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Nina Una Vida de Pasión

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Nina Una Vida de Pasión

El sol de la tarde caía a plomo sobre las playas de Puerto Vallarta, tiñendo el mar de un azul turquesa que invitaba a perderse en sus olas. Yo, Nina, caminaba descalza por la arena tibia, sintiendo cada grano rozar mis pies como una caricia prohibida. Llevaba un bikini rojo que se pegaba a mi piel morena, sudada por el calor pegajoso del Pacífico. Nina una vida de pasión, me repetía en la mente, mi mantra desde que dejé atrás las rutinas grises de la Ciudad de México para venir a recargar el alma en este paraíso.

Tenía treinta y cinco años, un cuerpo curvilíneo que los años y el gym habían esculpido a la perfección: senos firmes, caderas anchas que se movían con un sway natural, como si bailaran al ritmo de la brisa salada. Olía a coco y sal, mi loción favorita que se mezclaba con el aroma del mar y las flores de frangipani que flotaban en el aire. Pero debajo de esa fachada de mujer independiente, exitosa en mi negocio de joyería artesanal, ardía un fuego que no se apagaba con nada. Hacía meses que no sentía un toque que me erizara la piel, que me acelerara el pulso hasta hacerlo retumbar en mis oídos.

Entonces lo vi. Alejandro, alto, moreno, con esa sonrisa pícara que gritaba trouble en el mejor sentido. Estaba en la terraza del hotel, una estructura de palapas con vistas al horizonte, sirviéndose un tequila reposado en un vaso de cristal. Nuestras miradas se cruzaron como chispas en la noche. Él levantó el vaso en saludo, y yo, sin pensarlo, caminé hacia él, mis caderas ondulando con cada paso.

Órale, mamacita, qué buena onda que vengas —dijo con esa voz grave, jaliciense puro, ronca como el rugido de las olas.

Me reí, sintiendo un cosquilleo en el estómago. —Neta, wey, el calor aquí está para chamuscarte viva. ¿Me invitas uno?

Charlamos como si nos conociéramos de toda la vida. Él era surfista, dueño de un pequeño tour por las bahías, con manos callosas que hablaban de trabajo duro y brazos tatuados con olas y águilas. Hablaba de la vida en la playa, de cómo cada ola era una pasión nueva, y yo le conté de mis diseños, de cómo cada pieza de joyería era un pedazo de mi alma ardiente. El tequila bajaba suave, calentándome la garganta, y pronto sus ojos se clavaron en mis labios, en el valle entre mis senos que subía y bajaba con mi respiración agitada.

La noche cayó como un manto estrellado, y la música de mariachi fusionado con cumbia retumbaba desde el bar del hotel. Bailamos salsa en la arena, sus manos en mi cintura, fuertes, posesivas pero gentiles. Sentía su aliento caliente en mi cuello, olía su colonia mezclada con sudor masculino, ese olor terroso que me ponía la piel de gallina. Mi cuerpo respondía solo: pezones endurecidos rozando la tela del bikini, un calor húmedo creciendo entre mis muslos.

¿Por qué no ahora? Nina una vida de pasión, carajo. No más esperas, no más soledades. Este wey me prende como nadie, pensé mientras él me pegaba a su torso, su erección dura presionando contra mi vientre.

—Vamos a mi cabaña —susurró al oído, su barba incipiente raspando mi piel sensible—. Quiero probarte entera.

Asentí, el deseo nublándome la razón. Caminamos tomados de la mano, el sonido de las olas como un tambor tribal acelerando mi pulso. La cabaña era rústica pero lujosa, con hamaca en el porche y velas parpadeando en la mesita. Entramos, y él cerró la puerta con un pie, atrayéndome contra la pared de madera. Sus labios capturaron los míos en un beso feroz, lenguas danzando, saboreando tequila y sal. Gemí contra su boca, mis uñas clavándose en su espalda.

