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Pasión de Gavilanes Capítulo 134 Fuego en las Entrañas

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Pasión de Gavilanes Capítulo 134 Fuego en las Entrañas

Jimena se recostó en el sillón de la sala de su hacienda en las afueras de Guadalajara, el aire cargado del aroma a tierra mojada después de la lluvia vespertina. La televisión parpadeaba con las luces vibrantes de Pasión de Gavilanes capítulo 134, esa escena donde los hermanos Reyes ardían en una discusión cargada de miradas que prometían más que palabras. Diego, su hombre, estaba a su lado, su mano grande y callosa descansando casualmente sobre su muslo desnudo bajo la falda ligera de algodón. El calor de su palma se filtraba a través de la tela fina, enviando un cosquilleo sutil por su piel morena.

"Mira nomás cómo se miran esos dos, neta que parecen listos pa'l desmadre", murmuró Diego con esa voz ronca que siempre le erizaba la piel a Jimena. Ella giró la cabeza, sus ojos oscuros encontrándose con los de él, brillando bajo la luz tenue de la lámpara de mimbre. El sonido de la telenovela llenaba el espacio: risas falsas, música dramática que subía de tono como un latido acelerado. Jimena sintió un nudo en el estómago, no por la trama, sino por la forma en que el pulgar de Diego trazaba círculos lentos sobre su rodilla, subiendo apenas un centímetro cada vez.

¿Por qué carajos este capítulo siempre me prende tanto? Esas pasiones de Gavilanes, puro fuego que me recuerda lo que siento cuando Diego me toca así, como si el mundo se redujera a su piel contra la mía.

El episodio avanzaba, las actrices con escotes profundos y los galanes con camisas desabotonadas, y Jimena notó cómo el pecho de Diego subía y bajaba más rápido. Ella se mordió el labio inferior, el sabor salado de su propia anticipación humedeciendo su boca. "Ven pa'cá, carnal", le dijo ella en voz baja, jalándolo por la camisa. Sus labios se encontraron en un beso suave al principio, como el roce de alas de mariposa, pero pronto se volvió hambriento. La lengua de Diego exploró su boca con urgencia, saboreando el dulzor del tequila que habían compartido antes, mezclado con el leve amargor del chocolate mexicano que ella adoraba.

Acto primero de su propia pasión: la habitación se llenó del olor a su loción de vainilla y el almizcle masculino que emanaba de él. Jimena deslizó las manos por su pecho firme, sintiendo los músculos tensarse bajo sus dedos. Diego gruñó contra su cuello, su aliento caliente rozando la curva sensible donde latía su pulso. "Estás bien rica esta noche, mi reina", susurró, mientras sus manos subían por sus muslos, apartando la falda con deliberada lentitud. Ella jadeó cuando sus dedos rozaron el encaje de sus panties, ya húmedas por el deseo que la escena de la tele había avivado.

Se levantaron del sillón como si la gravedad ya no importara, tambaleándose hacia el dormitorio con besos interrumpidos por risas ahogadas. La cama king size, con sábanas de hilo egipcio traídas de la boda de su prima en Puerto Vallarta, los esperaba. Diego la tumbó con gentileza, sus ojos devorándola como si fuera el postre más chulo del mundo. Jimena arqueó la espalda, quitándose la blusa con un movimiento fluido, dejando al descubierto sus senos plenos, los pezones endurecidos por el aire fresco y su mirada ardiente.

En el medio del fuego, la tensión escalaba. Diego se arrodilló entre sus piernas, besando un camino desde su ombligo hasta el borde de la ropa interior. El sonido de su respiración pesada se mezclaba con el zumbido distante del ventilador de techo y el eco lejano de los grillos en el jardín. Jimena enredó los dedos en su cabello negro y ondulado, tirando suavemente. "Ándale, no te detengas", suplicó, su voz un ronroneo mexicano cargado de antojo. Él obedeció, deslizando la prenda a un lado y lamiendo con devoción, su lengua trazando círculos alrededor de su clítoris hinchado. El sabor salado y dulce de su excitación lo enloquecía; ella gemía, el placer como olas que subían desde su centro, haciendo que sus caderas se movieran al ritmo de su boca.

¡Dios mío, qué chingón es este hombre! Cada lamida me quema por dentro, como si Pasión de Gavilanes capítulo 134 se hubiera metido en mi sangre, avivando este incendio que no para.

Diego levantó la vista, sus labios brillantes, y sonrió con picardía. "Te gusta, ¿verdad, pendeja sexy?" jugó él, sabiendo que a ella le encantaba ese apodo juguetón en la intimidad. Jimena asintió, jalándolo hacia arriba para besarlo, probando su propio néctar en su lengua. Se desvistió él entonces, su verga erecta saltando libre, gruesa y venosa, palpitando con necesidad. Ella la tomó en su mano suave, acariciándola de la base a la punta, sintiendo el calor pulsante, la piel sedosa sobre el acero debajo. "Ven, métemela ya", murmuró contra su oído, mordisqueando el lóbulo.

La intensidad crecía con cada embestida lenta al principio. Diego se hundió en ella centímetro a centímetro, el estiramiento delicioso haciendo que Jimena gritara de placer. El sonido húmedo de sus cuerpos uniéndose llenaba la habitación, junto con el slap slap de piel contra piel cuando aceleró. Sudor perlaba sus frentes, el olor a sexo crudo y almizclado impregnando el aire. Ella clavó las uñas en su espalda ancha, dejando marcas rojas que él adoraría ver mañana. Sus pechos rebotaban con cada thrust profundo, y Diego los capturó con su boca, succionando un pezón mientras su cadera giraba, rozando ese punto dentro de ella que la volvía loca.

Emociones bullían bajo la superficie. Jimena pensó en cómo habían empezado, un flechazo en la feria de Jalisco, bailando rancheras hasta el amanecer. Ahora, casados dos años, el deseo no menguaba; al contrario, escenas como la de Pasión de Gavilanes capítulo 134 lo reavivaban, recordándoles la chispa inicial. "Te amo, cabrón", jadeó ella entre gemidos, y él respondió con un thrust más fuerte, "Y yo a ti, mi vida, siempre". El clímax se acercaba como tormenta: sus paredes internas se contraían alrededor de él, ordeñándolo, mientras Diego gruñía su nombre, su cuerpo temblando.

El gran final explotó en oleadas. Jimena se corrió primero, un grito gutural escapando de su garganta, su cuerpo convulsionando, jugos calientes empapando las sábanas. Diego la siguió segundos después, derramándose dentro de ella con pulsos calientes, su semilla llenándola hasta el borde. Colapsaron juntos, entrelazados, el sudor enfriándose en su piel, el corazón de ambos latiendo al unísono como tambores de mariachi.

En el afterglow, Diego la besó en la frente, su mano acariciando su cabello revuelto. El televisor aún murmuraba en la sala, olvidado. Jimena suspiró satisfecha, el aroma a sexo y vainilla envolviéndolos como una manta. "Qué chido fue eso, inspirado en esos Gavilanes", rio ella bajito. Él la apretó más, "Cada capítulo contigo es mejor que la novela, mi amor". Se durmieron así, en paz, con la promesa de más noches ardientes, el deseo latiendo eterno como las pasiones que veían en pantalla.

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