaginando manos fuertes en su piel morena, el sabor salado de sudor mezclado con colonia. Tenía veintiocho años, soltera por elección, pero esa noche el deseo era un fuego que no se apagaba con una ducha fría.

Decidió salir. Se puso un vestido rojo ceñido que abrazaba sus curvas como un amante posesivo, el escote dejando ver el brillo de su piel aceitada. El tacón de sus zapatos resonaba en la calle empedrada mientras caminaba hacia el bar de la esquina, un lugar chido con luces tenues y música en vivo. El aire nocturno de la Ciudad de México olía a tacos al pastor y jazmines, mezclado con el humo de los carros.

Adentro, el bullicio la envolvió: risas, clinks de vasos y una guitarra que rasgueaba notas familiares. Se sentó en la barra, pidiendo un michelada con limón fresco que picaba en la lengua. Entonces lo vio. Diego, alto, con barba recortada y ojos negros que prometían tormenta. Estaba en el escenario improvisado, guitarra en mano, cantando. Y de pronto, arrancó con la pasión telenovela canción. Sus labios en mi cuello, fuego en la piel, pasión que no se apaga ni con el amanecer. Su voz era ronca, como si cada palabra saliera de lo más hondo de su pecho.

Ana sintió un escalofrío. Los ojos de Diego se clavaron en los suyos mientras cantaba, y juraría que le dedicaba la estrofa más ardiente.

Es como si supiera lo que siento, como si esa canción fuera para mí
. Terminó el tema con un acorde vibrante, y bajó del escenario directo hacia ella. "¿Te gustó, preciosa?", dijo con una sonrisa pícara, su aliento oliendo a tequila reposado.

"Mucho. Me transportaste a la telenovela", respondió ella, su voz un poco ronca, el pulso acelerado en las sienes. Charlaron, riendo de las tramas locas de las novelas, compartiendo chelas. Diego era músico de veintinueve, tocaba en bares y soñaba con grabar su propio disco. La química era eléctrica; cada roce accidental de sus brazos enviaba chispas por su espina.

La noche avanzó, y la tensión creció como en los mejores capítulos. Salieron a caminar por el parque, el viento fresco rozando sus piernas desnudas. Bajo un árbol iluminado por faroles, Diego la tomó de la cintura. "No puedo dejar de mirarte, Ana. Eres como la protagonista de mis sueños". Ella levantó la cara, oliendo su colonia amaderada, y sus labios se encontraron. Fue un beso lento al principio, exploratorio, con el sabor de sal y limón. Luego se profundizó, lenguas danzando, manos enredándose en el cabello.

Esto es mejor que cualquier telenovela. Su boca sabe a promesas, su cuerpo duro contra el mío
. Regresaron al depa de Ana, tambaleándose de risa y deseo. La puerta se cerró con un clic que sonó a destino.

En el segundo acto de su propia historia, la pasión escaló. Diego la levantó en brazos, sus músculos tensos bajo la camisa ajustada, y la llevó al sofá donde todo había empezado. La televisión aún murmuraba, pero ahora era banda sonora perfecta. La desvistió con reverencia, besando cada centímetro de piel expuesta: el hueco de su clavícula, el valle entre sus senos. Ana jadeaba, el aroma de su excitación mezclándose con el de la vela que se extinguía.

"Qué chingona eres, Ana. Me traes loco", murmuró él, mientras sus dedos trazaban círculos en sus muslos internos, subiendo despacio, torturándola. Ella arqueó la espalda, sintiendo la humedad entre sus piernas, el roce áspero de su barba en el vientre.

Quiero más, no pares, Diego. Hazme tuya como en esa canción
. Le quitó la camisa, lamiendo el sudor salado de su pecho, bajando hasta el botón de su pantalón. Lo liberó, admirando su erección dura, palpitante. Lo tomó en la boca, saboreando la piel suave y el gusto almizclado, sus gemidos roncos como la guitarra del bar.

Se movieron al cuarto, la cama king size crujiendo bajo su peso. Diego la colocó encima, sus caderas guiándola. Entró en ella centímetro a centímetro, el estiramiento delicioso, llenándola por completo. Ana gritó de placer, uñas clavándose en su espalda, el sonido de carne contra carne llenando la habitación. Sudor perlando sus cuerpos, el olor a sexo crudo y dulce. Ritmo lento primero, mirándose a los ojos, susurros de "te quiero" y "más fuerte, carnal".

La intensidad subió. Él la volteó, embistiéndola desde atrás, una mano en su clítoris frotando con maestría. Ana sintió el orgasmo construir como una ola, el calor en el bajo vientre, los músculos contrayéndose.

Es perfecto, como si hubiéramos ensayado esto mil veces en una telenovela
. Gritó su nombre cuando explotó, temblores recorriéndola, jugos empapando las sábanas. Diego la siguió segundos después, gruñendo, su semilla caliente inundándola.

Se derrumbaron, jadeantes, piel pegajosa contra piel. El silencio roto solo por sus respiraciones entrecortadas y el zumbido lejano de la ciudad. Diego la abrazó por detrás, besando su nuca húmeda. "Esto fue épico, mi reina. Mejor que cualquier canción".

Ana sonrió en la penumbra, el afterglow envolviéndola como una manta suave.

La pasión telenovela canción nos unió, y ahora sé que esto es solo el principio de nuestra propia serie
. Se durmieron entrelazados, con el eco de la melodía en sus mentes, prometiendo más noches de fuego y ternura. Mañana, tal vez grabarían su propia secuela.

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