Me quitó el bikini con dedos hábiles, exponiendo mi cuerpo al aire fresco de la noche. Sus ojos devoraron mis curvas: —¡Qué chingona estás, Nina! Eres pura fuego. Bajó la cabeza, lamiendo mis pezones, chupándolos hasta que arqueé la espalda, un jadeo escapando de mi garganta. El roce de su lengua era eléctrico, enviando ondas de placer directo a mi centro, donde la humedad ya empapaba mis labios hinchados.

Lo empujé hacia la cama king size, con sábanas blancas crujientes oliendo a lavanda fresca. Le arranqué la camisa, besando su pecho velludo, bajando hasta su abdomen marcado. Su short cayó, revelando su verga gruesa, venosa, palpitante. La tomé en mi mano, sintiendo su calor, su pulso latiendo contra mi palma. —Mira lo que me haces, papi —murmuré, lamiendo la punta, saboreando su pre-semen salado, almizclado.

Él gruñó, un sonido animal que me erizó el vello. Me tumbó de espaldas, separando mis piernas con rodillas firmes. Su boca descendió, inhalando mi aroma de mujer excitada, ese olor dulce y almizclado que lo volvía loco. Lamida mi chochito con avidez, lengua plana lamiendo desde el ano hasta el clítoris, chupando mis labios mayores, metiendo dos dedos gruesos que curvaba justo en mi punto G. Grité, mis caderas buckeando contra su cara, el sonido húmedo de succión llenando la habitación junto a mis gemidos roncos.

Sí, así, no pares. Nina una vida de pasión, esto es vivir de verdad.

La tensión crecía como una ola gigante, mi cuerpo temblando, músculos contrayéndose. Él aceleró, dedos bombeando, lengua vibrando en mi clítoris. El orgasmo me golpeó como un tsunami, olas de placer convulsionándome, chorros de jugo empapando su barbilla. Grité su nombre, visión nublada por estrellas.

Pero no paró. Me volteó boca abajo, elevando mis caderas. Sentí la cabeza de su verga rozar mi entrada, lubricada y lista. —Dime si quieres, Nina —jadeó, respetuoso, caliente.

¡Chíngame ya, wey! Duro —rogué, empujando hacia atrás.

Entró de un embiste lento, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Lleno por completo, su grosor pulsando dentro. Comenzó a moverse, lento al principio, saliendo casi todo para volver profundo, golpeando mi cervix con cada thrust. El slap de piel contra piel, mis gemidos, sus gruñidos, la cama crujiendo, todo un sinfonía erótica. Sudor nos cubría, goteando, mezclando nuestros olores en una nube embriagadora.

Cambié de posición, montándolo a horcajadas, controlando el ritmo. Mis senos rebotaban, él los amasaba, pellizcando pezones. Cabalgaba como una amazona, moliendo mi clítoris contra su pubis, sintiendo su verga hincharse más. ¡Ay, cabrón, qué rico! grité, el placer acumulándose de nuevo, más intenso.

Él se sentó, envolviéndome en brazos fuertes, besándonos mientras follábamos. Nuestros corazones latían al unísono, respiraciones entrecortadas. —Me vengo, Nina —avisó, tenso.

Dentro, papi, lléname —supliqué, y explotamos juntos. Su semen caliente inundándome, pulsos tras pulsos, mientras mi segundo orgasmo me desgarraba, uñas clavadas en su espalda, cuerpo convulsionando en éxtasis puro.

Colapsamos, enredados, piel pegajosa, respiraciones calmándose. El mar susurraba afuera, testigo de nuestra unión. Él me acarició el cabello, besando mi frente. —Eres increíble, Nina.

Yo sonreí, saciada, el cuerpo zumbando en afterglow. Nina una vida de pasión, pensé, mirando las estrellas por la ventana abierta. Esta noche había sido solo un capítulo, pero prometía más fuegos en mi camino. Mañana, el sol saldría de nuevo, y yo estaría lista para arder.

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