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El Color de la Pasion Capitulo 122 Fuego en la Piel

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El Color de la Pasion Capitulo 122 Fuego en la Piel

María se recostó en el amplio sofá de cuero en su departamento en Polanco, con el aire acondicionado zumbando bajito como un secreto compartido. La luz tenue de las velas que acababa de encender bailaba sobre las paredes color crema, y el aroma a jazmín de su perfume flotaba en el aire, mezclándose con el leve olor a tequila reposado que Alejandro acababa de servir en dos copas altas. Habían pasado semanas desde su última noche juntos, un pleito tonto por celos que ahora parecía ridículo. Pero esta velada era para sanar, para reconectar. Qué chido que vino, pensó ella, mientras lo veía quitarse la chamarra de mezclilla, revelando esa camisa blanca que se le pegaba al pecho musculoso por el calor de la ciudad.

Alejandro se acercó con una sonrisa pícara, esa que siempre le hacía cosquillas en el estómago. "Neta, María, te extrañé un chorro", murmuró, entregándole la copa. Sus dedos rozaron los de ella, un toque eléctrico que envió chispas por su espina dorsal. Se sentaron cerquita, las piernas tocándose, y prendió la tele en el canal de telenovelas. Justo hoy dan el color de la pasion capitulo 122, dijo él con voz juguetona. "Dicen que es el más caliente, con esa escena donde los protas se comen a besos después de tanto drama".

María rio bajito, sintiendo el primer sorbo de tequila quemarle la garganta como un beso ardiente. Si supiera lo que me provoca esa novela, pensó, recordando cómo siempre terminaban enredados viéndola. La pantalla cobró vida con los acordes dramáticos, los actores declamando pasiones imposibles bajo lluvias torrenciales. Pero María no podía concentrarse en la trama; el calor del cuerpo de Alejandro a su lado era más intenso que cualquier tormenta ficticia. Su muslo presionaba contra el de ella, firme y cálido, y el olor de su colonia, esa mezcla de sándalo y cítricos, la envolvía como una caricia invisible.

¿Por qué carajos peleamos tanto tiempo? Este wey es lo mejor que me ha pasado, se dijo María, mientras su mano subía disimuladamente por el brazo de él, sintiendo los pelitos erizarse bajo sus yemas.

El episodio avanzaba, y en la pantalla, la protagonista gemía de deseo mientras su amante le devoraba el cuello. Alejandro giró la cabeza hacia María, sus ojos oscuros brillando con picardía. "¿Ves? Igual que nosotros, pero sin tanto pedo", susurró, inclinándose hasta que sus labios rozaron la oreja de ella. El aliento caliente le erizó la piel, y un escalofrío delicioso le recorrió el cuerpo. María dejó la copa en la mesita, girándose para encararlo. Sus bocas se encontraron en un beso lento, exploratorio, como si probaran el terreno después de la tormenta.

Las lenguas danzaron con urgencia creciente, saboreando el tequila y el deseo reprimido. Las manos de Alejandro se colaron bajo la blusa de ella, tocando la piel suave de su espalda, subiendo hasta desabrochar el bra. Su tacto es puro fuego, pensó María, arqueándose contra él. Se pusieron de pie sin romper el beso, tropezando un poquito hasta la recámara, donde la cama king size los esperaba con sábanas de algodón egipcio frescas y crujientes. El suelo de madera fría contrastaba con el calor que emanaba de sus cuerpos, y el sonido de sus respiraciones agitadas llenaba el cuarto como una sinfonía privada.

Alejandro la tumbó con gentileza, quitándole la blusa con deliberada lentitud, besando cada centímetro de piel que revelaba. "Eres tan chingona, María, tan rica", gruñó contra su ombligo, haciendo que ella riera y jadease al mismo tiempo. El olor a su excitación empezaba a perfumar el aire, almizclado y embriagador. Ella tiró de la camisa de él, arrancando botones en el apuro, exponiendo el pecho velludo que tanto le gustaba lamer. Sus uñas arañaron suave sus pectorales, sintiendo los músculos contraerse bajo su toque. Quiero devorarlo entero.

Se tumbaron lado a lado, explorándose con manos hambrientas. Los dedos de María bajaron al cinturón de él, desabrochándolo con maestría, mientras Alejandro le bajaba el pantalón de mezclilla, besando el interior de sus muslos. La piel de ahí era sensible, y cada roce de labios la hacía gemir bajito, "Ay, wey, no pares". Él sonrió contra su carne, inhalando su esencia femenina, esa que lo volvía loco. Es como miel caliente, pensó él, mientras su lengua trazaba círculos en su ropa interior de encaje negro.

La tensión crecía como una ola imparable. María se incorporó, empujándolo boca arriba, montándose a horcajadas sobre sus caderas. Sintió su dureza presionando contra ella a través de la tela, pulsante y lista. "Te quiero adentro ya, cabrón", exigió con voz ronca, mientras se quitaba el sostén y le ofrecía sus pechos llenos. Alejandro los tomó con reverencia, chupando un pezón endurecido, rodándolo con la lengua hasta que ella lanzó un grito ahogado. El sabor salado de su piel, mezclado con el sudor ligero, era adictivo. Sus caderas se mecían instintivamente, frotándose contra él, lubricándose mutuamente con el deseo.

Esto es mejor que cualquier capitulo de esa novela pendeja, puro color de la pasion en carne viva, reflexionó María, mientras le bajaba el bóxer y lo liberaba, grueso y venoso en su mano.

Alejandro la volteó con un movimiento fluido, colocándose encima, sus ojos clavados en los de ella como si pidiera permiso eterno. "¿Estás lista, mi reina?", preguntó, y ella asintió, abriendo las piernas en invitación. Entró despacio, centímetro a centímetro, llenándola por completo. El estiramiento delicioso la hizo arquear la espalda, gimiendo su nombre. Siente cómo me aprietas, tan chingón, jadeó él, empezando a moverse con ritmo pausado, profundo. El sonido de piel contra piel, húmedo y rítmico, se mezclaba con sus respiraciones entrecortadas y los gemidos que no podían contener.

La intensidad escalaba. María clavó las uñas en su espalda, dejando surcos rojos que él adoraba, mientras él aceleraba, embistiéndola con fuerza controlada. Sudor perlaba sus frentes, goteando entre sus pechos, y el olor a sexo puro impregnaba la habitación. Ella lo envolvió con las piernas, atrayéndolo más hondo, sintiendo cada vena, cada pulso de su miembro dentro de ella. "Más fuerte, Alejandro, dame todo", suplicó, y él obedeció, gruñendo como animal en celo. Sus pensamientos se nublaban en un torbellino de placer: Esto es el paraíso, neta, no hay nada como su verga partiéndome en dos.

El clímax se acercaba como un tren desbocado. María sintió la presión en su vientre explotar primero, oleadas de éxtasis recorriéndola desde el clítoris hasta las puntas de los pies. Gritó sin pudor, "¡Me vengo, cabrón, ay Dios!", contrayéndose alrededor de él en espasmos que lo llevaron al borde. Alejandro se hundió una última vez, rugiendo su nombre mientras se vaciaba dentro de ella, caliente y abundante. Permanecieron unidos, temblando, besándose perezosos en la resaca del orgasmo.

Después, se acurrucaron bajo las sábanas revueltas, el corazón de él latiendo contra su pecho como un tambor. El tequila olvidado en la sala, la tele aún murmurando el final del color de la pasion capitulo 122, pero ellos en su propio mundo. "Nunca más pleitos, ¿eh, mi vida?", murmuró Alejandro, acariciándole el cabello húmedo. María sonrió, besando su hombro salado. Esto es pasión de verdad, no esa novela, pensó, sintiendo una paz profunda invadiéndola.

La noche se extendió en caricias suaves, promesas susurradas y algún que otro polvo más lento, exploratorio. Al amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, María se durmió en sus brazos, sabiendo que su historia apenas empezaba, llena de colores vibrantes y fuegos eternos.

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